José Vasconcelos – La sierra de Puebla

La travesía por caminos de herradura y panoramas de incomparable majestad resultó fascinante. Según bajábamos la meseta, el trópico se abría a nuestra contemplación, feraz y bienoliente a plantas y flores raras. De la falda de una colina arranco alguien piñas maduras y las comimos sobre el caballo. En los ranchos de caña, el viejo trapiche funcionaba todavía… Una impresión de comodidad física, de contento de todos los sentidos, invade el organismo deshecho, entumecido por el clima de la meseta. Y una suerte de bendición baja del cielo claro y dobla elegantemente las hojas de las palmeras. La tierra toda está cubierta de verdor y las montañas, revestidas de bosques, dan impresión de grandeza suave y armoniosa. Los caseríos están pintados de blanco, de azul o de amarillo… Los techos de palma seducen con su promesa de reposo y abrigo. En las quebradas, la gotera de algún arroyo remoto es pretexto para que broten y se queden colgando maravillosas orquídeas. Por el aire pasan pericos de esa tonalidad verde clara que reposa el mirar fatigado del diario trajín. Cuando la tarde cae, sube del valle un temblor de emoción.


Fuente:
Español. Lecturas. 6° Grado, Ed. Comisión Nacional de Libros de Texto Gratuito, p. 22.

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