Julio Ángel Olivares Merino – La parada del oscuro. Capítulo 7

Mientras atravesaba las entrañas de aquella penumbra escuchó el goteo constante de la irrealidad que atería su frente y la escalofriaba. Anhelando llegar al otro extremo del corredor, pasó junto a columnas esbeltas, recias, de aristas musgosas, sobre las que había imágenes de ángeles decapitados en cuyos regazos se esbozaban arpas descoloridas y cuervos de pesadilla, con gusanos y larvas en sus picos. No se escuchaba ruido alguno. Todo parecía esculpido tras el fino encantamiento de una superficie de cristal que acunara y preservara la delicadeza del silencio.

Sintió que la llamaban, que aquellos querubines sin expresión desconsolaban el sigilo con murmullos apesadumbrados. No se detuvo, aunque advirtió que la pluma plateada comenzaba a lagrimear y se escurría en su palma diestra. Arrebujó el estuche del violín en su seno y cerró los ojos durante unos segundos, tres, tal vez cuatro, los suficientes para cruzar el último tramo del corredor. No tuvo tiempo de sentir el miedo que la acechaba.

- Cuando todo esto pase – pensó de repente – podré sentarme tranquilamente a ver amanecer para inspirarme y volver a ser yo, como aquéllos días de otoño… silenciosamente, sin despertar a mis padres, paseando en torno a su lecho, dejando volar mi imaginación, acariciando mi camisón, dando la bienvenida al frío, tocando el violín.

Al llegar al otro lado del estrecho pasillo, entreabrió los ojos, frunciendo el ceño. Fue como dejar el mundo atrás, mientras aspiraba una fragancia pálida, triste, del ambiente. La bruma seguía hebrada al vacío, pero la noche era diferente en aquel lugar y el silencio parecía guardar ecos lejanos, evidenciando la inmensa superficie de aquel laberinto que se presentaba ante ella, un enredo de callejuelas oscuras, con faroles agazapados dispersos a lo largo de aquel mundo sin formas, tan sólo la linealidad quebradiza de las calles. Una sensación tan yerta como la mirada de una araña se asentó sobre sus hombros y al volver su vista atrás se apercibió de que los ángeles habían cambiado de posición y aparecían encorvados sobre la oscuridad del pasillo que acababa de cruzar. Tenían varios retales en sus garras, parte de sus atavíos según pudo comprobar al devolver la mirada a sus hombros y advertir que estaban desnudos, con arañazos violentos y marcas grisáceas.

- No los he sentido – pensó.

Al instante volvió a oír el dolido relinchar de los caballos, un susurro de desasosiego venido de la invisibilidad. Imaginó dos corceles y un carruaje fantasma aproximarse, emergiendo de la nebulosa de la bruma. Al poco tiempo, lo que había imaginado se tornó realidad.

- Suba – le dijo una figura encorvada desde el pescante de la carroza, cubierta por sayos negros e hilos plateados. Clía tuvo la fugaz sensación de conocer a aquel hombre, oculto tras una bufanda de raso, rojizo, como el tejido con el que se cubrían los instrumentos musicales al ser guardados en sus estuches.

Como hipnotizaba, Clía, sintió que la sombría puerta del carruaje se abría ante ella, al tiempo que se desarrollaba una escalinata de madera ambarina.

- Suba, por favor – insistió el cochero extendiendo su brazo izquierdo hasta casi palpar los cabellos de Clía. Ella reculó mientras el hombre trataba de palpar el estuche aterciopelado del violín. Clía lo retiró de su alcance al tiempo que también trató de ocultar la pluma plateada.

- Comprenda que me impaciente. Deje de temblar, por favor. Me gustaría ver otra expresión. Me encomendaron que la sosegara, que la calmase. No está usted colaborando. Ellos lo harán todo por usted. Ellos la guiarán. Escuchará sus voces en las calles. No se apure. Mantenga la calma y procure que sus brazos no tiemblen. Debe usted ser la misma que anoche, esa muchacha aplicada y serena, deseosa de compartir las melodías de su violín. Recuerde concentrarse antes de comenzar a expresarse con ese sentimiento que la caracteriza – señaló el cochero –. Sabemos por referencias que es usted única y aquí podrá demostrarlo. A cambio, tendrá lo que vino a buscar. Si está usted a la altura de las circunstancias no será un concurso muy reñido. Mejor para sus intereses, ¿no cree?

Clía hurgó en su bolsillo y sacó el billete de tren que le había entregado su padre poco antes de partir de la estación de Angelía. Estaba arrugado, hecho un amasijo de recuerdos, descolorido. En él se confundían renglones destintados de letras impresas junto a varios números clave y los bordes pintados de color morado.

- Es sólo de ida – susurró el cochero, arqueándose sobre ella, dejando ver su semblante de tonalidad yema.

- ¿Cómo dice? – preguntó ella con ojos sumergidos en un suspiro constante.

El hombre trató de palparla de nuevo, con aquellas manos carcomidas en las que tintineaban, holgadas, varias sortijas de espino.

- Ese billete – matizó meciendo sus labios en la alambrada de una sonrisa disimulada –. ¿Acaso no lo sabía? Es sólo de ida, no de vuelta.

Clía sintió que aquellas palabras arañaban su ser. Le vino al recuerdo la imagen del anciano que había permanecido a su lado durante el viaje, aquél que había subido al tren una hora después de la salid, en el primer pueblo de montaña, justo cuando se desencadenaba una fugaz tormenta de nieve. Con los ojos entornados, encarándolo, fingiendo dormir de ese lado, lo había estado vigilando, sintiendo que su padre la regañaba entre dientes, advirtiéndole que dejara de incordiar al anciano, instándola a cerrar los ojos de una vez y descansar hasta llegar a Talgasá. Ella, sin embargo, tentada y fascinada, había continuando mirando a aquel hombre de piel desgastada y grises ropajes acuosos, raídos. Sus manos estilizadas y blanquecinas le habían llamado la atención, aquello y el suave hedor añejo a desván de casa antigua.

- El tiempo que pasa en silencio es el que más honda huella deja, señorita – le advirtió el cochero, volviendo a erguirse, aún encorvado, en el pescante del carruaje, rodeando a su cuello con celeridad y anhelo aquella bufanda deshilachada –. Suba de una vez y acabe con nuestra agonía.

Advirtiendo el fulgor de aquellos ojos de dragón en celo, Clía puso el pie sobre la escalinata del carruaje y se dispuso a entrar en el compartimiento de la carroza en sombras. El extraño anciano de ropajes húmedos, colmados de nueve, volvió a su recuerdo entonces. Lo había visto persignarse varias veces mientras se estremecía, arañándose las muñecas y acariciándose las orejas, que a ella le habían parecido llenas de hilos de hielo. El viejo había llegado a sonreírle antes de entregarle su propio billete, aquél que ahora tenía arrugado en su palma derecha.

Después… después quizás había quedado dormida y todo lo que había ocurrido desde entonces había sido producto de un sueño. No tardaría en despertar y volver a ver a aquel anciano, retrepado sobre el banco, a su lado. Entonces todo volvería a ser normal. Eso esperaba.

Oyó el silbado gemido de un latigazo y, de inmediato, el carruaje comenzó a moverse con ella ya casi en el interior, transparentándose en el sigilo el relinchar desesperado y esforzado de los caballos. Tuvo que abalanzarse finalmente al interior del compartimiento sin mayor dilación, por no caer.

Allí dentro, acunada entre las acalladas perlas de penumbra, enclaustrado entre paredes acolchadas de ataúd, Clía distinguió la forma melancólica de una sombra tendida sobre los bosquejos de un banco frío, rígido como los pétalos helados de una rosa en diciembre. Dejó el estuche de su violín y la pluma de plata sobre aquel asiento y se dispuso a despertar de su adormecimiento a aquel acompañante desconocido mientras, a través de la ventana del carruaje, atendía confusa al paso inquieto de las ventanas y paredes ensombrecidas de aquel pueblo fantasma… una librería, una tienda de hierbas. Todo desierto.

En tal revelación, mientras barajaba fotografías antiguas en su mente, le pareció ver un motivo completamente cubierto por un esterillo de nieve, un unicornio despintado en el vértice de su techumbre y la sombra famélica de caballos esqueléticos, en uno de los cuales tiritaba montando un demente sin sonrisa, con un sonajero entre su manos.

Los ojos de Clía centellearon insinuándose, ávidos de tentar a la sombra retrepada en el banco de la carroza y llegó incluso a susurrarle, poco antes de palparla con delicadeza, temerosa de que, de repente, se volviese y mostrara un semblante desfigurado o carcomido por gusanos.

Mientras sentía, acariciándola, la delimitación de la figura, advirtió que aquellas formas, enfundadas en un plasticoso jubón, se estremecían delirantemente bajo su tacto.

- Siento molestarle, ¿es usted de aquí? – preguntó Clía, consciente de que sus palabras en absoluto comprometerían al extraño a darle una respuesta – ¿Sabe usted por casualidad a dónde nos dirigimos? – insistió expectante, haciendo más tierna su atención mientras ceñía sus mano a los que parecía uno de los brazos de la silueta tendida. Notó entonces que aquella extremidad era horriblemente delgada y frágil. Temer que se quebrara, que se desmenuzara en sus manos y escuchar el suave crujido de un hueso carcomido fue todo uno.      

- ¡Dios! – exclamó ella, soltando aquel tirabuzón de sombra. Fue entonces cuando se dio cuenta de que del banco goteaba una sustancia amarillenta y hedionda, confundida con menudas cuentas de un rosario y hojas arrugadas de pentagramas en los que leyó inconscientemente rastros y huellas de melodías imposibles. Empezó a oírse el oscuro batir de los buitres, que parecían acompañar el veloz paso del carruaje.

Sin saber por qué, Clía impregnó sus yemas en aquellas lágrimas viscosas y sintió que el estuche de violín y la pluma comenzaban a temblar levemente al lado de la silueta tendida, mientras una tupida sensación, cada vez más propia, se sumergía en su conciencia como un inmenso glaciar que tintineaba con un cascabeleo singular, a la deriva.

- Así, como esas gotas frías, es la desesperación cuando apenas se siente, cuando la impotencia supera a la ambición y el placer de lo que se aspira a crear – dijo el cochero desde el exterior.

Su voz, un lamento continuado, emanó de aquellos labios que tiritaban al dejarse mecer entre las hebras de la ventisca y los suspiros de la helada noche.

Clía presintió un lamento de alma espectral en las sombras del compartimiento. Unas garras arañaron torpemente la tela ambarina del banco hasta toparse con el estuche de violín. La sombra que le acompañaba se había dado la vuelta – aún ensombrecida por el alma de la penumbra – y estaba moviéndose, volvía a agitarse, esta vez de forma consciente, intencionada, extendiendo sus brazos en anhelo de palpar aquella funda de terciopelo.

- ¡Pare! – exclamó aterrada Clía al cochero, mientras miraba de reojo y sentía de cerca aquellas manos cadavéricas, huesudas, como las de un esqueleto – ¡Detenga el carruaje de inmediato! ¡Pare!

Sus gritos fueron en vano. La sombra se aproximó a ella, arrastrándose por el banco, mientras Clía reculaba y notaba la helada puerta del compartimiento limitando sus movimientos. Pronto estaría a su altura, pronto llegaría hasta ella.

- ¡¡¡Pare!!!

Pero el carruaje siguió enfilando las interminables calles en sombra, vestidas con aquellos vagos contornos y candiles de luminosidad enfermiza. Atemorizada, con su mente puesta en los torpes y lerdos movimientos de aproximación de la figura fantasmagórica, como los de un escarabajo sobre el lodo, Clía asustada fue incapaz de tomar el estuche de violín o la pluma plateada, que siguieron en el borde del banco.

La sombra acunó ambos objetos en su regazo de tinieblas y, tras un suspiro prolongado, fue creciendo en volumen. Al poco tiempo, vertiginoso ya el púlpito de la muchacha y cayendo a un lado aquel jubón plasticoso del espectro, la criatura se desveló en su más absoluto y horrible encanto.

Era un niño de faz vidriosa, transparentando el albor de esqueleto en cada poro de su arqueado cuerpo. Tenía un medallón deslucido colgando de su cuello de tallo disecado y una pequeña guitarra de marmolina entre sus brazos.

Con sus manos débiles, la criatura buscó los papeles del pentagrama, asiéndolos con vehemencia. Los miró obsesivamente, mientras su piel caía a trozos y quedaba tan sólo su calavera y las formas de su esqueleto.

Después trató de abrir el estuche y lo consiguió tras palpar torpemente aquellos cierres metalizados. En algún lugar de la oscuridad y aquel infinito, gimió repetidas veces, con el sonido del recuerdo, una campana de imaginada danza cansina. Clía sollozó, aterrorizada, ya sin palabras, acechada por el fantasmal niño. Aquella calavera encaró su expresión y tras el helado vacío de aquellas formas sinuosas, sin vida, unos ojos parecieron implorarle paz.

- ¡Apártate! – replicó Clía inconscientemente.

Pero aquellos ojos estaban ya sobre ella, aquellos iris moribundos, entristecidos y el vaivén del violín que el fantasma trataba de toar desconsoladamente. Había una música lóbrega y apesadumbrada en el silencio. Clía sabía que no emanaba de su violín, arañado torpemente por el horrible espectro.

Fue consciente entonces de que, en su rotar desesperado, las ruedas del carruaje producían aquella melodía de ultratumba. No tardó en sentir el tacto de las manos del esqueleto mientras la invadía el lagrimeo de aquella viscosidad que cubría el banco, una insufrible sensación de vacío, debilidad y silencio.

- ¡Inspírame! – gritó el esqueleto, meciéndose desesperadamente sobre ella.

Justo entonces, obedeciendo un violento estirón de las riendas, el carruaje se detuvo y el espectro cayó a un lado, dejando de aprisionarla. Quiero, sus mandíbulas dejaron de tiritar y aquel alarido se hundió en la nada, pero ni siquiera entonces Clía halló alivio en aquel sigilo, en aquella apacibilidad herida. Sintió unos deseos irreprimibles de tocar el violín y llenar aquella desolación de melodías. Comprendió fugazmente que odiaba el silencio, pues era lo que en aquel mundo de pesadilla más habría de temer, esa sensación acallada que parecía tejido helado de una mortaja especialmente diseñada para ella. Aun confiaba en despertar de la pesadilla.     

Fuente:

Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 65 – 72.

El 6° capítulo lo podrás leer en el siguiente enlace:

https://divinortv.blogspot.com/2020/10/julio-angel-olivares-merino-la-parada_25.html

El 8° capítulo lo pueden leer con el siguiente link:

https://divinortv.blogspot.com/2020/10/julio-angel-olivares-merino-la-parada_27.html

Comentarios

Lo más popular de la semana

25 Preguntas de Administración

Infografía 4. Mapa Conceptual de Antecedentes de los Filósofos de la Calidad