Los seres humanos no comenzaron a jugar a juegos con balones en 1848, en Cambridge. Entre una extensa lista de antecedentes, en los que la pelota puede impulsarse con manos o pies (o, incluso, con la cadera), se cuenta el tsu chu chino, el kemari japonés, el harpaston griego, el consecuente harpastum romano, la soule normanda y bretona, el calcio florentino y el juego de pelota mexicano (tlachtli, ulama, pelota mixteca). Ese listado demuestra al menos dos cosas: la primera, que los ingleses no inventaron los juegos con pelota; la segunda es que tampoco lo hicieron los pueblos precolombinos, demoliendo así cualquier posibilidad de que el interés latinoamericano por el futbol moderno responda a atavismos, precisamente, premodernos o a influencias subterráneas preservadas por memoria oral.
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