La joven ilustre. Los días mundanos

Decirte que nací hermosa
Presumo que es excusado,
pues lo atestiguan tus ojos
y lo prueban mis trabajos.

Sor Juana. 

Juana Inés de Asbaje y Ramírez era una adolescente bella, encantadora y vivaz cuando, en 1664, entró en el palacio virreinal. Gobernaba la Nueva España el vigésimo quinto virrey don Antonio Sebastián de Toledo, marqués de Mancera, a quien se le tenía como un hombre bondadoso y acertado, que supo combatir la piratería en las costas mexicanas y apoyó las obras de construcción de la Catedral Metropolitana. Ya había oído hablar el virrey de la inteligencia y el talento de Juana de Asbaje, así, pues, la invitó a vivir en su palacio – según escribe uno de sus biógrafos, Diego Calleja –, con el “título de muy querida de la señora virreina” – doña Leonor Carreto, marquesa de Mancera.

Del Palacio Virreinal donde vivió Sor Juana se tienen pocas referencias pues un incendio acabó con él en el año de 1692 y otro fue edificado sobre sus cimientos. El original fue construido sobre las casas de Moctezuma II que después pertenecieron a Hernán Cortés y luego a su hijo Martín, hasta que, en 1562, el edificio fue adquirido por la corona y acondicionado para residencia de los virreyes.

Gracias a unos planos que se encontraron en archivos mexicanos y españoles, se ha podido reconstruir en parte el Palacio Virreinal de la primera época. Se sabe que el encargado del proyecto fue el arquitecto Claudio de Arciniega. El diseñó la fachada y los pórticos; uno en 1563 y el otro un año después. El plano de uno de estos pórticos se conserva aún en el Archivo de Indias de Sevilla. Mas para darnos una mejor idea, se cuenta con la descripción de un cronista en ocasión de las honras fúnebres de Felipe IV, (1575) y, además, se conservan un plano y una pintura de dicho palacio en Madrid (El biombo de Sevilla):

“La fachada principal daba a la Plaza Mayor y se extendía desde la esquina de volador hasta la calle de Moneda. El edificio tenía tres patios: uno correspondía al área de las habitaciones de los virreyes, otro a la Real Audiencia y el tercero era el del Tribunal de Cuentas. Eran más suntuosos los corredores del patio de los virreyes que los de los otros patios”. “En los altos del patio principal está la vivienda de los virreyes con todas las piezas, camarines (salones) y retrates (recámaras) que pide la suntuosidad de un palacio y necesita la grandeza de príncipes”.

“El frontispicio (fachada principal) es casi completo desde la esquina suroeste hasta el balcón de la virreina. Hay puertas con sus escudos reales: la torre de la izquierda y sus asimétricas ventanas con sus rejas, y balcones con sus balaustres de hierro. Hay también dos ventanas pequeñas, una en la misma torre y otra muy cercana con arcos conopiales de descendencia gótica, que nos dice la antigüedad de su hechura… La puerta de la derecha, con sus escudos y dos balcones sobre su dintel, era la de la Real Audiencia. La de la izquierda era la de la vivienda de los virreyes”.


En ese palacio, pasará Sor Juana los años más agitados e intensos de su existencia. Fueron sus días mundanos como figura central de la corte virreinal, repletos de halagos y éxitos, en donde no sólo fue, por su belleza e ingenio, la “niña mimada” que cuenta el padre Calleja, sino también objeto de asombro y veneración por su inteligencia, memoria y extraordinaria cultura. El sacerdote refiere una anécdota acerca de un certamen científico, científica lida, que sostuvo frente a cuarenta eruditos de la ciudad resultando victoriosa como un “galeón real” frente a un enjambre de ‘chalupas’ (Calleja); o simplemente, si nos atenemos a la discreta confesión antes recogida, “por su capacidad memorística y el cúmulo de nociones adquiridas en su corta y precoz edad”.

Esto fue lo que apuntó el padre Diego Calleja recogiendo las palabras del virrey Mancera, en España, recordando el hecho, cuando ya había muerto Sor Juana:

“De ver en Juana Inés tanta variedad de noticias, las escolásticas tan, al parecer, puntuales, y bien fundadas las demás, quiso desengañase de una vez, y saber si era sabiduría tan admirable, o infusa o adquirida, o artificio, o natural; (el virrey) juntó un día en Palacio cuantos hombres profesaban letras en la Universidad y Ciudad de México: el número de todos llegaría a cuarenta: teólogos, escriturarios, filósofos, matemáticos, historiadores, poetas, humanistas y no pocos de los que, sin haber cursado… las facultades con su mucho ingenio suelen hacer… muy buen juicio de todo”.

“Veintisiete años después, muerta ya, el marqués declaraba: “que a la manera de un ‘Galeón Real’ se defendería de pocas ‘chalupas’ que lo embistieran, así se desembarazaba Juana de Inés de las preguntas, argumentos y réplicas que tantos, cada uno en su clase, le propusieron”.

La corte virreinal mexicana debió ser parecida a cualquiera de las cortes europeas de la época: una corte activa, animada, alegre; escenario de frívolos pasatiempos, con frecuentes fiestas, conciertos, bailes y representaciones de comedias, aunque sin duda ahí se acentuaban los festejos a causa del tedio y el aislamiento del ambiente colonial, con sus fracturas y sus separaciones de clases sociales y razas. En cuanto a los bailes, se acostumbraban los intercambios de parejas que acarreaban, por lo general, frecuentes intrigas amorosas. Estos mismos bailes e intercambios de parejas los retomará Sor Juana en su comedia ‘Los empeños de una casa’.

Admirada y agasajada por los virreyes, que la adoraban, y por todos los personajes de la corte, la joven se comportaba de manera cordial, dulce y cariñosa. Poseía una cualidad innata que habrá de complicarle más la vida: su extraordinario don de gentes, y un carácter sociable por naturaleza, como ella misma revelaría más tarde; “dominaría el sutil arte de saber ofrecer a cada cual lo que cada cual anhelaba o necesitaba”.  Sin embargo, nunca perdió la sencillez de sus raíces campiranas y provincianas, supo conservarse fiel a sus convicciones, modesta y serena sin que le arrastrara la vanidad. Por eso, en la corte, no sólo despertó admiración por su extraordinaria inteligencia: se ganó, también, el afecto de cuantos la trataron.

La ilustre Juana Inés servía a la frivolidad cortesana con tiradas de versos que a todos halagaban. Era la poetisa oficial de la corte. No había suceso, grande o pequeño, que no reseñase en verso; pero ella, en el fondo, no se entregaba nunca. Brindaba en ropaje poético su amabilidad a sus soberanos, pero la famosa poetisa “objeto venerado de tantas adoraciones” (frase de la misma Sor Juana en ‘Los empeños de una casa’), permanecía humilde y sencilla sin que se marchitara, al calor de tanto homenaje, la fragancia de su alma. Mas la poetisa no tardaría en tomar una importante decisión, impaciente, quizá, de que con tanta fiesta y deberes para con la virreina, no le quedase tiempo para sus estudios y lecturas. Cuando no eran “los lutos”, como las muy solemnes honras fúnebres que organizó el Virrey a la muerte de Felipe IV en 1675, a quien Sor Juana – con catorce años de edad – dedicó uno de sus primeros sonetos, había que atender distintas celebraciones, como por ejemplo, cuando se terminó de construir la Catedral Metropolitana, o bien, las recepciones en Palacio para embajadores o visitantes importantes.

Quizá por eso, dos años después, cuando está en la cumbre de la fama y es “la mujer del día” en México, cuando, – como diría ella más tarde –, “era de la patria toda el objeto venerado… y víctima de sus aras están devotamente postrados los corazones de todos”, la joven asiste a su última fiesta mundana, en la que viste, por última vez, traje cortesano.

El 22 de Diciembre de 1667 Sor Juana acompañó a los virreyes de Mancera al acto solemne en el que el Arzobispo Francisco de Rivera Henríquez (fray Payo) hizo la consagración de la Catedral Metropolitana. El virrey vestía sus mejores galas y doña Leonor, de igual manera, se había envuelto en “sus gratos tafetanes” aderezándose con perlas, sus joyas predilectas. Las damas de la corte, vestidas con extraordinario lujo, se mantenían detrás de los virreyes. Todos los presentes lucían trajes muy elaborados de ricos terciopelos, tisúes y brocados, y portaban sus más vistosas joyas. Juana Inés de Asbaje y Ramírez vestía un magnífico traje en color violeta, cuya falda estaba recamada con bordados de oro. Sus contemporáneos la describieron entonces como una mujer “hermosa, esbelta y de presencia espiritual”. La virreina personalmente le había colocado un collar de perlas alrededor del cuello. Se encontraba presente su confesor don Antonio Núñez de Miranda, de la Compañía de Jesús, confesor también de los Virreyes. Él fue el único que conoció sus secretos.

La mayoría de los estudiosos de Sor Juana suponen que fue una crisis psicológica lo que la llevó a pensar en el Convento. Ella dejó escrito que fue su deseo “vivir sola, no tener ocupación alguna obligatoria que embarazarse la libertad de mi estudio, ni el rumor de comunidad que impidiese el sosegado silencio de mis libros”.

Con base en las referencias del padre Calleja, se ha podido confirmar que sor Juana ingresó primero como novicia en el convento de San José, algunas veces llamado Santa Teresa La Antigua, de Carmelitas Descalzas, el 14 de Agosto de 1667, a la edad de 15 años y cuatro meses, entre otras causas por el excesivo rigor de las reglas carmelitanas.

Ese convento había sido erigido pocos años antes y se encontraba aún en construcción. Sus condiciones sanitarias eran muy rudimentarias, además de que la disciplina de la orden era muy severa. La jovencita entró al convento como religiosa del coro, y al no estar acostumbrada a llevar una vida tan austera y al mismo tiempo desempeñar trabajos rudos, enfermó gravemente víctima de tifus exantemático, por lo que abandonó el monasterio el 18 de Noviembre de ese mismo año.

Juana Inés volvió a la corte virreinal pero su estancia en el palacio sería muy corta. A los tres meses, el 24 de Febrero de 1669, volvió a tomar en velo en el monasterio de San Jerónimo y ahí permanecería 27 años.   


Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 43 – 49.









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