Julio Ángel Olivares Merino – La parada del oscuro. Capítulo 12

Hoy ha despertado en la estación, entre monedas sin brillo. Ha encontrado a la niña a su lado, tocando el violín, mientras la gente se aproximaba fascinada.

Todos han aplaudido cuando la pequeña ha concluido la pieza con una sentida caricia sobre las cuerdas del violín. Han vuelto a caer las monedas y su tintineo ha retumbado estruendosamente en los oídos de Clía. La niña le ha sonreído, gozosa. Han manado dos lágrimas de cera de sus pupilas y, hallando una simetría de sonrisa en Clía, la pequeña ha hecho una reverencia.

Al poco tiempo, la gente se ha dispersado, murmurando tal vez acerca de la lastimosa imagen de la pequeña virtuosa del violín, murmurando alfo sobre las venas que se transparentaban en su tez blanquecina, como raíces de árbol azulado enterradas en el hielo.

El trasiego en pos del andén los ha dispersado en la distancia a la postre. Sin embargo, Clía y la pequeña no han quedado a solas. Algunas siluetas decrépitas, temblorosas, de bufanda deshilachada, han quedado apostadas en determinados lugares sombríos de la estación, parpadeando lentamente para mostrar sus pupilas e iris de porcelana nevada, inspirando violentamente, con ansiedad desbocada.

Sus miradas y sus toses han depositado un plomizo presentimiento en la conciencia de Clía. Ella parece saber y conocer su destino, pero tal vez prefiere perderse en la memoria de aquella vía oxidada hacia el pueblo en las montañas. Recuerda. La niebla acaba de extender su llanto algodonado por la estación de Angelía. Clía se estremece.

El suspiro melancólico de ese albor se va diluyendo las siluetas en el andén.

Los trenes parten – sus silbatos serenan ecos mortecinos en la estación – pero los fantasmas permanecen.

- Vámonos – le dice a la pequeña –. Ya vendrá ese tren.

Salen de la estación. Presienten el eco de las siluetas que las siguen. Las grietas crecen a su paso en las fachadas de la ciudad y el silencio parece haber apasionado los rincones de Angelía. Se dirigen al conservatorio. Clía guía a la pequeña. Evita que la niña mire atrás.

- ¿Son ellos? ¿También aquí?

Clía no responde. Se muerde los labios. Pretende ocultar y silenciar su desesperación. Si, también aquí, piensa.

Pasan junto a paseantes, apenas tres o cuatro, todos tan encorvados y de silueta consumida. Los cielos acaban de cubrirse. Contra el horizonte nublado, Clía contempla la delimitación del conservatorio, sus faroles oxidados, los ventanales rotos.

- Yo estuve aquí… - susurra la pequeña. Con su mirada transparenta esas ruinas fantasmagóricas y ve los pasillos en los que las sombras aguardan.

Y Clía comprende.

Entra junto a la pequeña como cada tarde. Desde el interior del conservatorio, desde su pupitre deslucido, siempre con la niña a su lado, escucha la lluvia en el exterior y la caída del cabello de los más ancianos de Angelía.

También advierte el florecer de la palidez y las arrugas en los viejos profesores de música que la ensalzan.

Se entristece al ver que apenas si pueden articular palabra ya. Oye el lamento de los niños torpes en otras habitaciones. La pequeña la ha instado a visitar esas aulas y juntos, con esos niños, han compartido horas interminables, enseñándoles a acariciar los instrumentos.

Clía tiene un brillo especial en los ojos, dicen esos profesores moribundos. Sus manos doman las sinfonías y ellas las hace puro sentimiento. Además, su voz no desentona, aunque todo en Angelía envejece.

Al salir del conservatorio, todos los atardeceres, las siluetas las esperan. Las siguen, mientras del vetusto edificio salen más y más ataúdes que se cargan en trenes oxidados. En el interior de las cajas, los viejos músicos.

Alguna vez, cuando el frío de la noche le hace recordar que está sola, Clía pregunta a los caminantes por sus padres, pero nadie acierta a responder. Algunos han caído ante ella en las calles desiertas, sollozando:

- Ellos están aquí – y se retuercen bajo la lluvia.

Esas siluetas de cejas blancas y guantes atravesados por alfileres las siguen por las calles de Angelía. Como cada noche, ellas vuelven a la estación y desnudan el violín, lo sacan de su estuche de terciopelo. Tocan a la madrugada. Mantienen en la lejanía la niebla y los relámpagos.

Cuando la pequeña queda dormida, Clía sacude sus hombros para incitarla, para hacerla tocar o tomar el violín y escuchar ambas lo que ella misma sea capaz de imaginar enredada al vacío en la entonación de sus notas.

- Siempre habrá pétalos murmurados. Angelía no será un jardín oscuro – le dice Clía a la niña mientras contempla desconsolada las grietas sobre los muros de la estación. Ya no queda nadie en la ciudad. Sólo ellos –. Melodía y vuelta a comenzar, pequeña, su palabra ahonda el vacío.

Sabe, de todas formas, que, tarde o temprano, las siluetas que las acechan se aproximarán a ellas y las llevarán. Clía se pregunta si Angelía, su ciudad, no es ya la espectral Talgasá, mientras abraza a la pequeña y se esperanza en ver llegar al andén un viejo tren de pasajeros, un vagón en el que ella pueda finalmente partir hacia un horizonte de luz, hacia la realidad, para encontrarse con sus padres más allá de la cruel y horrenda melodía del silencio.

FIN.

Fuente:
Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 93 – 95.

El capítulo anterior a este final, lo puedes leer en este enlace:
https://divinortv.blogspot.com/2020/10/julio-angel-olivares-merino-la-parada_30.html


Comentarios

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