La niña Juana Inés. Un lugar entre volcanes

La historia de Juana de Asbaje y Ramírez comienza en el Valle de México, entre el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl, a un lado de las imponentes montañas del Ajusco; entre bosques de cedros, pinos, oyameles y bugambilias; extensos campos sembrados de trigo, maíz y cebada; donde el azul de cielo mexicano es siempre azul y no hace ni calor ni frío. Un lugar fértil para el cultivo de la tierra y fértil, también, para cultivar inteligencias. A través de los años, por ahí han pasado algunos actores de nuestra Historia:

“En una carta de relación – la tercera – que envió Hernán Cortés al emperador Carlos V en los comienzos del siglo XVI, refiere que, en  Marzo de 1520, mandó a Gonzalo de Sandoval con un numeroso grupo de aliados indios a combatir a los tlahuicas, a una región del sur de las altas y azules montañas del Ajusco; y fue entonces cuando Sandoval subió con grave riesgo de su vida – según cuenta el conquistador – a la plaza fuerte de Yecapixtla, que él llama ‘Acapichtla’, “camino hacia el sur”, alta sobre un peñón, al Oeste del encumbrado volcán del Popocatépetl y con un torrente abajo, que, abrazado a otros, forma luego en las quebradas del Suroeste, el río de Cuautla.”

“Bernal Díaz del Castillo relata en ‘Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España’ que, en la sangrienta toma del pueblo que moraba en el peñón de Yecapixtla, los que más daños hicieron “fueron los indios de Chalco y los demás amigos de Tlaxcala”, a los que reñían los españoles “porque eran tan crueles, y por quitarles algunos indios o indias porque no las matasen”; que los españoles entonces “en lo que más se empleaban era en buscar alguna buena india o haber algún despojo” por lo que, cuando acabaron de hacer la toma de Yecapixtla o como la llama Bernal Díaz del Castillo, ‘Acapistla’, dice el propio historiador que “se volvió de Sandoval con todo su ejército a Tezcuco, y con buen despojo; en especial de muy buenas piezas de indias”.

“Fue acordado que se llevaran a herrar – refiere Díaz del Castillo –, a una casa determinada; todos los más soldados llevamos las piezas que habíamos habido, para echar hierro de su Majestad, que era una G, que quiere decir Guerra”; “que las buenas piezas se habían de vender en el almoneda por lo que valiesen, y las que no fuesen tales, por menos precio”. El mismo soldado historiador agrega, empero, refiriéndose a sus jefes, que “en la noche antes, nos desaparecían las mejores indias”, sin duda los mismos jefes, hurtándoselas.

“En el siglo XVII, las mismas comarcas que vieron aquellos tremendos combates de los conquistadores, las matanzas de los indios y cómo marcaron con hierro candente la carne de las indias, dilataban sus verdes penachos de largas y pacíficas hojas, ricos plantíos de caña de azúcar; mientras que en otra Yecapixtla, un poco más abajo, en una fértil cañada, vivía una familia criolla. Eran la de los padres de doña Isabel Ramírez de Santillana, en cuya risueña casa no se oían ya estampidos de balas, ni silbidos de flechas, ni gemidos de moribundos y heridos, sino versos de poetas españoles.”

“Un siglo después, en el XVIII, montaña arriba, al norte de los dos pueblos de Yecapixtla, y siempre al poniente del altísimo volcán del Popocatépetl, en otro poblado perdido, en Ozumba, no había ya escenas de matanzas y de captura de infelices esclavos, ni frecuentes y gozosos recuerdos de poesías; en la casa del párroco se leían libros de ciencia que hablaban de cometas y de eclipses, de estrellas, de piedras, de animales y de plantas; decía todo el mundo que se trataba de un sabio: don José Antonio Alzate y Ramírez; sobrino bisnieto de doña Isabel Ramírez de Santillana, madre de Sor Juana Inés de la Cruz y por tanto su sobrino nieto.


Fuente:
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 11 - 13








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