La joven ilustre. Los conventos de monjas

Durante los siglos XVI y XVII se construyeron en la nación mexicana los más fastuosos monasterios de monjas. Sus iglesias ostentaban altares con fabulosos retablos recarga­dos en oro; sus claustros fueron enriquecidos con las pin­turas de los más notables artistas de diversas épocas, y en las sacristías se guardaban la mejor producción de los orfe­bres de aquellos tiempos.El más suntuoso de la ciudad de México y de toda Nue­va España fue el de 'La Concepción', que a la vez era el más antiguo, pues lo había fundado el primer arzobispo de México fray Juan de Zumárraga en el año de 1547.

Los conventos de monjas de ese entonces —igual que los de los hombres—, estaban bajo jurisdicción episcopal. Pero si los de hombres representaban una necesidad o uti­lidad religiosa, puesto que administraban algunos sacra­mentos, los de mujeres, en cambio, constituían un lujo. Además, como los conventos de religiosas dependían ex­clusivamente de la caridad pública, se hizo necesaria una población suficientemente amplia y rica para sustentarlos. Por otra parte, los beneficios sociales que reportaban estos monasterios, tenían sentido únicamente en las ciudades al dar un quehacer honrado, digno y elevado a las mujeres que no estaban casadas 'alejándolas de los peligros y tenta­ciones del mundo' en una época que tanto consideraba el honor femenino; asimismo, como a las mujeres no se les procuraba preparación alguna para afrontar la vida, los claustros quitaban a la familia la molestia de tener que car­gar con los problemas que implicaba tener en casa a una mujer célibe.

Aun cuando la autoridad real fue reacia a autorizar la creación de instituciones religiosas femeninas, en las colonias españolas se contó a menudo con la complicidad de virreyes vice-patronos y arzobispos, en parte por su legíti­ma piedad o tal vez por ostentar el título de 'fundadores de un convento', lo cual implicaba un reconocimiento público.

Así, pues, los conventos de religiosas llegaron a des­empeñar un papel económico importante durante la Colo­nia por las fuertes dotes que requerían las monjas profesas a los espléndidos patronos que los apoyaban, y a la buena administración de sus propiedades. El requerimiento de la dote fue en ocasiones de tal modo pesado que se crearon fundaciones especiales para dotar a mujeres carentes del capital suficiente.

Aun cuando a veces fueron ejemplo de piedad y con frecuencia habían albergado en sus claustros a monjas muertas en olor de santidad, hubo también conventos de mu­jeres que llegaron a relajar bastante la disciplina a pesar de los rectores. Salvo excepciones, las religiosas no vivían real­mente en comunidad, si bien hacían actos de comunidad en el coro de la Iglesia; vivían y comían en celdas indepen­dientes, amuebladas, decoradas y, a veces, construidas de acuerdo a su gusto y posibilidades económicas. Muchas religiosas entraban muy jóvenes al Convento sin vocación alguna, y mantenían dentro del claustro el orgullo que les daba proceder de familia ilustre y poderosa.

Además de las monjas, vivían en los conventos las lla­madas niñas, incapaces por cualquier circunstancia de pro­fesar. Aparte, albergaban también a un buen número de criadas o sirvientas para atender a las religiosas. (Numero­sas disposiciones episcopales insistían en limitar a cinco el número de criadas para cada religiosa, pero la misma rei­teración permite advertir el poco caso que se hacía de ellas).

El locutorio del Convento era el sitio por el que las monjas entraban en contacto con el exterior; su importancia para la vida de las ciudades era muy grande; ahí se for­jaban amistades, se conocían noticias, se intercambiaban regalos, cartas y poemas. Ahí, en fin, "se daban aquellos curiosos noviazgos espirituales que, cuando dejaban un poco de serlo, provocaban regaños y castigos".

Pues bien, a uno de estos conventos ingresa, por deci­sión propia, Juana Ramírez (Juana de Asbaje). Se trata del Convento de Santa Paula de la Orden de San Jerónimo. Entra en 1668, profesa en 1669 y permanece en él veintisie­te años hasta el día de muerte, el 17 de abril de 1695. Ahí, en el mismo Convento fue sepultada.

Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 52 – 55.

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