La ciencia de los celos. Cómo “se miden” los celos

Tal vez más de uno se pregunte cómo los científicos estudian los celos: ¿Diseñan experimentos en los que le piden a un voluntario que despierte los celos de su pareja, mientras observan con cámaras y micrófonos la reacción del otro? Considerando las consecuencias negativas de un ataque de celos (que pueden desembocar en violencia o en la ruina de una relación), un estudio de este tipo no sería nada ético.

La alternativa más frecuente ha sido el estudio mediante encuestas en las que los voluntarios responden a situaciones imaginarias: escenarios planteados por los investigadores que no necesariamente reflejan cómo respondería el celoso “en realidad”, sino cómo lo haría en teoría (como consecuencia de lo que “piensa que haría” en esa situación). Y, como todos saben, casi nunca nos comportamos como pensamos que lo haríamos cuando, por ejemplo, encontramos a nuestra pareja besando con pasión a su jefe (o la secretaria). Conscientes de este problema, algunos científicos han optado por registrar los cambios que ocurren en quienes experimentan celos, es decir, en “tiempo real”, mediante mediciones fisiológicas (el cambio en el ritmo cardiaco, de respiración, sudoración, etcétera). Los sorprendente en este caso es que los estudios comprueban que no existe diferencia entre el comportamiento real y el hipotético de los celosos participantes en ellos; aunque siempre hay excepciones.

Otros investigadores han medido la actividad de la corteza prefrontal izquierda, asociada con los celos a través de lo que se conoce como acciones orientadas hacia la aproximación y que, en lenguaje menos técnico, significa que cuando uno siente celos se activan nuestros impulsos de ataque y de acciones que buscan ganar la atención y el amor de alguien.

Para medir esta actividad cerebral en laboratorio, los investigadores se valieron de un “triángulo pasional” formado por dos personas virtuales que, junto con el voluntario a ser encelado, se pasaban unos a otros la pelota en un videojuego donde, en cierto momento, uno de los jugadores virtuales ignoraba por completo al participante real, generando sus celos sin importar que se tratara tan sólo de un ser formado por píxeles. Nuevamente, las conclusiones de este estudio apoyaron la teoría evolucionista y mostraron que a pesar de la naturaleza compleja de los celos, es posible estudiar su manifestación en, por lo menos, una forma tan sencilla como es la respuesta ante el rechazo de alguien. Esto nos lleva a plantearnos si otras especies sufren de celos.


Fuente:
Por Luis Javier Plata Rosas en Revista Algarabía No. 125 Febrero 2015, p. 52 – 54.









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