Julio Ángel Olivares Merino – Un colmillo del arcoíris. Capítulo 1

Miércoles, tres noches antes del plenilunio. 23:35.

Tengo tanto miedo… y no sé a quién contar todo. El horro seguirá a mi lado hasta que me arrope en su sudario de escalofríos. No sé si ya es demasiado tarde para librarme de la pesadilla.

Los días se han hecho más cortos. Presiento el cántico del otoño crecido en nuestras memorias y mortecino sobre los párpados de los ancianos del lugar. Llueve, lo hace intensamente desde hace dos noches. El viento se ha enredado a la niebla y trenza el silencio de esta oscuridad. ¡Válgame Dios! El estío parecía eterno, pero se ha traicionado a sí mismo al morir en esta gris tristeza de ventisca… Ni siquiera las páginas de este diario conservan esa candidez reseca de los días de sol radiante. Están húmedas, onduladas. Crujen desconsoladamente con cada eslabón de letra que esboza en ellas esta pluma de adornos de resina.

Hergen y Blaida, los pequeños, están acostados desde hace casi dos horas, arropados tiernamente bajo el embozo de esas colchas ambarinas. Lanna, mi esposa, duerme plácidamente. Escucho su serena respiración y, al menos, eso me consuela. Ha dejado de acariciar las sábanas. En sueños sabe que he vuelto a abandonar el lecho. Al principio no lo comprendía, pero ahora se ha hecho a la idea. Sólo me ha pedido que no vuelva a la noche, que no salga de madrugada, que deje de pensar en esos cuentos crueles que me torturan y me han hecho perder el juicio.

Creo que dejaré de escribir por unos momentos e iré a hacerle compañía, a susurrarle al oído… ¿Qué culpa tiene ella de mis delirios? Dejaré la vela encendida y el diario abierto, por esta misma página. No tardaré.

Dos suspiros antes de la noche.

Hace más frío aún. He arropado a Lanna con otra colcha más. Sé que necesita mi calor a su vera y aunque no ha despertado aún, ya comienza a respirar de forma agitada. Pido a Dios que no sea una de sus pesadillas. Ahora parece haberse sosegado de nuevo. Aprovecharé para seguir anotando sensaciones en este diario. Después, a medianoche, Dios dirá.

Mientras acariciaba a Lanna, me he puesto a contemplar la forma menguada de la luna y he advertido que los ojos de la espesura, los que parpadean en el exterior, no dejan de acecharme. El bosque me llama. Aún no creo estar preparado. Esperaré a medianoche para sentir la tentación.

Supongo que si alguna vez vuelvo sobre las hojas de este diario en un futuro - ¿Quién sabe cuándo? –, me reiré de estas sensaciones de pavor y me sentiré ridículo. Espero que todo pase cuanto antes. Pero para ello he de cumplir con lo pactado. No dejaré de pensar en el bosque y sus fantasmas hasta terminar la colección. ¡Qué bellos soldados de plomo!...

La noche es oscura y ahora llueve con más fuerza.

Dos latidos de madrugada, pasada la medianoche…

El viento ha silenciado las campanadas de la iglesia de San Jerseleo, pero yo mismo las he silbado tenuemente para imaginar que la medianoche ha llegado. Los recuerdos comienza a aflorar y apenas puedo escribir de forma pausada en estas hojas de diario. Ella está aquí, la bruja de Inna de Mort danza entre los árboles ante la casa. La ciudad permanece en silencio, las calles sin pálpito de vida. Ella ha regresado, con su voz temblorosa y me llama con voz triste.

0:06.

He vuelto a reunir a los soldaditos de plomo sobre esta mesa, retirando los papeles de días, ésos llenos de garabatos que ahora no comprendo, los de mis mil y un negocios y compromisos que a medianoche olvido. Tan sólo oigo la voz de Inna y me embelesa la mirada de esos muñecos oscuros. Son tres. Falta uno. Sus ojos se entristecen mientras los acaricio en mi regazo. También muestran hebras de un pavor a un enemigo invisible. A estas horas se oye su sollozo compartido por el compañero perdido en el alma del bosque.

Inna sigue susurrándome. Mece la vela bajo la lluvia. Es sólo una silueta. Hay un olor penetrante y nauseabundo en la estancia, una fragancia oscura. Dios me dé fuerzas para conciliar el sueño esta noche si finalmente decido no atender a la llamada de la madrugada.

- Leao – musita la bruja, palpando los troncos de la arboleda, dejando estelas de esmalte y perla en ellos.

Lanna se inquieta en los umbrales del sueño, chirriándole los dientes mientras frunce el ceño y se queja con hilillos de gemido. Le tiemblan las manos y respira con dificultad. Un estruendo en los ventanales y la noche se serena al poco tiempo. Mi muñeca parece desvariar al escribir sobre esta hoja en la que comienzan a transparentarse frases y palabras que aún no he escrito. Ante mi mirada florecen varias entradas de diario que todavía no he reflejado, como si mi futuro estuviera decidido ya.

La bruja sonríe entre los árboles, aún más ávida de verme. Soplo la vela y me asomo de nuevo a ese vidrio. La distingo entre los telares ennegrecidos de la arboleda. Ella prende sus iris en afiladas llamas tras pasar sus manos de rama reseca frente a sus ojos muertos, tras engullir la vela que hasta hace un instante lucía frente a sus pómulos de escarcha. Mece su singular sayo de agua verdosa, descubriendo sus hombros, dejando ver también su cuerpo de palidez delgada, piel sin vida en la que anidan escorpiones dorados. Extiende sus manos y me muestra el último de los soldaditos de plomo, magullado según advierto con desesperación desde aquí. Lo acaricia y lo deja después retrepado sobre uno de esos árboles enfermizos, de ramas sollozantes.

Me dispongo a salir a su encuentro. Los guiñapos de plomo parecen susurrar una melodía de discordia sobre esta mesa. Apenas puedo ver las hojas del diario. Supongo que mi letra será un garabato ilegible, pero no me importa si con ello desnudo el hechizo, si con ello desentraño el misterio de la noche cautiva, la que maldita se desconsuela en el seno de esa bruja.

“Óyeme, prefiero un beso del enemigo

o un zarpazo de alimaña, óyeme,

antes que entregarme a su abrazo,

a la aparición de la mujer de niebla.”

Así cantan  soldados de plomo. No estoy delirando. Los escucho. Repiten esa letanía seis veces cada noche y, en breves instantes, se desvanecen sus siluetas. La mujer de niebla. Inna de Mort. La recuerdan. Pronto comenzaré a referir esa leyenda. Antes trataré de tomar ese guiñapo tendido en el umbral del bosque, el que me corresponde. Después la seguiré hasta su cubil, hasta su pequeño infierno entre las sombras.

Perdóname Lanna. Espero poder referirte todo al amanecer o al menos anotarlo en este diario para que puedas leerlo algún día, cuando todo haya pasado. Ha comenzado a nevar y se está helando la tinta de esta pluma, tanto como mis pensamientos. Descansará por unos instantes, quizás por el resto de la madrugada. Sé que aún puedo salvar a los pequeños, también a Hergen y Blaida. Tú no has notado su aliento a madera podrida cuando duermen y tampoco te habrás fijado en la hinchazón de sus abdómenes. Te resultaría espantoso. He de mantener todo en secreto hasta que el horror pase.


Fuente: Julio Ángel Olivares Merino – Terror, Editores Mexicanos Unidos, p. 9 – 12.

El 2° capítulo de este libro lo puedes leer en el siguiente enlace:

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