Transformación de Jesús

Después de esta larga visita de prédica a muchos poblados y ciudades de Israel, Jesús decide ir, junto con sus discípulos, al Monte Hermón o Hebrón en donde permanecerán dos días, preparándose espiritualmente para los grandes acontecimientos que se producirán en breve.

En esta ocasión tan especial, Pedro, Juan y Santiago son los únicos apóstoles que acompañan a Jesús a la ascensión del Monte Hermón o Hebrón, el Maestro siente el llamado de su Padre, Dios, y acude con prontitud a esa solicitud. Este día, el Mesías puede tomar la decisión de abandonar la lucha y volver a gobernar sus dominios universales, pero elige satisfacer plenamente y hasta el final, la voluntad de su Padre celestial consciente de los terribles padecimientos que pasará y para los cuales se ha preparado cada día de su vida, a partir de que tiene conocimiento de su naturaleza divina y de su destacada labor en la Tierra para salvación de los humanos.

Antes de subir a la cima del monte Hermón o Hebrón, Jesús se despide de los tres apóstoles, explicando: "Me voy solo durante un tiempo para comulgar con mi Padre; les pido que aquí esperen mi regreso, oren para que se haga la voluntad del Padre en toda plenitud en lo que resta de la misión Hijo del Hombre."

Pedro pregunta.

— ¿Cuánto tiempo estaremos en esta montaña, lejos de nuestros hermanos?

Y Jesús contesta.

—Hasta que hayan visto la gloria del Hijo del Hombre y se­pan en plenitud que todo lo que les he declarado sobre el reino de los cielos y la voluntad de mi Padre es verdad.

Durante la noche, los tres discípulos duermen profun­damente cuando repentinamente son despertados por un ruido cercano, indefinido, no es de volumen alto, pero si penetrante; revisan con la mirada a su alrededor y para su sorpresa, miran a Jesús conversando con dos seres brillan­tes. El rostro y la silueta de Jesús también resplandece con la luminosidad de una luz celestial, no alcanzan a escuchar lo que conversan los tres seres luminosos, pero Pedro su­pone que los personajes que están con Jesús, son Moisés y Elías, por lo que da por asentado el cumplimiento de una de las partes más precisas de las profecías sobre esta reunión y el advenimiento del Mesías.

Allí, ante los ojos de los tres discípulos más avanzados e iniciados en las enseñanzas de Dios, se da la transfigura­ción o transformación. Es el momento en que Jesús transfor­ma su rostro en uno lleno de luz, tanto que su túnica brilla de tan blanca y llena de luminosidad. Las otras dos figuras junto al maestro, insisten los discípulos en identificarlos como las de Moisés y Elías, no saben si es realidad o están en un sueño profundo producto de su meditación, a pesar de ello, Pedro le dice a Jesús: "Señor, es bueno que estemos aquí, si estás de acuerdo, formaremos tres pabellones, uno para ti, otro para Moisés y uno más para Elías". Mientras Pedro aún está hablando, una nube muy brillante se acerca y cubre a los cuatro, por lo que los apóstoles se asustan mucho y caen, en ese momento escuchan una voz conocida que les solicita: "Este es mi Hijo amado; no lo descuiden y pónganle mucha atención".

Cuando la nube desaparece, Jesús ayuda a los tres a levantarse, al mismo tiempo que les dice: "Levántense y no teman; verán prodigios más grandes que éste". Jesús está ante los tres apóstoles tratando de despejar su mente, nue­vamente están los cuatro, pero lo que nunca borrarán de su memoria es la figura del Maestro ascendido transfigurada y brillantísima en compañía de Moisés y Elías.

Jesús bebe el cáliz llegado desde el reino de su Padre, Dios, sabiendo que con ello, sella su destino fatal, el tiempo ha llegado, el cielo habla y la Tierra pide ayuda divina, pues ya todo está decidido.

Los tres mortales tardan mucho en recuperarse de la sorpresa, Pedro es el primero en comentar: "Maestro, es provechoso estar aquí. Nos alegramos de ver esta gloria y queremos quedarnos, si estás tú de acuerdo". Pero eso ya no es posible, la tarea más importante de Jesús está por comenzar y no hay tiempo que perder, por lo que los discí­pulos y el Maestro forman un grupo silencioso y pensativo mientras bajan la montaña.

Sin embargo, Jesús solicita a sus acompañantes: "Asegúrense de no contar a nadie, ni siquiera a sus hermanos, lo que han visto y escuchado en esta montaña hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos". Los tres apóstoles no comprenden las palabras del Maestro y sólo dan un sí más por intuición que por reflexión. Cuando Pe­dro analiza las palabras de Jesús, siente una gran sacudi­da en cuerpo y alma al pensar en la muerte del Maestro, ya que es una idea que no está registrada en su memoria y es extremosamente amarga no sólo de soportar sino de tan siquiera imaginar fugazmente.

Pedro está inseguro y quiere evitar la mínima mención sobre la muerte y resurrección del Maestro, por lo que de­cide cambiar el tema de la plática pero con la cual se con­tradice en su pensamiento.

—Maestro, no comprendo, los escribas dicen que Elías debe venir primero antes de que aparezca el Mesías, tú ya estás aquí y no hemos visto esa aparición. Jesús comprende que Pedro no desea hablar nada sobre su muerte física, por lo que res­ponde.

— Es cierto que Elías debe estar antes de la aparición del Me­sías para preparar el camino del Hijo del Hombre, quien sufrirá muchas penurias e injusticias y que al final será rechazado por quienes deberían aceptarlo. Para responder tu pregunta, en ver­dad te digo que Elías ya vino y no fue recibido, sino que lo tortu­raron y despreciaron cuanto quisieron.

Los tres apóstoles abren su mente para descubrir que se refiere a Juan el Bautista y comprenden que si ellos con­tinúan en considerarlo el Mesías, entonces Juan es el Elías de la profecía.

Mientras descienden de la montaña, Jesús les explica: "No me han recibido como Hijo del Hombre; por eso permi­to que me reciban de acuerdo con su designio establecido; pero no se equivoquen, la voluntad de mi Padre debe preva­lecer. Si no cambian sus conceptos creados por su voluntad, entonces estén preparados para padecer muchas decepciones y soportar muchas pruebas; por eso, la preparación que han recibido de mi Padre a través mío, es provechosa para que superen estas penas que ustedes han elegido". Después de esta visita celestial en el Monte Hermón o Hebrón, Jesús conoce la voluntad de su Padre y decide con­tinuar su misión con la humanidad hasta su fin natural, para esto es la transfiguración de Jesús.




Fuente: 
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 133 – 137.

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