Gobierno liberal de Maximiliano

Los conservadores estaban convencidos de que Maximiliano los llevaría al gobierno en cuanto ocupara el trono. Pero Maximiliano, que era liberal hasta por temperamento, formó su gabinete con personajes liberales y mantuvo en vigor, por creerlas justas, las leyes de Reforma. Esto disgustó mucho a los conservadores y dio origen a las primeras disensiones entre los imperialistas.

El ejército francés se había extendido, y seguía extendiéndose por casi todo el territorio de México, cuyas principales poblaciones ocupaba. Pero aun reducido a los peores extremos, Benito Juárez seguía afirmando la existencia y la legalidad de la República que él encabezaba. El general Bazaine, sustituto de Forey, lo había perseguido sin tregua, y él, mientras más territorio perdía su autoridad, más ganaba en firmeza. De San Luis Potosí había llevado su gobierno a Saltillo (Diciembre de 1863); de allí a Monterrey (Abril de 1864); luego a Chihuahua (Octubre de 1864), y por último (Agosto de 1865) a Paso del Norte (hoy Ciudad Juárez), hasta quedar de espaldas contra la frontera de Estados Unidos. Pero dondequiera, y cerca de él dos grandes republicanos, José María Iglesias y Sebastián Lerdo de Tejada, no flaqueó ni cejó en su actitud de mantener viva la soberanía de México frente a la agresión extranjera, confabulada con la traición de unos cuantos y con la inconsciencia de muchos. En la hora más difícil para la salvación de la República llegó a decir: “Si la desgracia me impele a desesperar de mi causa, si todos me abandonan, iré con mi bandera, con la bandera de la República, a los picachos de la Sierra Madre, y allí moriré; pero aun entonces, no abjuraré de mi deber, porque para morir me envolveré en los pliegues de esa bandera, que representa la autonomía de México”.

Aquel inmenso sacrificio no fue necesario. Tampoco resultó estéril el heroísmo de un incalculable número de mexicanos que entonces dieron su vida por la independencia de la Patria: la República no sucumbió. Y sucedió así porque el imperio de Maximiliano, de hecho, sólo estaba sostenido por el ejército de ocupación, cuyos cuarenta mil hombres, franceses, austríacos y belgas, no eran dueño sino del terreno que pisaban. Un ejército imperialista mexicano, numeroso y suficiente, no lo había, no podía haberlo: lo estorbaba el patriotismo predominante en la nación. De suerte que, tarde o temprano, la fe de Benito Juárez en la razón de México daría el triunfo a los ejércitos de Escobedo, de Corona, de Riva Palacio, de Régules, de Día, de Berriozábal, y de tantos otros cuyas proezas militares, siempre difíciles, y aun temerarias, cubrían lo más del país, ya rehaciéndose de sus derrotas, ya aprovechando sus buenos éxitos.

Por otra parte, en 1861, cuando Francia resolvió intervenir en México, los Estados Unidos estaban entregados a una guerra civil. Unos Estados querían que la esclavitud de los negros se perpetuara; otros, por el contrario, deseaban que la esclavitud desaparecer del territorio norteamericano; y la lucha era tan grande, que nadie, allá, podía pensar más que en eso. Pero en Mayo de 1865 la situación cambió. Vencidos los esclavistas, los Estados Unidos, libres de la guerra civil y dueños de un ejército muy poderoso, hicieron saber a Francia lo que pensaba sobre la intervención, y Francia, aunque la advertencia no le pareciera grave, tenía que sopesarla. “Al invadir a México – le decían –, el ejército francés ha atacado a un gobierno republicano, profundamente afín al de los Estados Unidos, elegido por aquella nación, y han tratado de reemplazarlo por una monarquía que, mientras exista, será una amenaza hacia nuestras propias instituciones…”

De ese modo, vista la indomable resistencia de México, con la cual se había demostrado la imposibilidad de que el imperio de Maximiliano se consolidara, y considerados (aunque esto sólo hasta cierto punto) el poderío y la actitud de los Estados Unidos, Napoleón III decidió retirar del territorio mexicano el ejército francés. A tomar tal medida, además, lo apremiaba otro factor (éste sí de implicaciones graves): el peligro con que, en Europa, amagaban a Francia el creciente militarismo y las ambiciones expansionistas de Prusia.

En cuanto a Maximiliano, estaba ya convencido de que no contaba con la adhesión del pueblo de México, y de que su imperio se derrumbaría tan pronto como le faltara el apoyo de las tropas francesas. Quiso abdicar y volver a Austria; pero la emperatriz lo disuadió, segura de que aún era posible hacer variar la actitud de Napoleón y recobrar la ayuda del clero mexicano resolviendo con el papa Pío IX la cuestión religiosa.

La emperatriz se embarcó para Europa el 13 de Julio de 1866. El 11 de Agosto se habló en París con Napoleón III y fracasó en su propósito. El 16 de Septiembre celebró en Miramar el aniversario de la independencia mexicana. Los días 27 y 29 de ese mese conferenció en Roma con Pío IX, y también fracasó. El 1° de Octubre, después de su segunda visita al Vaticano, se volvió loca.  


Fuente:
Generación 1960. Mi libro Historia y Civismo. Cuarto Grado, Ed. Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito, p. 118 – 121. 
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