Jesús. Últimos días antes del mortal final

Al llegar la entrada a Jerusalén, la gente del pueblo espera impaciente a Jesús y sus discípulos, muchos de ellos entonan ¡Hosanna, Bienvenido sea el hijo de David!, al mismo tiempo que llenan las calles con ramas de palma, todo es júbilo y alegría, las personas tienen la esperanza en que Jesús sea el libertador de Israel, quien acabará con los romanos y dará a los hijos de Moisés y Abraham su libertad largamente esperada, pero no saben ni conocen la enorme diferencia que existe entre ser soldado libertador de hombres y ser humano salvador de almas, por lo que esta manifestación y esa falsa creencia no es compartida por todos, el mismo nazareno sabe que está en la etapa más difícil para él, físicamente, lo oprime el suplicio que padecerá, pero también sabe y reconforta que, después de su muerte, sus apóstoles continuarán su obra al difundir la ley de su Padre, Dios.

Con esta entrada triunfal, Jesús clama y exhibe ante todos, aún sin decirlo con palabras, sobre todo a los integrantes del sanedrín, que él es el Mesías y asume totalmente las consecuencias. Se dirige directamente al templo y cruza el patio de los gentiles; a cada paso suyo, el enojo se apodera del nazareno, ya que camina con dificultad entre mercaderes, cambistas y comerciantes cuyos rostros denotan abiertamente la usura a la que se dedican y lo peor, es el insultante sonido del dinero que taladra sus oídos, ya en el atrio, comenta con voz imperiosa y a la que nadie puede dejar de escuchar: "¡Escrito está: mi casa será de oración y ustedes la han convertido en cueva de ladrones!" 

Es tan imperiosa la voz de Jesús, que todos los mercaderes huyen arrastrando sus talegas de dinero y sus mercancías, cuidando de que, el pueblo que apoya y sigue al Mesías no les haga daño, pero los sacerdotes del sanedrín, atentos a todo cuanto hace y dice el Maestro, se interponen entre el Hijo de Dios y los pocos comerciantes que quedan y lo increpan provocativamente:

— ¿Con qué autoridad haces esto? 

A lo que Jesús responde con otra pregunta a sus enemigos públicos.

— El bautismo de Juan, ¿de dónde venía, del cielo o de los hombres? 

La comitiva del sanedrín no responde de inmediato, se miran entre ellos para saber quién responderá a la pregunta y en esa actitud dubitativa, saben que si contestan "del cielo", él les dirá, "Entonces, ¿por qué no creen?", y no pueden decir que a los hombres, por temor a que la gente del pueblo les reclame, ya que tienen a Juan el Bautista como profeta, por lo tanto, tragándose su orgullo y altanería responden.

— Nada sabemos.

— Entonces, yo tampoco les diré con qué autoridad hago y llevo a cabo mis acciones. 

Y para que sepan definitivamente que él ya no dejará pregunta sin respuesta, toma la ofensiva y ante el silencio de sus increpadores, agrega.

— En verdad les digo que los modestos empleados y las mujeres de mala vida, les aventajan en el reino de Dios. 

Jesús sabe que con estos enfrentamientos abiertos y ante la vista de mucha gente, los miembros del sanedrín optarán por la vergonzosa retirada, notan que cualquier otra provocación causará riesgos para sus vidas. Además, ya no importa provocarlo más, en sus malignas intenciones guardan dos momentos con los cuales basarán sus acusaciones para acabar con el Mesías; sus amenazas contra el templo y la "afirmación" (no confirmada por él) de que es el Mesías e Hijo de Dios. 

Todo es cuestión de buscar la mejor oportunidad para apresarlo, para esto, fariseos y saduceos se alían para desaparecer al "seductor del pueblo", no lo harán en público porque provocarán la intervención de la gente del pueblo en favor de Jesús. La lucha entre el nazareno y los influyentes miembros del sanedrín va en aumento, en cada ocasión, él los acusa de ser falsificadores de la religión: "Desgraciados de ustedes, escribas y fariseos, que cierran el reino de los cielos a los que en él quieren entrar. Insensatos y ciegos que pagan el diezmo y descuidan la justicia, misericordia y fidelidad. Son como los sepulcros blanqueados, hermosos por fuera pero por dentro están llenos de despojos y toda clase de podredumbre". 

Una vez demostrada la hipocresía religiosa y la falsa autoridad de la clase sacerdotal que integra el sanedrín, Jesús, los discípulos y seguidores salen de Jerusalén para ir al monte de los Olivos, al llegar a la cima pueden contemplar el esplendor de la fortaleza de Herodes, esto no emociona a los apóstoles quienes dentro de algún rincón de sus almas y corazones, se ven como jueces, alrededor del Mesías coronado como Pontífice-Rey. Pero Jesús está muy lejos de esos pensamientos, voltea a verlos y pregunta: "¿Pueden ver todo ese esplendor y riqueza? Pues en verdad les digo que no quedará piedra sobre piedra que no sea destruida". 

Él sabe que la confrontación entre los mismos judíos, que la altanería, intolerancia, fanatismo, baja moral y odio no son armas suficientes para acabar con el poderío romano y su ejército, que viven y mueren para y por la guerra, hombres perfectamente bien entrenados y armados y lo peor, quienes piensan que la actividad bélica es el único camino adecuado para lograr, finalmente, la restauración del reino de David, cuando eso los conduciría, fatalmente, al exterminio o al destierro, porque el ángel de la destrucción está listo, con su antorcha encendida, para que la ciudadela de Sión y su templo empiecen a dejar caer sus muros para cumplir, sin demora alguna, la profecía del Mesías. 

Jesús sabe también que ese sería un triunfo efímero, en caso de ocurrir nuevamente la historia de David y Goliath, sabe que la victoria duradera es la que han manifestado los profetas, la del pensamiento, en la que, lamentablemente, sólo él tiene conciencia plena. 

Pero no es cuestión ahora de dejar que los sacerdotes del sanedrín lo apresen y apresuren los tiempos del sacrificio, por eso, Jesús opta por retirarse a Betania sin dejar de acudir un sólo día al monte de los Olivos, para hablar y estar con sus discípulos, quienes saben y sienten que hay un ambiente extraño cada día que pasa, pero su olfato no tiene capacidad para captar el olor de la muerte que ronda y casi cubre al Maestro y únicamente cuando él deje de ser el Hijo del Hombre para convertirse en Hijo de Dios, ellos podrán darse cuenta de las tribulaciones y penas que sien te Jesús al conocer de antemano su próxima muerte y la forma en que habrá de suceder. 

Las palabras de Jesús ahora son más claras y utiliza en menor medida las parábolas, para que cuando él ya no esté físicamente entre los apóstoles, ellos estén preparados para divulgar no sólo la palabra de Dios sino también el accionar que debe regir las vidas de personas bien nacidas y de buen corazón, para ello, en una de sus últimas visitas al monte de los Olivos, antes de ser entregado por uno de los discípulos, hace una promesa en la que destacan niveles de progreso para llegar hasta el reino celestial. 

Primer juicio.

En el que el destino del alma, después de la muerte, es determinado por su naturaleza íntima y por los actos llevado a cabo en vida terrenal. Son advertidos de que deben vigilarse ellos por sí, tener cuidado de que sus corazones no estén apesadumbrados por la lujuria y sean sorprendidos el día del juicio sin estar debidamente preparados, ya que el Hijo del Hombre volverá cuando menos lo piensen y esperen los humanos del futuro. 

Fin de Israel y destrucción del templo.

Esta es una de las partes más claras de las profecías de Jesús: "Una nación se elevará contra otra. Serán entregados a los gobernantes para ser atormentados. En verdad les digo que esta generación no pasará sin que todas estas acciones pasen". 

Meta terrenal de la humanidad.

Esta meta no ha sido fijada en una fecha precisa, sino que está llena de signos, evidencias y hechos que una vez cumplidos todos, serán la señal del advenimiento del Cristo social o del hombre divino sobre la Tierra, en otras palabras, será la aparición y organización de la Verdad, Justicia y Amor profundo de la sociedad humana, teniendo como consecuencia, ¡por fin!, una paz mundial de pueblos y naciones. 

Los profetas tienen esa revelación aunque aún no la comprenden y la humanidad tardará mucho más en asimilarla, pero la señal será inconfundible: "Porque, como el relámpago sale de oriente y se deja ver hasta occidente, así será el advenimiento del Hijo del Hombre". 

En esos días en que pasa en el monte de los Olivos, sin aparente motivo Jesús llora, ante el desconcierto de sus discípulos, ya que él siente un tremendo dolor en el corazón, por la terrible suerte de su amada Jerusalén y la suya, la cual tiene un temible olor a muerte, ya que los sacerdotes del sanedrín han decidido acabar con el Mesías y Judas Iscariote está dispuesto a entregarlo, ya que no comprende cómo alguien que se dice el Hijo de Dios no puede acabar con los romanos opresores de Israel, no lo mueve la avaricia sino la decepción, por lo que ya no se tentará el corazón para entregar al que considera falso Maestro, este Judas no entiende nada de las palabras de Jesús: "Los que quieran guardar su vida, la perderán y los que no les importe perderla, la ganarán". 

Jesús siempre ha conocido la naturaleza fría y cruel de Judas Iscariote y a pesar de ello, lo admite como discípulo, porque confiaba en cambiarlo y ganarlo para su causa, pero sabe que el destino está escrito para él y su traidor, y decide no hacer más para evitarlo.


Fuente:
Los Grandes – Jesús, Editorial Tomo, p. 163 – 170.

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