Julio Ángel Olivares Merino – La parada del oscuro. Capítulo 9

Clía empujó la puerta y sus yemas se hundieron en el tacto de aquella seda. En breves instantes estaba ya dentro de una singular habitación.

- Bienvenida Clía – dijo una voz nasal, con cierto matiz de feminidad, desde la profundidad de la estancia.

- Gracias – respondió ella mecánicamente llevada por el cebo de intimidad que le resultó tan familiar en aquella voz. Traspasó el umbral definitivamente.

- Pisa con cuidado, con suavidad. Aquí, bajos estos suelos y entre estas paredes, guardamos las últimas melodías con celo y cariño quebradizo. Nuestros recuerdos son tan frágiles como estridentes las sombras que nos acechan.

Tras un disimulado barrido de mirada, Clía supo que se encontraba en un camerino. Frente a ella, en lo más profundo de la habitación, una figura de espaldas, sollozante, frente a una mesa blanquecina, de tocador, y un espejo rodeado por varias bombillas de luz tenue, algunas sin encender, fundidas seguramente. Había varias cartas sobre aquella mesa, junto a una armónica oxidada. Recordó que su madre tocaba como los ángeles aquel instrumento, además del arpa. Aquello le vino a la memoria con una vaga tristeza sin lágrimas.

- ¿Estás preparada? – le preguntó la silueta.

Sin ser consciente, ella asintió, mientras reconocía, entre aquellos sobres, el que ella misma había enviado junto a un beso de esperanza bajo el sello semanas atrás con el deseo de ser admitida entre los participantes del prestigios concurso de Talgasá.

- Antes componíamos – murmuró agazapada la figura, aún de espaldas –. Ahora jamás encontramos la inspiración. Los relámpagos del silencio nos acechan, ellos y los buitres del ocaso. No podemos sino repetir canciones de infancia, las que recordamos, las que guardamos tras los cuadros, bajo este suelo. Todo por evitar el sigilo, por no dejar que la tormenta nos lleve. Será diferente cuando el tren regrese, cuando la madrugada y esta oscuridad se resquebrajen mientras los vagones de luz se adentran en el andén. Tú lo llamarás desde la distancia, desde este lugar, invocarás al tren y las galernas sinfónicas con tu música. Tendrás tu beca, tu premio, pero habrás de demostrar tu valía – contemplándose sobre la superficie del espejo en penumbra, la figura llevó sus manos a lo helado de aquel vidrio –. Así, al menos, ni nuestra faz ni nuestra música se disiparán en los reflejos del olvido.

Se incorporó. Al roce de sus pies descalzos, una de las baldosas, onzas polvorientas, se agrietó y comenzó a emanar de ella una melodía asustadiza.

- Oh, lo siento – se lamentó ella. Y en seguida se volvió, dejando ver su semblante de tristes facciones, cobijado en una lumbre de cabellos sin vida, ensombrecidos.

- ¡Madre! – exclamó Clía con el corazón en un puño al reconocerla.

La mujer negó de inmediato, con una expresa mueca de desprecio.

- No te confundas, Clía. Somos sólo proyección de tus anhelos, aunque ellos también están aquí, tus padres también están entre nosotros. Les hemos ofrecido un billete de vuelta en ese tren que llegará pronto a Talgasá, aquél en el que retornaremos a nuestras ciudades de origen y volveremos a plagar los jardines, los parques, las esquinas, los corredores del conservatorio, volveremos a mecer maletas de cuero agrietado, volveremos a enamorarnos del tedio de esas aulas, acariciando a la vez a los pequeños que tutelaremos y enseñaremos, incluso en días festivos.

- Detesto este lugar – dijo Clía a secas, creyendo aún podía reprimir su llanto de desesperación, confiando en poder contradecir a la extraña.

- No tanto como nosotros mismos. Te lo aseguro – la mujer, que vestía un sayo tras el que se transparentaban sus costillas, encaró de nuevo el espejo y perdió en él su expresión –. El tren vendrá de lo imposible, desde la oscuridad que duerme más allá del límite de la vía. Discurrirá por los rieles y marchará con nosotros en su interior hacia la esperanza, hacia la realidad, lejos del silencio y el frío de este lugar de sepulturas. Conviviremos con los niños del mundo y de ellos beberemos vida, la energía de sus entonaciones, uno tras otro, para perpetuar nuestra existencia. Tú heredarás Talgasá. Ese será tu premio, tu recompensa, tu beca. Aprenderás a tocar con desesperación y te enfrentarás al silencio, esperando a otros, hasta que un nuevo tren regrese y venga otro salvador que te lleve de vuelta a la realidad.

La mujer se desnudó del sayo frente al espejo y Clía admiró por unos instantes aquel cuerpo de hielo y espinas.

- ¿Quiénes son? – preguntó la muchacha.

La mujer sonrió.

- ¡Qué bella música! Tus palabras son auténtica armonía – matizó al poco aquella feminidad espectral, mientras se le caía un mechón de cabello sobre sus manos temblorosas, lamentos de dolor y pena sigilosos –. Tan hermosa y dulce – pausó – ¿Quiénes somos preguntas? – suspiró, acariciando sus propios hombros en un abrazo sentido –. Somos quienes quiso la inspiración en aquel ayer. Aprendices de infinito, músicos a los que el tiempo desterró tras una traición de muerte. Nuestras melodías quedaron en el mundo y ahora tratamos de reconstruirlas en este destierro, para no dejar de reflejarnos sobre los espejos sin brillo. Nuestras almas se convirtieron en un principio en instrumentos de compañía y, por ello, la helada muerte no nos desconsoló durante las primeras noches, pero, al poco tiempo, esos instrumentos comenzaron a desafinarse y las cuerdas no tardaron en romperse. Desde entonces, la muerte es gélida y pavorosa; el silencio nos acecha y destruye. Nuestros dedos se han engarrotado. A veces los lobos nos enseñar a entonar, pero en nuestra garganta hay arena de desesperación. Hemos de alimentarnos de melodías, las que quedan en el recuerdo o las que trae la lluvia. Las apuramos de las venas del vacío como el vampiro bebe ansiosamente de la sangre de su presa hasta extenuarla.

Sobrevivimos en la melancolía de aquellas composiciones y arrancamos los cabellos de aquellos niños torpes, de manos rechonchas que, como nosotros, incapaces de tocar, murieron desconsolados en algún aula fría de conservatorio. Utilizamos sus mechones a modo de cuerdas, hasta que también se rompen.

- ¿Hubo otros antes que yo entonces? – la interrumpió Clía.

- Nada de eso importa ahora – replicó la mujer, señalando con su índice de tonalidad de llama una puerta enmarcada entre tirabuzones de hiedra –. Gracias a ti, ésta será nuestra última madrugada en este valle del sigilo.

Dirigiéndose hacia ella, la espectral mujer tomó un quinqué de una repisa colmada de retratos impregnados en plumas resecas y llamó a Clía desde el umbral. Ella siguió sus pasos, dejando a un lado un piano sobre cuya aleta descansaba un viejo libro de composiciones sin título.

- No tiembles. Busca en tu interior y dónanos vida – le dijo, ofreciéndole aquel quinqué de mortecino titilar. Clía tembló. Aquella mujer era extremadamente parecida a su madre, aunque, diferentes a los hermosos tirabuzones de aquélla, los cabellos de la dama espectral eran pálidos y febles; se descolgaban en mechones muertos. Uno a uno. Uno, al poco, otro.

- Rápido – insistió la mujer desde más allá de la puerta, desde la oscuridad –. Violín e inspiración… cólmanos de hermosa vida.

Y Clía accedió, imaginando que entraba en las entrañas del infierno. En algún lugar escuchó gemidos torturados que la llamaban. Parpadeó y palpó la pluma plateada, arrebujada en su seno. Tembló el violín en su estuche de terciopelo y un soplo de irrealidad apagó la llama del quinqué.

-          Clíííííííííííaaaaaaaaaa – susurró la voz del dolor sin límite, ¿Quién la llamaba? ¿Qué lugar era aquél?     

Fuente: Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 77 – 80.


El capítulo 8 lo encuentras disponible en este enlace:
https://divinortv.blogspot.com/2020/10/julio-angel-olivares-merino-la-parada_27.html

El capítulo posterior, el 10, puedes leer en este link:

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