Detrás del velo. Siempre será una menor

Según el islam, hombre y mujer fueron creados a partir de un mismo ser, Tawhid, "(...) lo mismo si es varón que si es mujer, salieron los unos de los otros". Premios y castigos serán iguales: "El creyente, hombre o mujer, que obre bien, entrará en el Jardín (...)." Sin embargo, la sharia promueve la no interacción entre los sexos y establece claras diferencias de género. De hecho, hombre y mujer tienen derechos equitativos aunque diferentes. Sus obligaciones religiosas son iguales aunque el culto sea por separado.

Es cierto que el Corán dice: "la búsqueda del conocimiento es un deber de cada musulmán", pero ellas en realidad no tienen muchas oportunidades, pues su única salida es el matrimonio, y es para lo que se les prepara. Afganistán representa el caso más extremo, donde la instrucción es casi inexistente y las niñas sólo pueden ir a la escuela hasta los 8 años. ¿Comprendemos ahora por qué la mitad de las mujeres del norte de África son analfabetas y, por tanto, dependientes de su marido, padre o hermano? Ellos consideran que por mucha formación que tenga la mujer seguirá siendo "mujer", es decir, débil y emocional. Así, tenga la edad que tenga, en todo el mundo islámico siempre será considerada una menor. En semejante situación, trabajar, salir a la calle o abrir una cuenta bancaria supondrá, no sólo haber conseguido el previo permiso del varón de la familia, sino también una auténtica aventura. 

Que una mujer trabaje fuera de casa altera las bases de la sociedad y provoca lo que los fundamentalistas denominan fitna -desorden-. El desconcierto que ocasiona la mujer fuera del hogar es el argumento que utilizan las autoridades religiosas para mantenerla alejada del entorno laboral. Si aun así consigue trabajo, no deberá violar la ley islámica y no afectará a sus obligaciones como madre y esposa. Además, ella mantendrá la modestia y no compartirá ningún despacho con un hombre; hay que evitarle a éste tentaciones. Porque entre las responsabilidades de la mujer trabajadora está el controlar el deseo sexual de sus compañeros. 

En Arabia Saudí, la segregación en el empleo es extrema, y para los talibanes de Afganistán ni siquiera existe esa posibilidad. Allí lo peor no es llevar burka; es quedarse viuda y no poder alimentar a sus hijos porque tiene prohibido salir de casa aunque sea para trabajar. En Irán, la discriminación en el empleo es total, a pesar de que 60% de los universitarios son mujeres. 

La obediencia y la modestia son el modelo ideal de feminidad musulmana: una mujer que no se enorgullece de su cuerpo ni cuestiona las leyes ni las normas, oculta el pelo y se dedica a su esposo. Algunas de las primeras musulmanas no estuvieron de acuerdo con este ideal y se negaron a aceptar la poligamia y el repudio e, incluso, a llevar velo. Sakina Bint Al Hussein -nieta de Mahoma- nunca llevó velo y se hizo famosa por ser la primera nashiz —esposa rebelde—. Cuando se casó impuso ciertas cláusulas en su contrato matrimonial: su marido no tenía derecho a tomar otra esposa y no podía obligarla a actuar en contra de sus deseos. Llegado el momento, lo denunció ante el juez y allí mismo le dijo: "¡Mírame hoy todo lo que puedas, porque no me volverás a ver nunca más!" Otras no fueron tan valientes y, aún hoy, defienden una postura islámica muy acorde con algunas organizaciones como la proiraní Hezbolá. Ellas aducen que la diferencia con los hombres no significa inferioridad. Umm Mahdi, miembro del brazo financiero de Hezbolá, afirma: "Nosotras perseguimos la justicia, no la igualdad. No tenemos el complejo de querer ser iguales a los hombres", y enarbolan con orgullo el demagogo lema de Jomeini: "Las mujeres representan la mitad de la sociedad y son las responsables de la educación de la otra mitad".

Fuente:
Por Gema Delicado en Muy Interesante Historia, ‘El Islam. Los misterios de una religión’, Ed. Televisa, p. 74 – 76.

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