La monja filósofa. De Sor Filotea para Sor Juana

La famosa carta de Sor Filotea empieza por declarar que "ha admirado la crítica que ella (Sor Juana) hizo del sermón del Padre Vieyra, particularmente por la claridad de su exposición" y que la había hecho imprimir para que su autora (Sor Juana) "reconozca los tesoros que Dios deposi­tó en su alma, y le sea, como más entendida, más agradeci­da". Cuando el obispo la llevó a la imprenta, declaró que la remitía "Filotea de la Cruz, su estudiosa aficionada en el convento de la Santísima Trinidad, de la Puebla de los Án­geles," y veló así su autoridad, su nombre y su oficio. Dice en ella a Sor Juana, a propósito de sus dotes intelectuales que tanto pondera, que, puesto que "quien más ha recibido de Dios está obligado en la cuenta", ella, Sor Filotea de la Cruz, teme se halle Vuestra Merced (Sor Juana) alcanzada en la cuenta, pues pocas criaturas deben a su Majestad mayores talentos en lo natural"; y agrega "que si hasta aquí los ha empleado bien, que así lo debe creer de quien profe­sa tal religión, en adelante sea mejor".

Le dice también que 'la estudiosa aficionada' (el obis­po) apunta "el riesgo de elación de nuestro sexo (el obispo habla fingiendo ser mujer) propenso siempre a la vanidad"; (como si Sor Juana se excusara una y otra vez por haber escrito su juicio sobre el sermón del padre Vieyra, y expli­cara que lo hizo por obediencia); a pesar de lo cual, le re­cuerda que "en la casa de Abraham no convenía que Sara fuese señora, cuando tenía empleo de súbdita"; le señala que no pretende que "mude el genio, renunciando los li­bros", sino que "le mejore, leyendo alguna vez el de Jesucristo". Además, la supuesta Sor Filotea de la Cruz (el obispo)" le dice a Sor Juana, respecto al juicio crítico (Atenagórica) -que él mismo acababa de publicar, y donde ella cita a San Agustín, a San Lucas, a San Juan, el Génesis, el libro de Esther, las Epístolas de San Pablo a los Corintios, San Ma­teo, Santo Tomás, el Éxodo, las Epístolas de San Pablo a los Colosenses, los Salmos de David, los Libros de los Reyes y las Homilías de San Gregorio, todo en latín y claramente expuesto—, que "mucho tiempo ha gastado Vuestra Merced en el estudio de filósofos y poetas; ya será razón que se perfeccionen los empleos y que se mejoren los libros". Y cuan­do Sor Juana, sin mencionar ni a poetas ni a filósofos, descri­be en su crítica el Amor Divino, el obispo utiliza sus mismas palabras para replicar que "ciencia que no alumbra para salvarse, Dios que todo lo sabe, la califica por necedad".

Después de tan radical y rotunda condenación de cuanto no sean los libros sagrados, el obispo añade: "no repruebo por esto la lección de estos autores profanos; pero digo a Vuestra Merced lo que aconsejaba Gersón: préstese Vues­tra Merced; no se venda ni se deje robar de estos estudios; esclavas son las letras humanas, y suelen aprovechar a las divinas". Y refiriéndose a las obras de Sor Juana le señala: "no es poco el tiempo que ha empleado Vuestra Merced en estas ciencias curiosas", agregando, además: "pase ya, como el gran Boecio, a las provechosas, juntando a las sutilezas de la natural, la utilidad de una filosofía moral".

El obispo Fernández de Santa Cruz (Sor Filotea) conti­núa su perorata: "Lástima es que un tan grande entendi­miento, de tal manera se abata a las rastreras noticias de la Tierra, que no desee penetrar lo que para en el Cielo". "Lás­tima es que "ya que se humilla al suelo, no baje más abajo, considerando lo que pasa en el Infierno". Incita a Sor Juana a que dedique su ingenio a los asuntos sagrados: "¡Oh, qué útilmente se engolfará ese rico galeón de su ingenio, en la alta mar de las perfecciones divinas! Estoy muy cierta y segura que si Vuestra Merced, con los discursos vivos de sus entendimientos, formase y pintase una idea de las per­fecciones divinas... al mismo tiempo se vería ilustrada de luces su alma y abrazada voluntad, y dulcemente herida de amor de su Dios... para que este Señor, que ha llovido tan abundantemente beneficios positivos en lo natural, so­bre Vuestra Merced, no se vea obligado a concederle bene­ficios solamente negativos, en lo sobrenatural que, por más que la discreción de Vuestra Merced los llame finezas, yo los tengo por castigos, porque sólo es beneficio el que Dios hace al corazón humano, previniéndole con su gracia, para que le corresponda agradecido: disponiéndole con un be­neficio reconocido, para que no entorpecida la liberalidad divina se los haga mayores"; pasando lo cual, y volviendo al fin a su natural bondad y a su nombre de Sor Filotea de la Cruz, el obispo concluye: "Esto desea a Vuestra Merced quien, desde su alma, sin que se haya entibiado este amor por la distancia ni el tiempo, porque el amor espiritual no padece achaques de mudanzas, ni las reconoce el que es puro, si no es hacia el crecimiento: Su Majestad oiga mis súplicas, y haga a Vuestra Merced muy santa; y me la guar­de en toda prosperidad.

Deste Convento de la Santísima Trinidad de la Puebla de los Ángeles, en noviembre 25 de 1690, besa la mano de Vuestra Merced, su afecta servidora, Filotea de la Cruz.

La Carta Atenagórica, precedida por la carta de sor Filo­tea, se publicó inicialmente en 1690, en opúsculo, en Pue­bla, donde se imprimían pocos escritos. Dos años después, en 1692, se imprimió en Mallorca una segunda edición. Más tarde la Carta sería incluida en el Segundo volumen de las obras de Sor Juana Inés de la Cruz.

Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 84 – 87.

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