La joven ilustre. El convento de San Jerónimo

La historia del Convento de San Jerónimo data de sesenta y cuatro años después de consumada la conquista españo­la, cuando en la ciudad virreinal había ya cuatro conventos para mujeres.

En la víspera de San Jerónimo, precisamente el día en que se festeja a San Miguel Arcángel, pero de 1585, do­ña Isabel de Barrios y don Diego de Guzmán, su segundo marido, fundan el Convento y se convierten en los "pa­tronos".

El 29 de septiembre de 1585, no habiendo religiosas de la orden Jerónima en México, se funda la nueva comuni­dad con cuatro monjas concepcionistas, siendo la primera Abadesa Sor Paula de San Jerónimo, sobrina de doña Isa­bel de Barrios. El Convento fue bautizado con el nombre de Santa Paula "en honor de aquella Santa Matrona que dio su casa a San Jerónimo para que edificase en ella un templo en la ciudad de Belén". Pero más tarde, al ser rein­augurado en 1626, se le cambia el nombre por el San Jeró­nimo, en honor de este santo-al que se dedica el templo.

Para ingresar al Convento de la Orden Jerónima era necesario contar con la autorización del Arzobispo de Méxi­co o de su representante. Las aspirantes debían ser exclusi­vamente españolas o criollas, y como no se trataba de orden mendicante, las jóvenes debían pagar una dote que ascen­día a tres mil pesos. Ingresaban de manera formal después de haber profesado y debían comprometerse por el resto de su vida a guardar como en todo convento, los votos de: pobreza, castidad, obediencia y clausura.

Según las reglas, tenían la obligación de cumplir con alguna ocupación común, es decir, efectuar diariamente un trabajo en una sala especial llamada de 'labor' junto con toda la comunidad. Había dormitorios comunes para to­das las monjas, y sólo en caso de enfermedad se les permi­tía dormir en aposentos separados, pero de todas maneras debían estar acompañadas de otras religiosas.

La Orden Jerónima era austera y aún cuando en ella la vida revestía menos dureza que en los conventos capuchi­nos y carmelitas, no faltaba mucho para que se les igualar­a. Las hermanas podían tener cama, colchón, almohada "de lienzo o cáñamo", más no sábanas. Con permiso de la madre Priora, podían poseer numerosos objetos especia­les: libros, imágenes y otros utensilios; mas sin su permiso su pobreza era completa, y la vigilancia en este punto era muy estricta.

Cuando alguna monja infringía la regla, si la falta era leve, la priora dictaba un castigo sencillo, por ejemplo re­zar ciertas oraciones, confesar su falta ante la comunidad reunida, etc., pero si la falta era grave se castigaba con la cárcel "con los aparejos de las prisiones", para que "la que no cumpla lo que debe por amor, sea obligada a cumplirlo por temor".

En cuanto al gobierno del Convento, en la madre Superiora residía toda la autoridad y responsabilidad del mo­nasterio. Era elegida por mayoría de votos y duraba en su puesto tres años. De acuerdo con la jerarquía, le seguía la vicaria, quien podía suplir en funciones a la Superiora y era electa también por las monjas. Había dos correctoras (nom­bre que indica su oficio), una procuradora (proveedora), cinco definidoras, que resolvían los asuntos dudosos; una hebdomadaria que dirigía los rezos y los cantos en el coro y una con­tadora encargada de los negocios temporales (Sor Juana ocu­paría el puesto por nueve años); un mayordomo seglar, que cuidaba los asuntos de las monjas fuera del monasterio, esto es la cuestión económica y jurídica. Existían dos deposita­rías que eran las encargadas de guardar el dinero en arcas especiales, quienes anualmente informaban a la Superiora el estado de las cuentas y gastos del Convento.

También existía el oficio de maestra de novicias, de quien dependía el futuro del monasterio, y había otros puestos como archivista, bibliotecaria, tornera, sacristana, portera, etc. Respecto a las ocupaciones de las monjas, éstas, por re­gla, estaban obligadas a rezar el Oficio Divino, a oír misa y a la ocupación en conjunto en la sala de labor. Los rezos les ocupaban gran parte del día y los trabajos manuales las entretenían también bastante tiempo, quedándoles algunos ratos libres para quehaceres domésticos (aunque contaban con la ayuda de criadas a su servicio), y para a hacer acti­vidades de su preferencia, como por ejemplo dedicarse a la cocina, en especial a la repostería, llegando a tener fama de confeccionar exquisitas golosinas; además se ocupaban de enseñar a las niñas.

Anexo al Convento de San Jerónimo, como parte de él, existió un famoso colegio de niñas donde numerosas pequeñas fueron instruidas en las ciencias humanas y divi­nas. Las niñas eran admitidas desde la edad de siete años y permanecían internas hasta completar su educación. No se sabe qué nivel alcanzaba la instrucción que allí se impartía, pero parece que era elemental porque Sor Juana en su res­puesta a Sor Pilotea hace una velada crítica a las maestras ignorantes y a las monjas ignorantes.

Con respecto al esparcimiento de las religiosas jerónimas, no se puede decir que ellas se entretuvieran de forma mundana sino apenas humana. Retrocedamos tres siglos en el tiempo para reconstruir una los momentos de asue­to en el Convento:

"En una amplia sala del monasterio llamada locutorio, que carece de cortinajes y tapetes, están sentados en mu­llidos sillones distinguidos personajes de la época: los virreyes y el arzobispo han llegado de visita. Las religiosas permanecen de pie, unas, y otras, las más ancianas, des­cansan en sillas de dura madera. Todas visten con sus gruesas túnicas de gruesa tela de lana, sin que ropa inte­rior de lino suavice su aspereza. Sobre la túnica traen puesto el hábito de paño blanco cerrado en el cuello y largo hasta tocar el suelo, sin tablones y sin cola, aunque un tanto acampanado. Tiene una doble manga que llega hasta el manto, el cual como el escapulario, está hecho de paño buriel corriente y negro. Traen la cabeza cubierta con una toca blanca y sobre ella un velo negro. Portan anchos cinturones de cuero cerrados con una hebilla y sobre las medias negras calzan zapatos toscos y feos. Co­mo parte del atuendo llevan un rosario y sobre el pecho un escudo con imágenes pintadas. Seguramente bajo los hábitos de las monjas hay cilicios pero no se ven. Las hermanas solo pueden permanecer unos cuantos minu­tos en la reunión porque las reglas de la Orden no les permiten estar más tiempo. Además, han de cumplir con los rezos, el trabajo, el silencio y la disciplina. Se acabó el recreo.

El Convento original de la Orden de las jerónimas esta­ba ubicado en la esquina que forman las calles de San Jeró­nimo y 5 de febrero, en el centro de la ciudad de México, que en aquel tiempo ocupaba las casas de la fundadora: las de "Ortiz", el músico, quien las vendió a doña Isabel de Barrios. Al paso de los años el Convento fue creciendo has­ta ocupar, en el periodo de la Reforma, una extensión de 12,778 metros cuadrados, y parece que cuando más poblado estuvo el Convento, albergó 200 personas, entre monjas y servidumbre.

La entrada al Convento se hallaba en el lado norte del edificio, sobre la calle de San Jerónimo. La fachada con­serva el estilo renacentista, característico de la época de la Colonia, dentro de la variante herreriana, llamada así por su creador Juan de Herrera, arquitecto mayor de Felipe II.

La construcción del templo se concluyó en el año de 1626, contando entonces con una sola nave, con su planta en cruz, el presbiterio, los coros de los canónigos, alto y bajo, y probablemente el antecoro. Se conserva un dibujo de la época donde aparece una sola torre.

Durante las obras de rescate —que por cierto se lleva­ron a cabo hace unas cuantas décadas— se detectaron va­rias etapas de construcción, mismas que se iniciaron con la original, de 1585 a 1623; de 1623 a 1690 la segunda; la terce­ra de 1690 a 1774; la cuarta de 1774 a 1867, y la quinta y última, de 1867 a 1976.

En la época de la Reforma y como consecuencia de las Leyes, el Convento fue fraccionado. Una parte fue vendida" a particulares y otra ocupada un tiempo como cuartel y hospital militar. En el presente siglo volvió a fraccionarse para establecer ahí locales comerciales y hasta un hotel. Fi­nalmente, en de 1963, se inicia la restauración del templo y en 1971, el gobierno decreta el rescate de lo que quedaba del convento.

Actualmente el antiguo Convento de San Jerónimo es el Claustro de Sor Juana, y es sede de la Universidad del Claus­tro de Sor Juana. El edificio abarca dos grandes áreas: la del Convento, donde hay cinco patios, y la del templo. En el primer patio, que es el más grande, está el gran "Claustro", que consta de dos plantas, y a cuyo alrededor estuvieron las celdas de las monjas. Se supone que la que ocupó Sor Juana es la que está al fondo del patio, en la parte alta de la esquina que da al sureste; en la planta baja se aprecian los restos de lo que fueron las cocinas del convento.

En la parte posterior del edificio se ubica el llamado patio de los gatos, y a un costado el patio de los confesionarios. En esta parte todavía se ven vestigios de los cimientos de grandes muros y columnas correspondientes a los confe­sionarios; éstos se hallaban precisamente a un costado del templo, en cuyos muros se notan aún varias puertecillas que fueron clausuradas. Más hacia fondo, está el patio de la fundación rodeado de corredores y arcos de medio punto. A un costado está otro patio de reconstrucción más recien­te llamado de los apreses. Entre estos dos últimos, está el Museo de la Indumentaria Mexicana y otra sala de exposicio­nes plásticas.

La gran nave del templo se utiliza actualmente como foro para representaciones de obras de teatro y recitales poéticos y musicales. En el costado derecho está el acceso de la calle. El altar se conserva igual que hace tres siglos. Su retablo, sostenido por cuatro pilares, está bañado en oro. Tiene dos grabados en metal bajo dos óleos en la parte su­perior con la figura de San Jerónimo. Al centro luce en oro el sagrario. En el coro de los canónigos, reposan ahora los restos de la poetisa mexicana Sor Juana Inés de la Cruz.

Éste fue el mundo físico donde se explayó el alma inquieta dé Sor Juana, adherido a la orden agustina "co­mo si un santo filósofo tuviera que presidir el mundo de una filósofa que aspiraba a santa" — dijo uno de sus bió­grafos.



Fuente: 
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 55 – 61.

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