La niña Juana Inés. Las primeras enseñanzas

“No había cumplido tres años de mí cuando enviando mi madre a una hermana mía, mayor que yo, a que se enseñara a leer en una de las que llaman ‘Amigas’ me llevó a mí tras ella… y viendo que le daban la lección, me encendí yo, de manera, en el deseo de saber leer, que engañando, a mi parecer, a la maestra, le dije que mi madre ordenaba me diese lección. Ella no lo creyó porque no era creíble, pero por complacer al donaire, me la dio. Proseguí yo en ir, y ella prosiguió en enseñarme; ya no de burlas; y supe leer en tan breve tiempo, que ya sabía, cuando lo supo mi madre…”

Sor Juana.

Desde muy temprana edad, Juana Inés se reveló como niña prodigio aprendiendo a leer cuando tenía tres años, a pesar de que en aquella época no era habitual que las mujeres accedieran a la cultura. En ese tiempo se presume que el capitán de Asbaje todavía estaba con la familia y que ésta se había mudado a Amecameca a una modesta casa de un solo piso rodeada por un jardín: la hacienda de Panoayan, propiedad del abuelo de Sor Juana con “treinta bueyes mansos y cuatro arados aperados” – según consta en el testamento de don Pedro Ramírez de Santillana – y con tales recursos “todo el tiempo que la he poseído, no debo de los arrendamientos cosa alguna”.

El camino que conducía desde la casa hasta la escuelita para niñas no era en realidad muy largo. Era más bien un sendero que serpenteaba entre altas hierbas, tan altas que ocultaban a la niña Juana Inés de los ojos de su madre, quien desde la puerta de la casa despedía a su hermana. Al salir del verde túnel había que seguir el camino que llevaba hasta el Sacromonte, el cual desembocaba en una callejuela fangosa que conducía a la plaza. Ahí los portales servían de zoco o mercado a los indígenas que llegaban desde las montañas con el huacal repleto de cazuelas y orejones al hombro, o con canastos llenos de frutas y verduras. Pero había de darse prisa para llegar a tiempo a ‘La Amiga’. En la plaza, su hermana la vio y la estuvo riñendo un rato, más acabó por dejarla ir con ella. La maestra, sorprendida de volver a ver a la chiquilla con su hermana mayor, pareció molestarse con su presencia, pero sonrió cuando la niña le dijo: “mi mamá me manda para que me dé lecciones”.

Por supuesto que la maestra no le creyó, pero parece que el aplomo de aquella niña tan pequeña le hizo tanta gracia que le dio la lección. Fue tanto su interés y puso tanto empeño en aprender que al cabo de esa primera jornada, la maestra intervino en la conspiración de ocultar todo a la madre de Juana hasta que ésta supiese leer. Y aprendió en muy breve tiempo.

Unas cuantas semanas más tarde, la maestra visitó la casa del abuelo. La pequeña Juana sintió miedo al verla porque se imaginó los buenos azotes que le daría su madre por haber asistido a la escuela sin su permiso. Sin embargo, la maestra ‘bien sabía cómo hacer las cosas’ pues preguntó:

- ¿Y esta niña saber leer?

La madre, dando todo tipo de explicaciones, replicaba:

- ¿Leer…? ¡Qué va! ¿No ve que apenas tiene tres años?

El año que viene la mandaremos a ‘La Amiga’ junto con su hermana mayor y entonces le llegará el turno de aprender.

- ¿Señora, me permite mostrarle a la niña un librito que traigo conmigo para ver si acaso conoce ya las letras? – inquirió cortésmente la maestra.

- Sí, sí – contestó doña Isabel - ¡Pruebe usted señora!

Emocionada y feliz, la pequeña Juana empezó a leer en voz alta, y su madre, sorprendida, escuchaba con atención a su hija. “En vez de azotes recibí un fuerte abrazo”. Cuarenta años después, la monja Sor Juana Inés de la Cruz escribió con afecto:”Aun vive la que me enseñó: ¡Dios la guarde!”.

Durante cinco años la niña Juana Inés fue a la escuela todos los días que hubo clases, y aprendió todo lo que podía aprender. La Amiga cerraba los días festivos y por aquella época era numerosas las fiestas religiosas que comenzaban desde muy temprano por la mañana con el repiqueteo de las campanas y con la música de las bandas que se paseaban por las calles del pueblo. Los indios vestidos con sus trajes de colores vivos llegaban desde la campiña trayendo flores de todos colores en las manos y cargando en la espalda a sus hijos más pequeños. El centro de reunión era el atrio de Amecameca, y tan pronto ésta abría sus puertas, toda la gente entraba lentamente, en procesión, a depositar sus flores al pie del altar. La familia de Asbaje también iba a la Iglesia los domingos y días festivos. Juana Inés, al escuchar los rezos de los sacerdotes, se interesó por aprender el latín.

Cuentan los historiadores que una de las tantas veces que se suspendieron las clases en la escuela de “la Amiga”, se debió a la visita de una misión religiosa. Toda una semana, desde la mañana hasta la noche, se estuvo orando, celebrando misas y efectuando procesiones muy solemnes. Encabezaba la misión un joven jesuita italiano, famoso por la elocuencia de sus sermones, de quien decían que mientras estudiaba para sacerdote en el Seminario Teológico de Niza, oyó hablar a un misionero procedente de México sobre las apariciones de la Virgen María a un humilde indio mexicano llamado Juan Diego. Refería aquel misionero que la Virgen le había dicho al indio que había venido a salvar a todos los indios y que él debía pedirle al cura principal que construyera una iglesia en honor de ella. El joven cura italiano quedó tan impresionado con el relato que decidió dedicar su vida a catequizar a los indios de las Colonias. Viajó a la Nueva España, aprendió el español y algunos dialectos indígenas, y se dedicó a enseñar la religión católica por todo el territorio, atrayendo a las multitudes. El cura predicaba en las iglesias, en las plazas y a veces hasta en plena calle, y parece que la niña Juana Inés lo escuchó y quedó impresionada por la oratoria del jesuita. La misión terminó su tarea con una gran procesión penitencial nocturna, encabezada por los frailes y los sacerdotes, quienes entonaban plegarias y cantos religiosos, seguidos por los conversos. Atrás de todos ellos venían los indios sin adoctrinar, azorados y deslumbrados por la solemnidad del acto.

La niña Juana Inés, su madre y sus hermanas no pudieron asistir a este gran espectáculo porque a las mujeres se les prohibía terminantemente participar en ellos, si siquiera presenciarlos, pues según lo establecía la Iglesia “de tal noche, por la decencia de los sexos, no se permite que salgan las mujeres”.

Fuera de algunas limitaciones que le imponía su condición de mujer, Sor Juana pasó los días felices y atareados de su infancia entre la hacienda Panoayan y el pueblito de Amecameca, asimilando, sin saberlo, la pintoresca vida del pueblo mexicano, la incomparable belleza del paisaje que lo rodeaba, sus intensas preocupaciones por la religión, el aprecio de su familia y la simpatía de sus maestros; y por encima de todo, creció con el deseo de aprender, de estudiar, de saber…

Cuentan que cierto día un indito, menudo y gracioso, a quien ella conocía, se le acercó tendiéndole la mano en la que sujetaba algo muy blanco:

- ¿Qué me ofreces, Diego? – le preguntó Juana Inés.
- Un pedacito de queso – contestó el niño – debe gustarte, y cómo ayer tú me diste de tu dulce de ate…
- Gracias Dieguito, pero yo no puedo comerlo ahora. Me lo llevaré a casa.

Cuarenta años más tarde Sor Juana escribiría respecto a esta anécdota:

“Acuérdome que en esos tiempos, siendo mi golosina la que es ordinaria en aquella edad, me abstenía de comer queso, porque oí decir que hacía rudos, y podía conmigo más el deseo de saber que el de comer, siendo éste tan poderoso en los niños.”

Siempre antepuso a todo su deseo de aprender, y desde muy tierna edad puedo acumular esa sorprendente suma de conocimientos que le serían de tanta ayuda cuando empezara a mezclarse con la gente ilustre y culta de su época.

Sor Juana creció cobijada por el paisaje de Amecameca, que antes de la Conquista, fue metrópoli de una numerosa población indígena de filiación náhuatl. La villa colonial se había fundado en 1527 y era en ese tiempo un poblado de gran renombre porque la fama de fray Martín de Valencia y de su tumba milagrosa atraía a cientos de peregrinos de todos los rincones del país. El padre Valencia había llegado de España poco después de la Conquista al frente de un grupo de monjes que hicieron el camino a pie desde Veracruz hasta la Ciudad de México. Cuando el fray Martín murió lo sepultaron en Amecameca, y las extraordinarias hazañas que en valor y piedad había realizado en vida, acrecentaron su fama después de su muerte. El escarpado sendero que conducía a su tumba de santo en la cima del Sacromonte llevaba constantemente a indios, monjes y monjas, hidalgos españoles y damas castellanas, que le rendían culto. Desde su capilla, en la cumbre, se podía contemplar un incomparable panorama: los dos picos majestuosos del Popocatépetl y del Iztaccíhuatl, cubiertos eternamente de nieve, carmesíes al alba y plateados a la luz de la luna, y a sus pies, arropándolos, la gama de verdes de la Naturaleza, dueña y señora de bosques, arbustos y hierbas. Más allá, se extendía el amplio y fértil valle cubierto de milpas bajo un intenso azul de cielo mexicano.

Quizá en la hacienda de Panoayan estén los mejores recuerdos de la niñez de Sor Juana. La hacienda aún se conserva en pie. Su fachada es clásica del siglo XVII, con seis ventanales con herrería de hierro forjado, con un gran zaguán al centro, rematado en la parte superior por un pequeño mirador. A un costado de la entrada hay una capilla dedicada a San Miguel Arcángel, la cual luce desde la distancia su pequeño campanario y la cúpula superior.

En el interior de la hacienda hay un pequeño patio o jardín central cruzado con andadores. Circundan el jardín corredores con sus arcos y pilares. En la parte del fondo hay un zaguán trasero y sobre el pasillo de salida, una copia de cada uno de los retratos de la Musa.

Juana de Asbaje no cumplía aún ocho años (1559) cuando en la parroquia de Amecameca, ofrecieron por premio un libro a quien compusiera una loa para la fiesta del Santísimo Sacramento. Ella la compuso “con todas las cualidades que requiere un cabal poema”. Y no lo hizo sólo porque le ofrecieran tal premio, sino porque le agradó concursar; “porque aunados a su travesura y a su afán de saber, estaba su espíritu bondadoso y justo, inclinado totalmente hacia el Bien y elevado a lo Más Alto: espíritu que ya poseía desde que apreció aquel cielo tan puro sobre los bosques y los montes que rodearon su cuna”. Además, también, porque todo en sus labios se convertía en versos que resonaban en su ser como algarabía de pájaros; porque desde muy pequeña aprendió de memoria unos sonetos que le oyó recitar a alguien, y que a lo largo de su vida, le salieron al encuentro: heraldos que luego se le aparecieron en los libros de su abuelo.

En medio de este paisaje comenzaría su gran pasión por la lectura; primero leería las Santas Escrituras y la vida de los santos pues no se permitía la entrada de libros profanos a las Colonias, pero, después, ‘devoraría’ los de su abuelo que eran en su mayoría libros de versos españoles. Aprendería también a escribir junto “con todas las demás habilidades de labores y costuras que aprenden las mujeres”. Tenía gran inclinación por la música y a componer versos, tanta, que a veces, no se daba cuenta si escribía en prosa o en verso.

Esto es lo que ella refiere en su autobiografía:

“Teniendo como seis o siete años, y sabiendo ya leer y escribir, con todas las otras habilidades de labores y costuras que aprenden las mujeres, oí decir que había Universidad y escuela en que se estudiaban las ciencias en México; y apenas lo oí cuando empecé a matar a mi madre con insistentes ruegos sobre que, mudándome de trabajo me enviase a México, en casa de unos deudos (parientes) que tenía, para estudiar y cursar la Universidad; ella no lo quiso hacer, e hizo muy bien, pero yo despiqué el deseo en leer muchos libros varios que tenía mi abuelo, sin que bastasen ni represiones a estorbarlo; de manera que cuando vine a México, se admiraban, no tanto del ingenio, cuando de la memoria y noticias que tenía en edad que parecía que apenas había tenido tiempo para aprender a hablar”.

Su madre le había explicado que no recibían niñas en la Universidad y para la pequeña Juana ése era un obstáculo fácil de superar: bastaba con que la vistiesen de varón. Se imaginaba a sí misma fingiendo ser un jovencito, y como tal, recorrer las calles de la gran ciudad, frecuentar las aulas del teatro de la erudición y aprender todos los misterios de un mundo que la fascinaba. La niña abrumaba a su madre con ruegos y súplicas para que la dejase marchar; para que la enviase a México a casa de unos parientes, que, de seguro, le guardarían el secreto.

A pesar de oponerse en un principio a los ‘descabellados’ deseos de su hija, doña Isabel acabaría por consentir al darse cuenta de “la naturaleza extraordinaria de Juana Inés”, y se las arregló para que pudiese hacer el viaje a la ciudad de México, a fin de pasar una temporada en casa de unos parientes (que “tenían mucho caudal”): una hermana de Isabel casada con Juan de Mata. (Un hijo de este matrimonio, Salvador de Mata, fue nombrado años más tarde apoderado por la hermana de Sor Juana, Josefa María, quien le llama “primo”).

Según algunos de sus biógrafos parece que fue en esta época cuando la madre de Sor Juana se unió de nuevo a otro hombre, el capitán Diego Ruiz Lozano, con el que tuvo otros tres hijos: Inés, Antonia y Diego, el único varón de los seis hermanos, a quien Juana debió querer mucho pues es el “divino Anfriso” de uno de sus poemas; y adjudican a estas circunstancias la venia de la madre para que Sor Juana se traslade a México.

Por cierto, el testamento de don Pedro Ramírez de Santillana también constituye otra prueba del estado civil de su hija Isabel, pues no la cita entre sus hijos casados, quedando incluida en el apartado que, al referirse a los solteros dice: “en cuanto a mis hijos, no les he dado cosa ninguna por estar debajo de mi dominio”. Tal vez debido a esto Isabel Ramírez decide formar una nueva familia. 

   

Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 25 – 36.








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