Cuarentena de Jesús

Meditación y ayuno.

Para su meditación y ayuno de cuarenta días, Jesús decide hacerlo en Engaddi, lugar donde los esenios cultivan ajonjolí y la vid, sigue una vereda escarpada y di­fícil que lo lleva hasta la montaña donde sus muros disi­mulan la entrada a la gruta, en ella, hay dos columnas dóricas talladas en la misma roca. En el fondo de la cañada están los viñedos y las casas y, a los lejos, el inmóvil y gris Mar Muerto y las montañas desiertas de Moab. Este lugar es para el retiro de aquellos que desean hacerlo en soledad total, una dura y tremenda prueba para templar volunta­des y encontrar caminos. En el aislamiento de la gruta se percibe el aroma sutil y fortificante del incienso, el de higos secos y el ligero y burbujeante sonido de una pequeña y escasa caída de agua, estos son los alimentos y el sonido que rodean a Jesús en meditación.

Durante cuarenta días de reflexión y ayuno, el espíritu de Jesús tiembla al observar el pasado tormentoso de la humanidad, el degradante presente, donde Roma conquis­ta todo lo que está a su alcance, que es mucho y distingue, porque los magos persas llaman a los romanos como el rei­no de Ahrimán y los profetas como el de Satán, ya que observa los signos de la Bestia y el apogeo del mal.

La población en general de Israel ha olvidado la misión sagrada de Moisés de representar a la religión del Padre, del Espíritu puro, de llevarla y enseñarla a otras naciones y hacerla triunfar, pero el problema principal es que ni reyes ni sacerdotes han cumplido esta importante misión, por lo que está a punto de fallecer ante la superioridad romana. Jesús puede intentar ser un Macabeo, es decir, imitar a la familia hebrea de príncipes asmoneos, cuyo fundador Matatías, un guerrero judío que en el año 166 a. C. es el caudillo de la resistencia contra Antíoco Epífanes, batalla en la que incluso pelean sus hijos: Judas, quien vence a los generales de Antíoco en Emmaús y Hebrón; Jonatás, sumo sacerdote quien muere asesinado y Simón, otro sumo sa­cerdote que comete la traición a su pueblo y es asesinado por su yerno.

Con estos antecedentes, Jesús fácilmente puede hacerse nombrar pontífice-rey, ha visto el poder de convencimien­to en la gente por la palabra de Juan el Bautista, pero está también convencido de que la violencia nunca terminará con la violencia, al contrario, generará más y más, que una espada no puede reinar en paz contra otra, que toda la maldad, desdicha y dolor que generan las guerras y los sometimientos de los pueblos sólo son excusas y pretextos para reclutar nuevas almas para los poderes de las tinie­blas que acechan a sus presas ya no en las sombras sino abiertamente.

Sabe que ese no es camino pero aún duda; ¿es mejor divulgar la verdad a todos, que hasta entonces es el privile­gio de algunos cuantos iniciados, abrir los corazones de todos los humanos para que la verdad penetre en la inteli­gencia por revelación divina de su Padre, lo que significa predicar el reino de los cielos a los sencillos, transformar a la humanidad por el fondo y por la base, regenerando al­mas para el cielo?

Dentro de su meditación, aún queda en Jesús la inquie­tud de quién será, al final, la victoria, de su Padre a través de él o del espíritu del mal que tiene su fuente de acción en la Tierra, porque no sólo la lucha será contra este temible adversario sino que también habrán otros despiadados como Herodes, César y hasta los integrantes y sumos sa­cerdotes del Sanedrín, estos últimos deberían apoyarlo pero al final, ellos no sólo lo aborrecerán, despreciarán y temerán, sino además, elegirán la forma más cruel en la que habrá de morir.

Pero el tiempo de la aparición pública de Jesús ha ini­ciado con su bautizo y no existe nada que pueda evitarlo, ni siquiera los acontecimientos del futuro inmediato y sus consecuencias a largo plazo. La voz de su conciencia le dice: "¡Levántate y predica, que tu voz sea la del Padre, aquella del verbo hecho vida, la que mueve montañas, la fuerza invencible que derriba murallas!"

Todo esto provoca mayor inquietud en Jesús, quien empieza a orar fervorosamente para tranquilizarse, en su meditación y oraciones sabe que no volverá a disfrutar la felicidad vivida hasta este día y que su camino, de ahora en adelante, está envuelto en una nube tenebrosa que lo lleva­rá finalmente al sacrificio por la humanidad. Para su dicha, dentro de esa nube descubre los rostros serenos, tranquilos y llenos de esperanza de sus padres, hermanos, maestros, pero también la del demonio, quien con sus gritos hace tem­blar la gruta y a la montaña entera exclamando: "¡Insensato, quieres lograr lo imposible!, ¡si ya sabes lo que te espera!, ¿por qué no renuncias?", al mismo tiempo, la voz interna de Jesús le aconseja: "¡Es necesario hacerlo, por ningún motivo debo flaquear ahora!"

Varios días dura este asomo a los tormentos del infier­no, Jesús siente que cae cada vez más profundo en el abismo, que la nube lo envuelve y no lo dejará salir a cumplir su misión, sólo su corazón y la pureza de pensamiento logran sacarlo de este envoltorio maligno, hasta que por fin entra en un estado de éxtasis de luz en el que la parte más pro­funda de la conciencia logra despertar para comunicarse con el Espíritu viviente de la razón, para vislumbrar el pa­sado y futuro de la humanidad y de la importancia de que su obra se lleve a cabo hasta el final de su vida como hijo del hombre y la resurrección como Hijo de Dios.

Pero el camino no es fácil ni siquiera en la meditación y el ayuno, ya que las imágenes que contempla cambian de repente y en ellas aparece el mismo Jesús en al altar del templo de Jerusalén, desde donde escucha hermosos himnos cantados en su honor, los sonidos de los instrumentos musicales exaltan la alegría que sienten por él y todos unidos en un sólo coro vociferan: "¡Gloria al Mesías, al Hijo de Dios, al rey de Israel!"; entonces, escucha una voz que en cada pa­labra suena terriblemente a dolor y sufrimiento que le dice.

- ¡Tú serás ese rey, si así lo quieres!

A lo que Jesús responde.

¿Quién eres? Pero el silencio es la única respuesta.

Las imágenes aparecen nuevamente y muestran a Jesús en la cima de la montaña más alta desde donde contempla a todo el mundo, es entonces que escucha otra vez la ca­vernosa voz del tentador personaje surgido de las tinieblas.

Soy el rey de los espíritus y de la Tierra.

— Sé quién eres, tus formas son innumerables; tu nombre es Satán. Aparece con tu forma terrestre. Exige Jesús.

Al instante surge la figura de un aparente ser humano envuelto en una aureola violácea que cubre su cabeza, la mirada es terriblemente dura y maligna y todo el ser está envuelto en una especie de nube sangrienta que resalta más la maldad de este personaje surgido de la oscuridad, en­tonces dice con voz que hiela las venas.

Soy César, si te inclinas ante mí te daré todos los reinos de la Tierra en uno solo.

— ¡Aléjate seductor!, escrito está que no adorarás más que al Eterno, tu Dios. Dice Jesús con decisión y convicción en tan­to que la figura desaparece entre lejanas risas y voces de dolor.

Una vez disipados los fantasmas y apariciones, el meditador está nuevamente solo en la caverna.

— ¿Cómo venceré los poderes de la Tierra, cuál es el signo?

Entonces, desde lo alto del cielo escucha una voz suave pero firme.

—Por el signo del Hijo del Hombre,

Por lo que el nazareno solicita.

¡Muéstrame ese signo!

De pronto, la gruta se transforma hasta aparecer la bó­veda celeste en la que destacan seis estrellas muy brillantes que forman una cruz, este signo es reconocido de inme­diato por Jesús, ya que ha sido utilizado en las antiguas iniciaciones egipcias y conservada por los esenios, los mis­mos hijos de Jafet la han adorado como signo de fuego terrestre y celestial, es el de la Vida con sus goces, del Amor con todas sus maravillas y los iniciados egipcios ven un símbolo del gran misterio, la imagen del sacrificio del Ser sublime que se despedaza a sí para manifestarse al mundo, también simboliza la vida, muerte y resurrección y cubre criptas, tumbas, templos. Este símbolo crece y se acerca a Jesús atraída por su corazón, las seis estrellas aumentan su brillo conforme se acercan al vidente.

— ¡Este es el signo mágico de la vida e inmortalidad! Dice la voz celestial y agrega

— Los hombres lo han poseído en otros tiempos y lo han per­dido en cada ocasión, ¿quieres devolvérselos?

— ¡Quiero! Dice Jesús sin titubear.

— Entonces, ¡observa bien, éste es tu destino!

En un instante, las seis estrellas se extinguen para dar paso nuevamente a la oscuridad; de repente, la gruta se abre al mismo tiempo en que se escucha un trueno que es­tremece la montaña entera y frente a él aparece el Mar Muerto dentro del cual surge una meseta oscura coronada por una cruz negra, en la cual, un hombre agonizante está clavado en ella, abajo, hombres violentos, vestidos de sa­cerdotes del sanedrín y soldados romanos, gritan eufóricos y con una sonrisa más diabólica que de alegría: " ¡Si eres el Mesías y quieres salvar al mundo, primero sálvate a ti." El naza­reno abre los ojos a su capacidad mientras retrocede tapán­dose la boca con el brazo y cubierto por un cruel sudor frío, ya que ese hombre crucificado a quien no puede dejar de ver, ¡es él!

Desde el fondo de su acongojado corazón, Jesús com­prende todo, para vencer y reivindicar a la humanidad es preciso morir por ella, incluso, el vidente ya siente los crue­les dolores, insultos y blasfemias de los hombres hacia aquel crucificado y el silencio inexpugnable del cielo. En eso, una voz suave y angelical llega hasta los oídos de Jesús diciéndole: "En ti está vivirlo o evitarlo"', tiene un segundo de duda, el dolor que sigue sintiendo es tan fuerte que lo hace detener la respuesta, hasta que el galileo se levanta lentamente a la vez que extiende sus brazos exclamando: " ¡Sea conmigo la cruz y que el mundo se salve"

Jesús cae de rodillas sintiendo aún mucho dolor hasta que alza su cara al cielo y lanza un terrible grito de sufri­miento... a partir de ese momento, el ambiente se hace más ligero, una luz suave azulada ilumina la figura enco­gida del nazareno que lo tranquiliza y alivia su dolor, después de unos minutos, escucha la voz triunfante de Dios diciéndole: "¡Satán ya no reina!, ¡la muerte está domina­da y es tu aliada!, ¡Gloria al Hijo del Hombre!, ¡Gloria al Hijo de Dios!"

Jesús ha soportado la gran tentación de evitar su dona­ción como mortal, se enfrentó al príncipe maligno de este mundo y lo ha derrotado. En esta cuarentena memorable, Jesús de Nazaret se convierte en el Príncipe del Universo, muy pronto utilizará lo aprendido para proclamar el nue­vo reino de Dios en el corazón de los hombres. Ofrece estos cuarenta días para adaptarse a los cambios de relaciones con el mundo y el universo, Jesús determina los pasos a seguir en la nueva fase de la vida que está a punto de iniciar.

Al terminar su meditación y ayuno por cuarenta días, Jesús ve a su alrededor, en apariencia nada ha cambiado, el sol ilumina algunas partes de la gruta, se detiene para apre­ciar el impasible Mar Muerto y el hermoso cielo azul que contrasta con la nubes sumamente blancas, todo parece igual, pero no es así, Jesús... ya no es el mismo, conoce su destino y no hay enigmas en su vida que él no conozca, su conciencia está radiante porque sabe que desde ahora, es el Mesías por gracia y decisión irrevocable de su volun­tad, también sabe lo difícil y doloroso que será su vida de ahora en adelante, pero lo asume como parte intrínseca de su labor de predicación de la voluntad de su padre, Dios. Durante estos cuarenta días de aislamiento, Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, buscan a Jesús con desespera­ción. Muchas veces están a poca distancia del lugar donde mora, pero nunca llegan a encontrarlo, por la protección celestial de no ser interrumpido su ayuno.

Al igual que María y José en el templo de Jerusalén, nadie debe interrumpir al Mesías cuando está en lapsos importantes de su vida, misma que cambiará la de los demás, por eso, ni sus padres ni los hijos de Zebedeo en­cuentran a Jesús sino hasta que él cumple ritos importantes en su vida terrestre.

Fuente: 
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 79 – 87.

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