La monja filósofa. Crisis de un sermón

"Entre el año de 1642 y 1652 el jesuíta portugués Antonio de Vieyra había predicado en la Capilla Real de Lisboa, su Sermón del Mandato. En él hizo una rememoración del céle­bre "Mandato de Cristo a sus discípulos", que aparece en el Evangelio de San Juan (XIII, 34) y que inicia con las pala­bras: "Un nuevo mandamiento os doy..." Vieyra había he­cho una exégesis de ese pasaje analizando cuál había sido la mayor fineza de Cristo, es decir, cuál había sido su más alta prueba de amor por el género humano. Pero antes de exponer su propia teoría, Vieyra rebatió la tesis sobre la fineza más grande que habían sostenido San Agustín, San­to Tomás y San Juan Crisóstomo. Después de refutarlos afirmó que la fineza mayor había sido no desear para Él (Cristo) nuestro amor a cambio del suyo, sino que nos amá­semos los unos a los otros como una prueba del amor que nos tuvo. El padre Vieyra, por su elocuencia, había sido llamado el Cicerón lusitano y 'príncipe de los predicadores católicos de su tiempo'.

Cuarenta años más tarde, en el locutorio del convento de San Jerónimo, Sor Juana Inés de la Cruz, la monja mexi­cana, rebatía duramente en "las bachillerías de una con­versación" la tesis del famoso retórico lisboeta. Defendió las teorías de los tres padres de la Iglesia refutados por Vieyra, y demostró, con lógica impecable e implacable, que su tesis no era inferior en valor a la de San Agustín, Santo Tomás y San Juan Crisóstomo, sino incluso a su propia teoría, en la que sostenía que la mayor fineza de Cristo fue no ha­cernos ninguna fineza; tesis que Sor Juana resume en los si­guientes términos: "Más le cuesta a Dios el no hacernos beneficios, que no el hacérnoslos, y, por consiguiente, ma­yor fineza es el suspenderlos que el ejecutarlos". 

"Compelida la hermana Juana Inés por ajenas instan­cias, puso en letras de carta sus opiniones y las hizo circu­lar de mano en mano, hasta que llegaron a las del obispo de Puebla, don Manuel Fernández de Santa Cruz y Sahagún, 'clarificador agudo y profuso de los enigmas sagrados', quien las hizo publicar en carta que bautizara Atenagórica, es decir de Palas Atenea (Minerva). La Atenagórica iba pre­cedida de otra, escrita por el obispo con el seudónimo de Sor Pilotea de la Cruz y dirigida a Sor Juana, epístola don­de se trasluce la admiración del prelado por la monja jerónima, pero donde se la reconviene por su poco celo eclesiástico y su mucha, y no del todo bien aprovechada, sabiduría profana."

Fuente: 
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 83 – 84.

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