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La balsa de caimanes

La leyenda de la reina Ireri.

Cuando el príncipe purépecha Tacamba desapareció en brazos de la princesa Inchátiro en los bosques de Uruapan, arrebatado por una pasión incontenible y abandonando los derechos al trono de sus mayores, los indios de aquellos dominios proclamaron reina a su hermana, la princesa Ireri, que se resistía al amor y despreciaba a todos sus pretendientes. El pánsperata (así se dice amor en tarasco) traía revuelta a la región y los súbditos de Tacámbaro deseaban tener en aquel reino como soberana una mujer honesta que resistiera las tentaciones mundanas. Por eso se fijaron en Ireri, porque aquella princesa que vivía entonces en Chupio, había resistido pruebas de incorruptibilidad era ya muy conocido el desdén que se dibujaba en su rostro siempre que la acosaban con pretensiones amorosos. Entre esos despreciados estaba el guerrero Pámpzpeti, señor de Guapácaro, el cual estaba locamente enamorado de ella. Más, a pesar de los desprecios de la altiva doncella, el bravo Pámpzpei no renunciaba a sus propósitos, y esto intranquilizaba a los vasallos de la reina Ireri, que pretendían a toda costa mantenerla alejada de toda unión amorosa, a fin de que se consagrara totalmente a gobernar el reino, que estaba bastante agitado.

La mujer era hermosa, y tanto por eso como por su fama de castidad, cuando los conquistadores españoles llegaron a Tacámbaro, querían conocerla, y el mismo capitán conquistador Cristóbal de Oñate fue a visitarla a su residencia de Chupio, trabajando con ella conversación e invitándola que se convirtiese al cristianismo. Oñate dio un plazo de tres días para que resolviera y quedó en volver a visitar para conocer su decisión.

Pámpzpeti, el terrible enamorado, se había ocultado en bosque inmediato y escuchó la conversación de la hermosa reina y del conquistador, decidiendo oponerse a aquellas maniobras catequistas.

Como lo había ofrecido, Oñate regresó a caballo al domicilio de Ireri, insistiendo en sus proposiciones, y sólo tuvo como respuesta aquel gesto desdeñoso tan peculiar en el rostro de la joven soberana. Enojado por ello, Cristóbal de Oñate planeó raptarla un día que ella saliera por los caminos; cuando llegó la ocasión, el capitán hispano, que iba a caballo, se inclinó hábilmente y le tendió sus forzudo brazos, tratando de levantarla y llevársela en ancas; pero el pretendiente de Ireri, el guerrero Pámpzpeti, que estaba en acecho con gente oculta, dio una señal y se escuchó un criterio espantoso: los indios se lanzaron al ataque, trabándose toda una batalla entre aquel griterío imponente. En el combate salió herido Cristóbal de Oñate y se dispersaron sus pocos acompañantes, llevando al capitán a que se curara.

Al saber lo ocurrido, y para calmar los ánimos de unos y de otros, intervino fray Juan Bautista, misionero franciscano que caminaba por la comarca convenciendo dulcemente a los idólatras. Fue el buen fraile a hacer una visita a Ireri en Chupio, y quedo ésta tan impresionada de aquél hombre enflaquecido y pálido, con los ojos tristes y la faz desencajada, hablándole con suavidad, humildemente, que la reina, desdeñosa, después de verle y escucharle, clamó sumisa:

"Vamos, Padre; te seguiré a donde quieras, llévame."

Ya había campanas en Tacámbaro; y al siguiente día de la visita del fraile repicaban todas con alegría, anunciando que la reina Ireri seria bautizada.

Pero no contaban con Pámpzpeti, el galán apasionado, que se presentó súbitamente con su gente, arrebatando a la catecúmena de manos de los misioneros, para llevársela del templo y huyendo con ella para ocultarla.

Pasó algún tiempo, entre el desorden reinante por la conquista y los comentarios que aquel suceso había despertado, ya se iba olvidando el escandaloso percance, cuando, residiendo en Huetamo el padre misionero Juan Bautista, recibió la visita de un indio que le suplicaba fuese a confesar a un moribundo que necesitaba su absolución en Zirándaro. Era de noche, y tenían que cruzar el río, que estaba muy crecido, sin embargo el padre franciscano accedió, y fue con el indio, que le sirvió de guion. El religioso llevaba su crucifijo en las manos, musitando oraciones en la alta noche. Al pasar el puente, notó que éste se hundía en el río. En seguida embarcó con el indio en una balsa que les esperaba, negra como la noche, y que los llevó a la casa del moribundo. Se trataba del guerrero Pámpzpeti, que tenía a su lado, llorosa y triste, a la reina Ireri, presenciando su agonía. Trajo el fraile enflaquecido agua del río, bautizó con una jícara a los neófitos y ministró los auxilios espirituales al agonizante; le dio la absolución y consoló a la reina que gemía en la noche desolada.

El padre y el indio acompañante regresaron a tomar la balsa que los esperaba y bogaron en ella hasta donde el misionero que residía, y al abandonarla en la ribera, observaron que la negra balsa que parecía de troncos negruzcos se desintegraba y estaba formada por lagartos o caimanes que se iban separadamente nadando por el río.

¡Designios de Dios!... deja entender la leyenda, que no dice más.


Fuente:
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 33 – 35.

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