Historia del príncipe y la vampiro

El rey de que se trata tenía un hijo aficionadísimo a la caza con galgos, y tenía también un visir. El rey mandó al visir que acompañara a su hijo allá donde fuese. Un día entre los días, el hijo salió a cazar con galgas, y con él salió el visir. Y ambos vieron un animal monstruoso. Y el visir dijo al hijo del rey: “¡Anda contra esa fiera! ¡Persíguela!” Y el príncipe se puso a perseguir a la fiera, hasta que todos le perdieron de vista. Y de pronto la fiera desapareció en el desierto. Y el príncipe permanecía perplejo, sin saber hacia dónde ir, cuando vio en lo más alto del camino una joven esclava que estaba llorando. El príncipe le preguntó: “¿Quién eres?” Y ella respondió: “Soy la hija de un rey de reyes de la India. Iba con la caravana por el desierto, sentí ganas de dormir, y me caí de la cabalgadura sin darme cuenta. Entonces me encontré sola y abandonada.” A estas palabras, sintió lástima el príncipe y emprendió la marcha con la joven, llevándola a la grupa de su mismo caballo. Al pasar frente a un bosquecillo, la esclava le dijo. “¡Oh señor, desearía evacuar una necesidad!” Entonces el príncipe la desmontó junto al bosquecillo, y viendo que tardaba mucho, marchó detrás de ella sin que la esclava pudiera enterarse. La esclava era una vampiro, y estaba diciendo a sus hijos: “¡Hijos míos, os traigo un joven muy robusto!” Y ellos dijeron: “¡Tráenoslo, madre, para que lo devoremos!” Cuando lo oyó el príncipe, ya no pudo dudar de su próxima muerte, y las carnes le temblaban de terror mientras volvía al camino. Cuando salió la vampiro de su cubil, al ver al príncipe temblar como un cobarde, le preguntó: “¿Por qué tienes miedo?” Y él dijo: “Hay un enemigo que me inspira temor:” Y prosiguió la vampiro: “Me has dicho que eres un príncipe.” Y respondió él: “Así es la verdad.” Y ella le dijo: “Entonces, ¿por qué no das algún dinero a tu enemigo para satisfacerle?” El príncipe replicó: “No se satisface con dinero. Sólo se contenta con el alma. Por eso tengo miedo, como víctima, de una injusticia.” Y la vampira le dijo: “Si te persiguen, como afirmas, pide contra tu enemigo la ayuda: de Alah, y él te librará de sus maleficios y de los maleficios de aquellos de quienes tienes miedo.” Entonces el príncipe levantó la cabeza al cielo y dijo: “¡Oh tú, que atiendes al oprimido que te implora, hazme triunfar de mi enemigo, y aléjale de mí, pues tienes poder para cuanto deseas!” Cuando la vampiro oyó estas palabras, desapareció. Y el príncipe pudo regresar al lado de su padre, y le dio cuenta del mal consejo del visir. Y el rey mandó matar al visir.”

 En seguida el visir del rey Yunán prosiguió de este modo:

“¡Y tú, oh rey, si te fías de ese médico, cuenta que te matará con la peor de las muertes! Aunque le hayas colmado de favores y le hayas hecho tu amigo, está preparando tu muerte. ¿Sabes por qué te curó de tu enfermedad por el exterior de tu cuerpo, mediante una cosa que tuviste en la mano? ¿No crees que es sencillamente para causar tu pérdida con una segunda cosa que te mandará también coger?” Entonces el rey Yunán, dijo: “Dices la verdad. Hágase según tu opinión, ¡oh visir bien aconsejado! Porque es muy probable que ese médico haya venido ocultamente como un espía para ser mi perdición. Si me ha curado con una cosa que he tenido en la mano, muy bien podría perderme con otra que, por ejemplo, me diera a oler.” Y luego el rey Yunán dijo a su visir: “¡Oh visir! ¿Qué debemos hacer con él?” Y el visir respondió: “Haya que mandar inmediatamente que le traigan, y cuando se presente aquí degollarlo, y así te librarás de sus maleficios, y quedarás desahogado y tranquilo. Hazle traición antes que él te la haga a ti.”. Y el rey Yunán dijo: “Verdad dices, ¡oh visir!” Después el rey mandó llamar al médico, que se presentó alegre, ignorando lo que había resuelto el Clemente. El poeta lo dice en sus versos:

¡Oh tú, que temes los embates del Destino, tranquilízate! ¿No sabes que todo está en las manos de aquel que ha formado la tierra?

¡Porque lo que está escrito, escrito está y no se borra nunca! ¡Y lo que no está escrito no hay por qué temerlo!

¡Y tú, Señor! ¿Podré dejar pasar un día sin cantar tus alabanzas? ¿Para quién reservaría, si no, el don maravilloso de mi estilo rimado y mi lengua de poeta?,

¡Cada nuevo don que recibo de tus manos ¡oh Señor! es más hermoso que el precedente, y se anticipa a mis deseos!

Por eso, ¿cómo no cantar tu gloria, toda tu gloria, y alabarte en mi alma y en público?

¡Pero he de confesar que nunca tendrán mis labios elocuencia bastante ni mi pecho fuerza suficiente para cantar y para llevar los beneficios de que me has colmado!

¡Oh tú que dudas, confía tus asuntos a las manos de Alah, el único Sabio! ¡Y así que lo hagas, tu corazón nada tendrá que temer por parte de los hombres!

¡Sabe también que nada se hace por tu voluntad, sino por la voluntad del Sabio de los Sabios!

¡No desesperes, pues, nunca, y olvida todas las tristezas y todas las zozobras! ¿No sabes que las zozobras destruyen el corazón más firme y más fuerte?

¡Abandónaselo todo! ¡Nuestros proyectos no son más que proyectos de esclavos impotentes ante el único Ordenador! ¡Déjate llevar! ¡Así disfrutaras de una paz duradera!

Cuando se presentó el médico Ruyán; el rey le dijo- “¿Sabes por qué te he hecho venir a mi presencia?” Y el médico contestó: Nadie sabe lo desconocido, más que Alah el Altísimo.” Y el rey le dijo: “Te he mandado llamar pata matarte y arrancarte el alma.” Y el médico Ruyán, al oír estas palabras, se sintió asombrado, con el más prodigioso asombro, y dijo: “¡Oh rey! ¿por qué me has de matar? ¿qué falta he cometido?” Y el rey contestó: “Dicen que eres un espía y que viniste para matarme. Por eso te voy a matar, antes de que me mates.” Después el rey llamó al porta-alfanje y le dijo: “¡Corta la cabeza a ese traidor y líbranos de sus maleficios!” Y el médico le dijo: “Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, si no Alah te matará también.”

Después retiró la súplica, como yo lo hice dirigiéndome a ti, ¡oh efrit! sin que me hicieras caso, pues, por el contrario, persististe en desear mi muerte.

Y en seguida el rey Yunán dijo al médico: “No podré vivir confiado ni estar tranquilo como no te mate. Porque si me has curado con una cosa que tuve en la mano, creo que me matarás con otra cosa que me des a oler o de cualquier otro modo.” Y dijo el médico: “¡Oh rey! ¿esta es tu recompensa? ¿así devuelves mal por bien?” Pero el rey insistió: “No hay más remedio que darte la muerte sin demora.” Y cuando el médico se convenció de que el rey quería matarle sin remedio, lloró y se afligió al recordar los favores que había hecho a quienes no los merecían. Ya lo dice el poeta:

¡La joven y loca Maimuna es verdaderamente bien pobre de espíritu! ¡Pero su padre, en cambio, es un hombre de gran corazón y considerado entre los mejores!

¡Miradle, pues! ¡Nunca anda sin su farol en la mano, y así evita el lodo de los caminos, el polvo de las carreteras y los resbalones peligro!

En seguida se adelantó el porta-alfanje, vendó los ojos al médico y, sacando la espada, dijo al rey: “Con tu venia.” Pero el médico seguía llorando y suplicando al rey: “Consérvame la vida, y Alah te la conservará. No me mates, o Alah te matará a ti.” Y recitó estos versos de un poeta:

¡Mis consejos no tuvieron ningún éxito, mientras que los consejos de los ignorantes conseguían su propósito! ¡No recogí más que desprecios!

¡Por esto, si logro vivir, me guardaré mucho de aconsejar! ¡Y si muero, mi ejemplo servirá a los demás para que enmudezca su lengua!

Y dijo después al rey: “¿Esta es tu recompensa? He aquí que me tratas como hizo un cocodrilo.” Entonces preguntó el rey: “¿Qué historia es esa de un cocodrilo?”. Y el médico dijo: “¡Oh señor! No es posible contarla en este estado. ¡Por Alah sobre ti! Consérvame la vida, y Alah te la conservará.” Y después comenzó a derramar copiosas lágrimas. Entonces algunos de los favoritos del rey se levantaron y dijeron: “¡Oh rey! Concédenos la sangre de este médico, pues nunca le hemos visto obrar en contra tuya; al contrario, le vimos librarte de aquella enfermedad que había resistido a los médicos y a los sabios.” El rey les contestó. “Ignoráis la causa de que mate a este médico; si lo dejo con vida, mi perdición es segura, porque si me curó de la enfermedad con una cosa que tuve en la mano, muy bien podría matarme dándome a oler cualquier otra. Tengo mucho miedo de que me asesine para cobrar el precio de mi muerte, pues debe ser un espía que ha venido a matarme. Su muerte es necesaria; sólo así podré perder mis temores.” Entonces el médico imploró otra vez: “Consérvame la vida, para que Alah te conserve; y no me mates, para que no te mate Alah.”

Pero ¡oh efrit! cuando el médico se convenció de que el rey le quería matar sin remedio, dijo: “¡Oh rey! Si mi muerte es realmente necesaria, déjame ir a mi casa para despachar mis asuntos, encargar a mis parientes y vecinos que cuiden de enterrarme, y sobre todo para regalar mis libros de medicina. A fe que tengo un libro que es verdaderamente el extracto de los extractos y la rareza de las rarezas, que quiero legarte como un obsequio para que lo conserves cuidadosamente en tu armario.” Entonces él rey preguntó al médico: “¿Qué libro es ése?” Y contestó el médico: “Contiene cosas inestimables; el menor de los secretos que revela es el siguiente: Cuándo me corten la cabeza, abre el libro, cuenta tres hojas y vuélvelas; lee en seguida tres renglones de la página de la izquierda, y entonces la cabeza cortada te hablará y contestará a todas las preguntas que le dirijas.” Al oír estas palabras, el rey se asombró hasta el límite del asombro, y estremeciéndose de alegría y de emoción, dijo: “¡Oh médico! ¿Hasta cortándote la cabeza hablarás?” Y el médico respondió: “Sí, en verdad, ¡oh rey! Es, efectivamente, una cosa prodigiosa.” Entonces el rey le permitió que saliera, aunque escoltado por guardianes, y el médico llegó a su casa, y despachó sus asuntos aquel día, y al siguiente día también. Y el rey subió al diván, y acudieron los emires, los visires, los chambelanes, los nawabs y todos los jefes del reino, y el diván parecía un jardín lleno de flores. Entonces entró el médico en el diván y se colocó de pie ante el rey, con un libro muy viejo y una cajita de colirio llena de unos polvos. Después se sentó y dijo: “Que me traigan una bandeja.” Le llevaran una bandeja, y vertió los polvos, y los extendió por la superficie. Y dijo entonces: “¡Oh rey! coge ese libro, pero no lo abras antes de cortarme la cabeza. Cuando la hayas cortado colócala en la bandeja y manda que la aprieten bien contra los polvos para restañar la sangre. Después abrirás el libro.” Pero el rey, lleno de impaciencia, no le escuchaba ya; cogió el libro y lo abrió, encontrando las hojas pegadas unas a otras. Entonces, metiendo su dedo en la boca, lo mojó con su saliva y logró despegar la primera hoja. Lo mismo tuvo que hacer con la segunda y la tercera hoja, y cada vez se abrían las hojas con más dificultad. De este modo abrió el rey seis hojas, y trató de leerías, pero no pudo encontrar ninguna clase de escritura. Y el rey dijo: “¡Oh médico, no hay nada escrito!” Y el médico respondió: “Sigue volviendo más hojas del mismo modo.” Y el rey siguió volviendo más hojas. Pero apenas habían pasado algunos instantes, circuló el veneno por el organismo del rey en el momento y en la hora misma, pues el libro estaba envenenado. Y entonces sufrió el rey horribles convulsiones, y exclamó “¡El veneno circula!” Y después el médico Ruyán comenzó a improvisar versos, diciendo:

¡Esos jueces! ¡Han juzgado, pero excediéndose en sus derechos y contra toda justicia! ¡Y sin embargo, ¡oh, Señor! ¡La justicia existe!

¡A su vez fueron juzgados! ¡Si hubieran sido íntegros y buenas, se les habría perdonado! ¡Pero oprimieron, y la suerte les ha oprimido y les ha abrumado con las peores tribulaciones!

¡Ahora son motivo de burla y de piedad para el transeúnte! ¡Esa es la ley! ¡Esto a cambio de aquello! ¡Y el Destino se ha cumplido con toda lógica!

Cuando Ruyán el médico acababa su recitado, cayó muerto el rey. Sabe ahora, ¡oh efrit! que si el rey Yunán hubiera conservado al médico Ruyán, Alah a su vez le habría conservado. Pero al negarse; decidió su propia muerte.

Y si tú; ¡oh efrit! hubieses querido conservarme, Alah te habría conservado.

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana; y se calló discretamente. Y su hermana Doniazada le dijo: “¡Qué deliciosas son tus palabras!” Y Schabrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo que os contaré la noche próxima, si vivo todavía y el rey tiene a bien conservarme.” Y pasaron aquella noche en la dicha completa y en la felicidad hasta por la mañana. Después el rey se dirigió al diván. Y cuando termino el diván, volvió a su palacio y se reunió con los suyos.

Schahrazada dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando el pescador dijo al efrit: “Si me hubieras conservado, yo te habría conservado, pero no has querido más que mi muerte, y te haré morir prisionero en este jarrón y te arrojaré a ese mar”, entonces el efrit clamó y dijo: “¡Por Alah sobre ti! ¡oh pescador, no lo hagas! Y consérvame generosamente, sin reconvenirme por mi acción, pues si yo fui criminal; tú debes ser benéfico, y los proverbios conocidos dicen: “¡Oh tú que haces bien a quien mal hizo, perdona sin restricciones el crimen del malhechor!” Y tú, ¡oh pescador! no hagas conmigo lo que hizo Umama con Ática.” El pescador dijo: “¿Y qué caso fue ese?” Y respondió el efrit: “No es ocasión para contarlo estando encarcelado. Cuando tú me dejes salir, yo te contaré ese caso.” Pero el pescador dijo. “¡Oh, eso nunca! Es absolutamente necesario que yo te eche al mar, sin que tengas medio de salir. Cuando yo supliqué y te imploraba, tú deseabas mi muerte, sin que hubiera cometido ninguna falta contra ti, ni bajeza alguna, sino únicamente favorecerte, sacándote de ese calabozo. He comprendido, por tu conducta conmigo, que eres de mala raza. Pero has de saber, que voy a echarte al mar, y enteraré de lo ocurrido a todos los que intenten sacarte, y así te arrojarán de nuevo, y entonces permanecerás en ese mar hasta el fin de los tiempos para disfrutar todos los suplicios.”' El efrit le contestó: “Suéltame, que ha llegado el momento de contarte la historia. Además te prometo no hacerte jamás ningún daño, y te seré muy útil en un asunto que te enriquecerá para siempre.” Entonces el pescador se fijó bien en esta promesa de que, si libertaba al efrit, no sólo no le haría jamás ningún daño, sino que le favorecería en un buen negocio. Y cuando se aseguró firmemente de su fe y de su promesa, y le tomó juramento por el nombre de Alah Todopoderoso, el pescador abrió el jarrón. Entonces el humo empezó a subir, hasta que salió completamente, y se convirtió en un efrit, cuyo rostro era espantosamente horrible. El efrit dio un puntapié al jarrón y lo tiró al mar. Cuando el pescador vio que el jarrón iba camino del mar, dio por segura su propia perdición, y dijo: “Verdaderamente, no es esto una buena señal.” Después intentó tranquilizarse y dijo: “¡Oh efrit! Alah Todopoderoso ha dicho: “Hay que cumplir los juramentos, porque se os exigirá cuenta de ellos. Y tú prometiste y juraste que no me harías traición. Y si me la hicieses, Alah te castigará, porque es celoso, es paciente y no olvida. Y yo te digo lo que el médico Ruyán al rey Yunán: Consérvame, y Alah te conservará.” Al oír estas palabras, el efrit rompió a reír, y echando a andar delante de él, dijo: “¡Oh pescador, sígueme!” Y el pescador echó a andar detrás de él, aunque sin mucha confianza en su salvación. Y así salieron completamente de la ciudad, y se perdieron de vista, y subieron a una montaña, y bajaron a una vasta llanura, en medio de la cual había un lago. Entonces el efrit se detuvo, y mandó al pescador que echara la red y pescase. Y el pescador miró a través del agua, y vio peces blancos y peces rojos, azules y amarillos. Al verlos se maravilló el pescador; después echó su red, y cuando la hubo sacado encontró en ella cuatro peces, cada uno de color distinto. Y se alegró mucho, y el efrit le dijo: “Ve con esos peces al palacio del sultán, ofréceselos y te dará con que enriquecerte. Y, mientras tanto, ¡por Alah! discúlpame mis rudezas, pues olvidé los buenos modales con mi larga estancia en el fondo del mar, adonde me he pasado mil ochocientos años sin ver el mundo ni la superficie de la tierra. En cuanto a ti, vendrás todos los días a pescar a este sitio, pero nada más que una vez. Y ahora, que Alah te guarde con su protección.” Y el efrit golpeó con sus dos pies en tierra, y la tierra se abrió y le trago.

Entonces el pescador volvió a la ciudad, muy maravillado de lo que le había ocurrido con el efrit. Después cogió los peces y los llevó a su casa, y en seguida, cogiendo una olla de barro, la llenó de agua y colocó en ella los peces, que comenzaron a nadar en el agua contenida en la olla. Después se puso esta olla en la cabeza y se encaminó al palacio del rey, según el efrit le había encargado. Guando el pescador se presentó al rey y le ofreció los peces, el rey se asombró hasta el límite del asombro al ver aquellos peces que le ofrecía el pescador, porque nunca los había visto en su vida, ni de aquella especie ni de aquella calidad, y dispuso: “Que entreguen esos peces a nuestra cocinera negra.” Porque esta esclava se la había regalado, hacía tres días solamente, el rey de los Rum, y aún no había tenido ocasión de lucirse en su arte de la cocina. Así es que el visir le mandó que friera los peces, y le dijo: “¡Oh buena negra! Me encarga el rey que te oiga: Si te guardo como un tesoro, ¡oh gota de mis ojos! es porque te reservo para el día del ataque. De modo que demuéstranos hoy tu arte de cocinera y lo bueno de tus platas.” Dicho esto, volvió el visir después de hacer sus encargos, y el rey le ordenó que diera al pescador cuatrocientos dinares. Habiéndoselos dado el visir, los guardó, el pescador en una halada de su túnica, y volvió a su casa, cerca de su esposa, lleno de alegría y de expansión. Después compró a sus hijos todo lo que podían necesitar. Y hasta aquí es lo que le ocurrió al pescador.

En cuanto a la negra, cogió los peces, los limpió y los puso en la sartén. Después dejó que se frieran bien por un lado y los volvió en seguida del otro. Pero entonces, súbitamente, se abrió la pared de la cocina, y por allí se filtró en la cocina una joven de esbelto talle, mejillas redondas y tersas, párpados pintados con kohl negro, rostro gentil y cuerpo graciosamente inclinado. Llevaba en la cabeza un velo, de seda azul, pendientes en las orejas, brazaletes en las muñecas, y en los dedos sortijas con piedras preciosas. Tenía en la mano una varita de bambú. Se acercó, y metiendo la varita en la sartén, dijo: “¡Oh peces! ¿seguís sosteniendo vuestra promesa?” Al ver aquello, la esclava se desmayó, y la joven repitió su pregunta por segunda y tercera vez. Entonces todos los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron: “¡Oh, sí!... ¡Oh, sí!...” Y entonaron a coro la siguiente estrofa:

¡Si tú vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si quisieras escaparte, no hemos de cejar hasta que te declares vencida!

Al oír estas palabras, la joven derribó la sartén y salió por el mismo sitio por donde había entrado, y el muro de la cocina se cerró de nuevo.

Cuando la esclava volvió de su desmayo, vio que se habían quemado los cuatro peces y estaban negras como el carbón. Y comenzó a decir: “¡Pobres pescados! ¡pobres pescados!”, Y mientras seguía lamentándose, he aquí que se presentó el visir, asomándose por detrás de su cabeza, y le dijo: “Llévale los pescados al sultán.” Y la esclava se echó a llorar, y le contó al visir la historia de lo que había ocurrido, y el visir se quedó muy maravillado, y dijo: “Eso es verdaderamente una historia muy rara.” Y mandó buscar al pescador, y en cuanto se presentó el pescador, le, dijo: “Es absolutamente indispensable que vuelvas con cuatro peces como los que trajiste la primera vez.” Y el pescador se dirigió hacia el lago, echó su red y la sacó conteniendo cuatro peces, que cogió y llevó al visir. Y el visir fue a entregárselos a la negra, y le dijo: “¡Levántate! ¡Vas a freírlos en mi presencia, para que yo vea que asunto es este!” Y la negra se levantó, preparó los peces, y los puso al fuego en la sartén. Y apenas habían pasado unos minutos, hete aquí que se hendió la pared, y apareció la joven, vestida siempre con las mismas vestiduras y llevando siempre la varita en la mano. Metió la varita en la sartén, y dijo: “¡Oh peces! ¡oh peces! ¿seguís cumpliendo vuestra antigua promesa?” Y los peces levantaron la cabeza, y cantaron a coro esta estancia:

¡Si tú. vuelves sobre tus pasos, nosotros te imitaremos! ¡Si tú cumples tu juramento, nosotros cumpliremos el nuestro! ¡Pero si reniegas de tus compromisos, gritaremos de tal modo que nos resarciremos!

En este momento de su narración, Schahrazada vio aparecer la mañana, y se calló discretamente.

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afortunado! que cuando los peces empezaron a hablar, la joven volcó la sartén con la varita, y salió por donde había entrado, cerrándose la pared de nuevo. Entonces el visir se levantó y dijo: “Es esta una casa que verdaderamente no podría ocultar al rey.” Después marchó en busca del rey y le refirió lo que había pasado en su presencia. Y el rey, dijo: “Tengo que ver eso con mis propios ojos.” Y mandó llamar al pescador y le ordenó que volviera con cuatro peces iguales a los primeros, para lo cual le dio tres días de plazo. Pero el pescador marchó en seguida al lago, y trajo inmediatamente los cuatro peces. Entonces el rey dispuso que le dieron cuatrocientos dinares, y volviéndose hacia el visir, le dijo: “Prepara tú mismo delante de mí esos pescados.” Y él visir contestó: “Escucho y obedezco.” Y entonces mandó llevar la sartén delante del rey, y se puso a freír los peces, después de haberlos limpiado bien, y en cuánto estuvieron fritos por un lado, las volvió del otro. Y de pronto se abrió la pared de la cocina y salió un negro semejante a un búfalo entre los búfalos, o a un gigante de la tribu de Had, y llevaba en la mano una rama verde, y dijo con voz clara y terrible: “¡Oh peces! ¡oh peces ¿Seguís sosteniendo vuestra antigua promesa?” Y los peces levantaron la cabeza desde el fondo de la sartén, y dijeron “Cierto que sí, cierto que sí.” Y declamaron a coro estos versos:

¡Si tú vuelves hacia atrás, nosotros volveremos! ¡Si tú cumples tu promesa, nosotros cumpliremos la nuestra! ¡Pero si te resistes, gritaremos tanto que acabarás por ceder!

Después el negro se acercó a la sartén, la volcó con la rama, y los peces se abrasaron, convirtiéndose en carbón. El negro se fue entonces por el mismo sitio por donde había entrado. Y cuando hubo desaparecido de la vista de todos, dijo el rey: “Es este un asunto sobre el cual, verdaderamente, no podríamos guardar silencio. Además, no hay duda que estos peces deben tener una historia muy extraña.” Y entonces mandó llamar al pescador, y cuando se presentó el pescador, le dijo: ¿De dónde proceden estos peces?” El pescador contestó: “De un estanque situado entre cuatro colinas, detrás de la montaña que domina tu ciudad.” Y el rey, volviéndose hacia el pescador, le dijo: “¿Cuántos días se tarda en llevar a ese sitio?” Y dijo el pescador: “¡Oh sultán, señor nuestro! Basta con media hora.” El sultán quedó sorprendidísimo, y mandó a sus soldados que marchasen inmediatamente con el pescador. Y el pescador iba muy contrariado, maldiciendo en secreto al efrit. Y el rey y todos partieron y subieron a una montaña, y bajaron hasta una vasta llanura que en su vida habían visto anteriormente. Y el sultán y los soldados se asombraron de esta extensión desierta, situada entre cuatro montañas, y de aquel estanque en que jugaban peces, de cuatro colores rojos, blancos, azules y amarillos. Y el rey se detuvo y preguntó a los soldados y a cuantos estaban presentes: “¿Hay alguno de vosotros que haya visto anteriormente ese lago en este lugar?” Y todos respondieron:

“¡Oh, no!” Y el rey dijo: “¡Por Alah! No volveré jamás a mi capital ni me sentaré en el trono de mi reino sin averiguar la verdad sobre este lago y los peces que encierra.” Y mandó a los soldados que cercaran las montañas, y los soldados así lo hicieron. Entonces el rey llamó a su visir. Porque este visir era hombre sabio, elocuente, versado en todas las ciencias. Cuando se presentó entre las manos del rey, éste le dijo: “Tengo intención de hacer una cosa, y voy a enterarte de ella. Deseo aislarme completamente esta noche y marchar yo solo a descubrir el misterio de este lago y sus peces. Por consiguiente, te quedarás a la puerta de mi tienda, y dirás a los emires, visires y chambelanes: “El sultán está indispuesto y me ha mandado que no deje pasar a nadie. Y a ninguno revelarás mi intención.” De este modo el visir no podía desobedecer. Entonces el rey se disfrazó, y ciñéndose su espada, se escabulló de entre su gente sin que nadie lo viese. Y estuvo andando toda la noche sin detenerse hasta la mañana, en que el calor, demasiado excesivo, le obligó a descansar. Después anduvo durante todo el resto del día y durante la segunda noche hasta la mañana siguiente. Y he aquí que vio a lo lejos una cosa negra, y se alegró de ello y dijo: “Es probable que encuentre allí a alguien que me contará la historia del lago y sus peces.” Y al acercarse a esta cosa negra vio que aquello era un palacio enteramente construido con piedras negras, reforzado con grandes chapas de hierro, y que una de las hojas de la puerta estaba abierta y la otra cerrada. Entonces se alegró mucho, y parándose ante la puerta, llamó suavemente; pero como no le contestasen, llamó por segunda vez y por tercera vez. Después, y como seguían sin contestar, llamó una cuarta vez, pero con gran violencia, y nadie contestó tampoco. Entonces se dijo: “No hay duda; este palacio está desierto.” Y en seguida, tomando ánimos, penetró por la puerta del palacio y llegó a un pasillo, y allí dijo en alta voz: ¡Ah del palacio! Soy un extranjero, un caminante que pide provisiones para continuar su viaje.” Después reiteró su demanda por segunda y tercera vez, y como no le contestasen, afirmó su corazón y fortificó su alma, y siguió por aquel corredor hasta el centro del palacio. Y no encontró a nadie. Pero vio que todo el palacio estaba suntuosamente revestido de tapices y que en el centro de un patio interior había un estanque Coronado por cuatro leones de oro rojo, de cuyas fauces brotaba un chorro de agua que semejaba de perlas y pedrería. En torno veían se numerosos pájaros, pero no podían volar fuera del palacio, por impedírselo una gran red tendida por encima de todo. Y el rey se maravilló al ver aquellas cosas, aunque afligiéndose por no encontrar a alguien que le pudiese revelar el enigma del lago, de los peces, de las montañas, y del palacio. Después se sentó entre dos puertas, y meditó profundamente. Pero de pronto oyó una queja muy débil que parecía brotar de un corazón dolorido, y oyó una voz dulce que cantaba quedamente estos versos:

¡Mis sufrimientos ¡ay! no he podido ocultarlos, y mi mal de amores fue revelado!... ¡Y ahora el sueño se aparta de mis ojos para convertirse en insomnio constante!

¡Oh amor! ¡Viniste al oír mi voz, pero cuánta tortura dejaste en mis pensamientos!

¡Ten piedad de mí! ¡Déjame gustar del reposo! ¡Y sobre todo, no vayas a visitar a Aquella que es toda mi alma, para hacerla padecer! ¡Porque Ella es mi consuelo en las penas y peligros!

Cuando el rey oyó estas quejas amargas se levantó y se dirigió hacia el lugar de donde procedían. Llegó hasta una puerta cubierta por un tapiz. Levantó el tapiz, y en un gran salón vio un joven que estaba reclinado en un gran lecho. Este joven era muy hermoso, su frente parecía una flor, sus mejillas igual que la rosa, y en medio de una de ellas tenía un lunar como una gota de ámbar negro. Ya lo dijo el poeta:

¡El joven es esbelto y gentil! ¡Sus cabellos de tinieblas son tan negros que forman la noche! ¡Su frente es tan blanca que ilumina la noche! ¡Nunca los ojos de los hombres presenciaron una fiesta como el espectáculo de sus gracias!

¡Le conocerás entre todos los jóvenes por el lunar que tiene en la rosa de su mejilla, precisamente debajo de uno de sus ojos!

Al verle, el rey, muy complacido, le dijo: “¡La paz sea contigo!” Y el joven siguió echado en la cama, vistiendo un traje de seda bordado de oro. Con un acento de tristeza que parecía extenderse por toda su persona, devolvió el saludo al rey y dijo: “¡Oh señor! ¡Perdona que no me pueda levantar!” Pero el rey contestó: “¡Oh joven! Entérame de la historia de ese lago y de sus peces de colores, así como del misterio de este palacio y de la casa de tu soledad y de tus lágrimas,” Al oírlo, el joven derramó nuevas lágrimas, que corrían a lo largo de sus mejillas, y el rey se asombró y le dijo: “¡Oh joven! ¿Qué es lo que te hace llorar?” Y el joven respondió: “¿Cómo no he de llorar, si me veo en este estado?” Y el joven, alargando las manos hacia el borde de su túnica, la levantó. Y entonces el rey vio que toda la mitad inferior del joven era de mármol, y la otra mitad, desde el ombligo hasta el cabello de la cabeza, era de un hombre. Y el joven dijo al rey: “Sabe, ¡oh señor! que la historia de los peces es una cosa tan extraordinaria, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior del ojo, a fin de que todo el mundo la viera, sería una gran lección para el observador cuidadoso”.

Fuente:
Las mil y una noches, Antología de cuentos árabes, descargada www.escolar.com el 17 de Octubre de 2022, p. 14 – 19.

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