Las solteronas como estereotipo

«Cuando un estereotipo se encuentra ajeno o desviado de lo que la gente generalmente considera como normal, funciona como una forma de control social». De hecho, históricamente las solteronas siempre han sido relegadas por la sociedad. Hasta fines del siglo XIX, las mujeres no casadas no podían poseer propiedades y estaban sujetas al control financiero de la jerarquía familiar. Como se quedaban en casa, se esperaba que cuidaran a los parientes mayores que estaban enfermos, devotas en tiempo y energía a ellos. Y como no tenían vida propia, «como una solterona no tiene hijos propios, la sociedad espera que ella dé un paso y adopte un rol genérico de madre, ya que es su labor», su deber debía ser involucrarse y ser la madre social, ya que ella no tiene ni hijos, ni esposo propios para cuidar.

«Las imágenes de ellas mismas con las que han sido presentadas las mujeres —y han ayudado a preservar— tienen el objetivo de desmotivar o intimidar, si a las mujeres se les permite escapar en escobas, ¿no podrían destruir todo lo que ha sido delicadamente elaborado por los hombres?». Además, el estereotipo ha sido entendido universalmente como femenino por naturaleza. Palabras como solterona y quedada no tienen nada que ver con su contraparte masculina soltero, que comúnmente implica que un hombre es joven, viril y disponible e incluso puede aludir a una sexualidad más sana y «normal». Se es solterón por convicción, empedernido, con muchas mujeres, incluso se podría pensar que se es mujeriego, mientras la mujer es amargada, vive triste, está sola, es una persona no realizada, motivo de pena o burla.

Porque si bien hay distintas características psicológicas asociadas con el estereotipo de solterona, la mayoría son negativas y en conjunto nos ayudan a definir y etiquetar nuestra imagen mental de ellas:

  • Anormal: De acuerdo con Peach, la maternidad ha sido considerada como una parte natural de la vida de una mujer. Como las solteronas —en el sentido tradicional— no tienen hijos, son vistas como anormales, porque algo debe de estar mal con una mujer que no tiene, y que incluso no quiere, un matrimonio o un hijo y que no cumple con el rol que la sociedad prescribe para ella.
  • Lamentable: Las solteronas han sido objeto de lástima en la sociedad. Son vistas estando en la periferia de la vida: cerca pero nunca capaces de pertenecer. Una conclusión lógica de la falta de participación es que las solteronas son marginales. ¿Cómo pueden ser felices si no tienen lo mismo que los demás y además no pueden tener sexo por no estar casadas?
  • Dependiente: Generalmente las solteronas viven en matrimonios bostonianos con sus madres o sus hermanos en la casa familiar y dependen económicamente de ellos. Esto era lo usual si la mujer no podía trabajar ni labrarse un futuro por ella misma.
  • Sospechosa: Las etapas de la infancia, niñez y adolescencia son temporales y consideradas como parte normal del desarrollo, pero cuando una persona permanece en una etapa por mucho tiempo, este comportamiento es visto como sospechoso. O'Brien afirma que «la mujer soltera ha sido históricamente intrigante y un reto para los hombres cuando es joven», pero la soltería prolongada— hasta la virginidad prolongada— es aún sospechosa. Se piensa que, o maltrató mucho a sus pretendientes o novios porque se creía que algún día llegaría el Príncipe Azul que nunca llegó, o bien la pobre nunca tuvo una oportunidad ni un «pioresnada» y se le fue «su último tren».
  • Amargada: Las solteronas, al ser parias y marginales, socialmente hablando, tienen o deben tener mal humor y estar amargadas; de ahí las frases populares de «tiene moditos de quedada» o «¡ya cásate!» o «es que la pobrecita es sola» o sea es. Imbuida intrínsecamente en su soledad que es parte de su ser, parte de este desprecio que la sociedad y la propia familia tienen hacia ellas.

Fuente:
Por María del Pilar Montes de Oca Sicilia en Revista Algarabía, No. 125, Febrero 2015, p. 98 – 100.

Comentarios

Lo más popular de la semana

25 Preguntas de Economía

25 Preguntas de Administración

Análisis de Amparo Dávila – Alta Cocina