Enrique VIII quien no sólo sentó las bases del estado moderno, desafió al Papa y mantuvo a raya al poder del Imperio español; también tuvo – a pesar de su regordeta figura – un lado flaco: le encantaban las mujeres. Poco le importó cambiar de religión, enfrentar la excomunión o mandar ejecutar a algunas de sus esposas cuando se aburría de ellas.
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