La niña Juana Inés. El viaje a la capital

Juana Inés de Asbaje y Ramírez era muy joven cuando viajó a la Ciudad de México. Ya fuese por la muerte de su abuelo, o por la nueva unión de su madre, por la escasez de recursos en la familia o por sus inquietudes intelectuales, el hecho fue que la niña dejo la Hacienda de Panoayan y, según aquel descendiente de la familia (Ramírez España), llegó a vivir con su tía, María Ramírez de Santillana, esposa de don Juna de Mata, residentes en la ciudad.


Ninguno de los historiadores ha podido determinar cuál, dónde y cómo era la casa de los Mata donde vivió Sor Juana en México. Lo único que se sabe de esta familia es lo que Ramírez Estrada escribe sobre Juan Mata: “el tío Juan había labrado esa casa de su bolsillo, gastando en ella más de seis mil pesos, con renta valuada en más de 250 mil pesos al año y sobre la cual fundó una capellanía de cuatro mil pesos”. Tanto la renta como la capellanía se consideraron aseguradas, por ser la casa edificio nuevo.

En el siglo XVII, el siglo de Sor Juana, la capital de la Nueva España ya no era en nada la Gran Tenochtitlán de antes de la Conquista. Sobre el islote ubicado en el centro del lago de Texcoco prevalecía la ciudad reformada como capital de la Nueva España. Al centro se erguía la Plaza Mayor y había, además, otras dos grandes plazas: la llamada el Volador o de las Escuelas, y la plaza del Marqués, amén de otras menores. Seis calzadas o canales conducían a través del lago hasta la parte principal de la ciudad. Tres de ellas databan del tiempo de los aztecas, de los cuales una venía desde el Norte (la de Guadalupe), otra del Este y la tercera del Sur. Según un mapa de la ciudad del año 1650, no sólo atravesaban el lago estas seis calzadas, sino también muchos puentes que conectaban y unían pequeñas islas repletas de viviendas, o bien, donde había conventos y monasterios.

Entre los nuevos edificios resaltaba el de la recién fundada Universidad de México, establecida definitivamente en el año de 1553 (cuando Sor Juana tenía solo dos años) y fue el centro cultural más importante de la época virreinal.

La Real y Pontificia Universidad de México tiene sus antecedentes en la labor educativa de los misioneros (agustinos, franciscanos, dominicos y jesuitas). A mediados del siglo XVI había ya un gran número de centros de enseñanza a lo largo y ancho del territorio mexicano, reclamando la inmediata institución de la Universidad. Estas escuelas eran de dos tipos: las de régimen misional, que aparecen al madurar los núcleos primitivos de enseñanza con una organización pedagógica definitiva, y los colegios que alcanzan a compartir ciertas disciplinas pertenecientes a la enseñanza superior y que giran en torno a la Universidad una vez establecida.

Sor Juana no pudo acudir a las aulas universitarias, vedadas en su época a las mujeres, pero continuaría saciando su ansia de saber con la ‘diversidad de lecturas’ primero, gracias a los libros del abuelo y después a los que le proporcionarían sus cultas amistades, la mayoría catedráticos de la Universidad.

“Empecé a ‘deprender’ gramática (latina), – escribió más tarde – en que creo no llegaron a veinte las lecciones que tomé; y era tan intenso mi cuidado, que siendo así que en las mujeres –  y más en tan florida juventud –, es tan apreciable el adorno natural del cabello, yo me cortaba de él cuatro o seis dedos, midiendo hasta donde llegaba antes, e imponiéndome ley de que, si cuando volviese a crecer hasta allí no sabía tal o cual cosa que me había propuesto desprender en tanto que crecía, me lo había de volver a cortar en pena de la rudeza. Sucedía así que él crecía y yo no sabía lo propuesto, porque le pelo crecía aprisa y yo aprendía despacio y con efecto le cortaba en pena de la rudeza: que no me parecía razón que estuviese vestida de cabellos, cabeza tan desnuda de noticias, que era más apetecible adorno”.

Una vez que Juana Inés aprendió latín, se abrió frente a ella un mundo nuevo. La censura sobre los libros profanos escritos en español había sido tan estricta que sus lecturas se habían limitado a libros de Historia Sagrada, de Vida de Santos, a Tratados de Teología y a himnos sagrados. Parece que fue en la casa del abuelo donde encontró una ‘Antología de los petas clásicos latinos’, libro que había sido publicado en Lyon, Francia, en 1590, y en sus seiscientas noventa y ocho páginas, encerraba una selección de fragmentos de los tratados de Virgilio, Ovidio, Horacio, Juvenal, Lucano, Séneca, Platón, Terencio y muchos más. Este volumen, que pudo rescatarse, conserva una serie de anotaciones al margen que se le atribuyen a Sor Juana. Más tarde, ella escribiría al rememorar esta época:

“Lo que sí es verdad, que no negaré… que desde que me rayó la primera luz de la razón, fue tan vehemente y poderosa la inclinación a las Letras, que ni ajenas reprehensiones (que he tenido muchas) ni propias reflexas (que he hecho no pocas) han bastado a que deje de seguir este natural impulso que Dios puso en mí; su Majestad sabe por qué y para qué”.

No se desprende de la descripción que hace de ella su primer biógrafo, el padre Diego Calleja, que Juana Inés fuera un jovencita sentimental, de emotividad, desbordada. Todo lo contrario: “su continencia, su concepto de la mesura y de la lógica, su profundo sentido crítico, en ella casi un sexto sentido natural, comienza a manifestarse precozmente”. Desde niña sabe Juana Inés lo que quiere, lo que para ella vale más, y casi intuye cómo lograrlo…


Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 36 – 41.









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