Un día en la vida de un navajo

El Gran Cañón del Colorado refleja los hermosos tonos de rosa y naranja con que el sol vespertino lo tiñe, mientras Rose realiza la última venta del día. Su puesto, establecido a las orillas del cañón, está muy bien ubicado: los turistas que pasan por ahí compran las artesanías que los indios elaboran.

Frente a ella, en la mesa de exhibición, hay mocasines, aretes, collares, calzadores y bolsos. Los diseños son navajos, pero han sufrido la influencia de las modas. Estos objetos, mitad auténticos, mitad comerciales, presentan símbolos de su vida: un compromiso entre las tradiciones indias y la cultura de los blancos. Rose viste un suéter de acrílico; su hijo Chuck, que viste playera y pantalones de mezclilla (jeans), se entretiene con su radiocasetera individual. Rose creció en una reservación, entre personas que no se habían adaptado a la nueva vida impuesta por los colonizadores. El área de reservación a la que se redujo la planicie no era suficiente para dar subsistencia seminómada a los navajos, que debieron dedicarse a la crianza de ovejas y cabras. Además, la mayoría de quienes intentaron encontrar trabajo fuera de la reservación se enfrentaron a la discriminación y fracasaron. 

La vida es más fácil ahora. El Congreso ha reconocido ya el derecho de los indios a tener su propia tierra, y el esposo de Rose, Jack, trabaja como chofer en un gran rancho de ganado bovino. El matrimonio tiene un ingreso adicional por alquilar, junto con los demás miembros de su comunidad, los derechos de explotación de una mina de cobre y de una planta de energía eléctrica que se encuentra en tierra de navajos. Los industriales sólo pueden alquilar estas tierras, pero nunca comprarlas. Rose y Jack construyeron una bella casita de madera en el campo, en la reservación donde crecieron. Ellos acampan para proteger de la sobreexplotación y del exceso de pastoreo a estas áridas tierras. Los navajos creen que la tierra es como un ser viviente: quitarle algo al suelo es como excavar en la piel misma de un ser humano. Pero su casa no tiene agua entubada ni cuenta con instalaciones sanitarias. Se las arreglan usando una letrina y trayendo un tanque de agua del puesto comercial más cercano. 

En casa, Rose pasa la mañana elaborando collares mientras cuenta a su hijo, en navajo (la lengua que se habla en la familia) emocionantes historias de famosos jefes tribales y de los espíritus de las montañas. A veces Chuck escucha esas historias en la escuela de la reservación a la que asiste; sus maestros y sus compañeros son también de esta raza. Pero la mayoría de sus lecciones son iguales a las que reciben los niños blancos. Rose espera que él vaya algún día a la universidad. 

Fuente:
Reader’s Digest – Diccionario ilustrado de nuestro mundo, Ed. Reader’s Digest, p. 53.

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