Blue Panther. La sencilla infancia del Maestro Lagunero






Referirnos a una carrera profesional tan fascinante como la de Blue Panther, rebasa las expectativas. Sencillamente hablamos de uno de los mejores luchadores que ha dado la profesión de la lucha libre mexicana en sus 84 años, quien actualmente se mantiene como estelar en el elenco del Consejo Mundial de Lucha Libre.

Genaro Vazquez Nevares, el maestro que nació para ser gladiador, es de esos pocos gladiadores que serán recordados con honor por su inmenso respeto y disciplina hacia la ruda profesión, tal y como en su momento ocurrió con Raúl Romero, Rito o Rolando Vera, quienes al igual que nuestro protagonista, consagraron sus vida a los costalazos en cada ring que pisaron.

Blue Panther nació el 18 de Septiembre de 1960, en la populosa Colonia Santa Rosa en Gomez Palacio, Durango; una zona en pleno desarrollo enclavada en la Comarca Lagunera, hoy próspera industrialmente hablando. El protagonista de esta historia es el menor de la familia formada por Don Anselmo y Doña María, cuyos hijos mayores son Vicenta, Carmela, Manuela, Cecilia, El Chato y El Feo (apodados por sí mismos).

Era el invierno de 1965 y el pequeño Genaro corría por los estrechos pasillos del Mercado ‘José Ramón Valdez’, junto a sus pequeños amigos, hijos de otros comerciantes. Ese sitio fue su segunda casa y quiene ahí laboraban como su familia. Los juegos de niños, la inocencia que casi siempre es recordada con felicidad a pesar de las duras circunstancias de la vida, fueron un aliciente para él, que vendía chicles, semillas, huevos cocidos, lo que fuera, pues había que cooperar para llevar el pan a la casa. Su madre tenía una fonda en la sección de comida de aquel mercado, donde el pequeño gritaba para atraer a la clientela ofreciendo el desayuno y la comida; como quien tiene la mejor sazón gana la clientela. Doña María tenía garantizado el sustento de su numerosa familia.

Así transcurrieron un par de años más hasta que llegó el momento de asistir a la Escuela Primaria “Bruno Martínez”. Poco después de las 8 de la mañana, un jarro de café o de atoles, con una torta de frijolitos caldosos, son el desayuno diario del, a la postre, Maestro Lagunero que se alista para sus primeras lecciones.

Era un chamaco inquieto, con mucha energía; recuerda con cierta mofa que en el 2° de primaria su maestra Mariquita lo castigó haciéndolo quedarse 2 horas más por su falta; la profesora buscó en el mercado a Doña María para avisarle lo sucedido pero se sorprendió al verlo muy sentadito comiendo. “Me salí por la ventana”, le dijo a su mamá, quien le dio una paliza que Dios guarde la hora. “Ella me pegaba con unas tenazas de fierro, pero apenas sentía el primer golpe yo lloraba y gritaba para que detuviera”. A raíz del incidente, la escuela mandó poner rejas a las ventanas de los salones y hasta hoy permanecen.

“A un amigo mí que tenía dinero, se apellidaba Molina, le pedía una mordida de su torta y él me compartía, pero cuando se volteaba le arrancaba otro pedazo sin avisarle. Siempre fui muy activo y fuerte, así que nadie se animaba a hacerme pelea, no se metían conmigo ni de habladas ni de golpes, digamos que desde ese entonces me hacía respetar”.

En 1968, sus hermanos ‘El Chato’ y ‘El Feo’ trabajaban como boleros al igual que Genaro, quien conoce el oficio desde los 5 años; además hacía mandados a los comerciantes y en las tardes recoge la basura de los puestos de jugos de Doña Socorro y Doña Kika, ganándose sus buenas propinas.

A lo largo de su vida, el lagunero ha tenido el don de hacer amigos por todas partes y lo que es mejor, conservarlos a pesar del tiempo y la distancia. Con los hijos de las otras fonderas y demás personal del mercado formó un lazo de amistad que a la fecha sigue vivo. “Todavía veo a Chencho, Juan ‘El Gorgojo’, el Tartana, Agustín ‘El Mierdero’, Yeyo, Carlos, La Negra, Lucía, los chavos de mi padrino Kiko (que tenía una tienda y me enseñó a trabajar el abarrote): Leonel, Silvia, Ricardo, Fernando y mi madrina Licha, a todos ellos les guardo bonitos recuerdos”.

Juntos recorrían el mercado para hacer la talacha en las carnicerías, limpiando, acomodando la carne, fregando la tabla y las máquinas de cortar y moler. Al terminar, Don Eliseo los esperaba para lavar las papas y limpiar la cebolla, pero al final del día debían asear los “mierderos” (así se les dice a los baños públicos en esa zona). El descanso casi no existía en la vida de Blue Panther, pues cuando había tiempo extra recogía su canasta y recorría las cantinas ofreciendo gorditas o huevos cocidos a los señores.

Una de las pocas diversiones de Genaro era ir a las vías del ferrocarril, a 2 cuadras del mercado, para treparse a los trenes y jugar con sus amigos. Como le gustaba lucirse con sus amiguitas Estelita, Fabiola, Lucía, La Negra, Rosa, Meche y Jelo, una ocasión se trepó a un caminón de redilas pero el cálculo le falló y la caída fue estrepitosa. Con la nariz rota fue a parar al hospital desmayado y al despertar vio por primera vez juntos a sus padres, Don Anselmo y Doña María, que no llevaban vida en común. Esta situación jamás atormentó al lagunero, pues “sabía quién era mi papá, donde encontrarlo y hasta lo visité, pero era una relación destinada a no darse y jamás insistí ni me mortifiqué. Viví su ausencia y la superé, aún cuando él falleció a mis 16 años”.


Fuente: Por María Teresa Medina en Luchas 2000 Año 8 Especial #34, 8 de Octubre de 2008, p. 2 – 4.

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