Matiana parecía de más de cincuenta años. Tenía la dentadura completa y blanca; pero su pelo ya cano, la piel reseca y arrugada, el cuerpo algo encorvado y, sobre todo, esos ojos siempre enrojecidos por dentro y por fuera, le daban un aspecto extraño. Y sólo por eso la llamaban bruja.
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