Cuando era pequeño me encantaban los relatos sobre la vida de los animales extraños que viven en lugares casi desconocidos. Me gustaban tanto, que una vez – tendría entonces unos seis años – quise dibujar una boa; pero mi dibujo no tuvo el éxito que yo esperaba. Nadie lo entendió y hasta hubo quien se burló de mis pretensiones de ser pintor. Ante semejante fracaso decidí hacerme aviador: de eso modo podría viajar a mi antojo por el mundo y ver con mis propios ojos esos fabulosos animales. He cumplido este último propósito y he viajado mucho; en mi vida de explorador no me han faltado emociones ni aventuras. Hoy quiero contarles la más extraordinaria de todas.
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