Las invasiones inglesas. Peloteros y futboleros

El mapa de la expansión del futbol y el beisbol en América Latina reproduce las zonas de influencia inglesa y norteamericana, respectivamente. Pero esto debe ser revisado con más detalle. Joseph Arbena, el gran historiador norteamericano que dedicó su trabajo a la investigación sobre los deportes en el continente, señala que el beisbol es el rey de los deportes en las naciones insulares (Cuba, Puerto Rico y República Dominicana); en el norte de México y en la costa del Golfo, incluido Yucatán, y en Nicaragua, Panamá y las zonas caribeñas de Colombia y Venezuela. Esta descripción es correcta, pero exige explicaciones más detalladas. 

Por un lado, Arbena sostiene que la razón para esa expansión no es sólo la influencia norteamericana, sino el bajo costo del deporte para la práctica popular: es decir, un argumento también esgrimido para explicar el éxito del futbol. Del mismo modo, el beisbol aparece como un deporte asociado, en las naciones “receptoras”, con los imaginarios de progreso político y económico que trae la nación “donante” (Estados Unidos). Y nuevamente se trata de una razón que explica la difusión del futbol en el resto de la región. El caso cubano puede ayudarnos a entender la complejidad del fenómeno. 

La expansión del beisbol en Cuba está ligada al hecho de que sus élites enviaban a sus hijos a estudiar a Estados Unidos, mientras que en el resto del subcontinente solía predominar el viaje europeo (para los administradores de las empresas poscoloniales, el viaje inglés). El retorno de esos estudiantes, en algunos casos de modo anticipado por la Guerra de Secesión, llevó a que ya en 1874 (cuando el futbol casi no existía fuera de las Islas Británicas) haya un juego oficialmente registrado entre el Habana y el Matanzas Baseball Club, y que en 1878 se funde una liga profesional; entre 1870 y 1890 se crearon más de 200 equipos en la isla. Pero hay otro detalle local: Cuba fue un territorio colonial español hasta 1898, y la administración ocupante veía con malos ojos el crecimiento de un deporte norteamericano. A la inversa, los jóvenes independentistas entendían el deporte como una suerte de afirmación antiimperialista, porque era antiespañola. Por eso es que en ese primer juego aparece el nombre de Emilio Sabourín, jardinero izquierdo campeón del Habana, organizador de esa primera Liga Profesional cubana en 1878 y luego encarcelado por España, para morir como mártir de la Independencia cubana en Ceuta, en 1897; o puede recordarse el de José Manuel Pastoriza, pitcher del Club Almendares, quien fue fusilado por los españoles en 1896, durante la sublevación anticolonial. Cuentan sus compañeros que Sabourín era devoto, en partes iguales, del “beisbol, su familia y su patria”. En 1895, temerosos de su influjo antiimperialista, los administradores coloniales españoles habían prohibido el beisbol. El futbol, como veremos, tuvo su entrada justamente por medio de los españoles, que completaban su Liga con equipos de oriundos de la península y con nombres derivados de gentilicios peninsulares. 

El beisbol cubano despegó con la llegada del protectorado norteamericano, luego de la Independencia. La Liga amateur fue establecida en 1914, y la profesional en 1917. Muchos peloteros norteamericanos que fallaban en alcanzar las Ligas Mayores probaban suerte en la isla. Asimismo, el hecho de que la temporada cubana fuera en invierno en vez de en verano aumentaba las oportunidades de estos intercambios. También la “cláusula de reserva”, que dominó el beisbol norteamericano hasta los años sesenta e impedía la libre contratación de los jugadores, llevaba a muchos peloteros a tratar de incrementar sus ingresos en la “liga de invierno”. También para los negros, que escapaban del racismo norteamericano, la liga cubana les permitía vivir una integración de facto. 

Este éxito temprano en Cuba influyó en la expansión del beisbol por el Caribe, ya que la isla funcionó como mediadora: no es necesariamente la presencia norteamericana la que despliega el beisbol como deporte local en el resto de su zona de influencia, sino que los marineros, ingenieros, educadores y militares que recorren las islas y el subcontinente en la primera mitad del siglo XX proceden de la metrópoli o de la neocolonia cubana, luego de su Independencia y el establecimiento del “protectorado” norteamericano. Eso explicaría, por ejemplo, el éxito del beisbol en la República Dominicana. En otros casos, como el de Panamá, la presencia norteamericana es directa desde la construcción del Canal; lo mismo ocurre con Puerto Rico, administrado por Estados Unidos desde 1898. 

La República Dominicana terminó siendo el centro de gravedad del beisbol hispano. Introducido por los cubanos exiliados en la primera Guerra de la Independencia (1868-1878), los primeros clubes dominicanos nacieron en 1891, fundados por Ignacio y Ubaldo Alomá, dos cubanos: fueron El Cauto y Cervecería, los Azules y los Rojos. En 1907 apareció el primer club puramente dominicano, el Licey. En 1891 se jugó el primer partido interurbano (Licey contra San Pedro de Macorís) y en 1912 el primer campeonato. La ocupación norteamericana de 1916 a 1924 expandió la práctica. Ante el dominio del Licey, el dictador Trujillo disolvió los dos grandes equipos de la capital, el Licey y el Escogido, para formar el Ciudad Trujillo, con ocho afrodescendientes norteamericanos, seis cubanos, un puertorriqueño y un único dominicano. El saqueo de los equipos negros norteamericanos fue tal que interrumpió la Negro National League. Además, Trujillo incentivaba a sus jugadores amenazándolos con el pelotón de fusilamiento. Con esta motivación, el dictador consiguió que su equipo ganara el campeonato en 1937; luego, disolvió el beisbol profesional hasta 1951. 

A partir de ese momento, el flujo se invirtió: del Caribe hacia tierra firme. Desde 1947, la integración racial del beisbol norteamericano abrió las puertas para los jugadores afrodominicanos. En 1956, los San Francisco Giants reclutaron a Ozzie Virgil. La Revolución cubana, por su parte, cerró las puertas para el reclutamiento norteamericano, por lo que la República Dominicana se transformó en el primer semillero. El hecho de que 65 dominicanos jugaran en las Grandes Ligas en los años noventa llevaba a afirmar que Santo Domingo y San Pedro de Macorís eran, proporcionalmente, las más importantes fuentes mundiales de talentos beisbolísticos. 

Distinto fue el caso mexicano, donde el momento de expansión deportiva, cuando el beisbol y el futbol disputaban su predicamento, se vio interrumpido por la Revolución de 1910, luego de la cual se produjo un realineamiento de las influencias en disputa (y en el que asistiremos a la confluencia, aunque competitiva, del imaginario británico y la migración española frente a la influencia norteamericana en el norte y la cubana en Yucatán). 

En México se registran juegos de cricket desde 1827. Pero hacia fines de siglo el favoritismo, siempre de las clases altas, había cambiado al beisbol. Hacia 1890, también las inversiones norteamericanas habían prevalecido sobre las británicas. Y también entre los empleados de comercio o bancarios y ferrocarriles: Mexican Central vs. Mexican National, o en 1882, el juego entre el National Baseball Club vs. Telephone Company. 

Los jugadores nativos aparecieron poco después: en 1886 se realiza un partido benéfico en Corazón de Jesús. En 1895, un equipo nativo venció al American Base-ball Club y al Cricket Club (con ingleses que “más o menos se ajustaban a las reglas americanas”, como testimonian las fuentes). En 1890, los cubanos introdujeron el juego en Yucatán, a partir de la relación de la península con la isla por el comercio de fibras vegetales. En 1892, la burguesía de Mérida fundó el Sporting Club. En 1905 nació una liga regional, alimentada por jugadores cubanos. 

En 1904 se crearon dos ligas mexicanas: una amateur, para el verano, y otra semiprofesional, para el invierno. El club El Récord jugó (y perdió) en 1907 contra los Chicago White Socks. Siempre, claro, fueron fenómenos de clases altas. Después de la Revolución, en 1920, el beisbol no sólo revivió sino que se popularizó. Hacia 1924, la Ciudad de México tenía 56 equipos, ya con jugadores y públicos populares. En 1925 se creó la Liga Profesional. Todos estos esfuerzos fueron apoyados por el Partido Nacional Revolucionario, antecesor del Partido Revolucionario Institucional (PRI), que declaraba, en 1932, que tenía la “sagrada obligación” de fomentar el progreso físico tanto como el económico y social, lo que incluía también el futbol. 

En los años cuarenta, un millonario de Veracruz, Jorge Pasquel, llegó a la presidencia de la Liga y constituyó un gran desafío para el beisbol norteamericano. Comenzó a seducir beisbolistas profesionales triplicando sus salarios, así como de la Negro League, por ejemplo, el pitcher de los New York Giants, Tom Gorman. Los jugadores que pasaban a la liga mexicana eran sancionados por Albert Chandler, el representante de las Grandes Ligas, pero los salarios eran imbatibles (nuevamente, esto les permitía escapar de la “cláusula de reserva”). Este intento fracasó hacia 1947, cuando Pasquel debió comenzar a reducir costos: la Liga era inviable, considerando que el mayor estadio mexicano tenía capacidad para 22,000 espectadores, y que no había televisión que auxiliara con el patrocinio.

Fuente:
Pablo Alabarces, “Historia mínima del futbol en América Latina”, Ed. El Colegio de México & Turner, p. 36 – 40.

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