Roberto Gómez Junco-Dislates en cascada

Inolvidable aquel día, cuando nos visitó nuestro amigo, el del humorismo involuntario, quien poco a poco nos fue dejando embelesados con su discurso:

“Vengo un poco agitado porque acabo de tener un encuentro bastante subgéneris. Me habló un cuate, al que tenía mucho tiempo de no ver, un pobre tipo que en el fondo de su fuero externo está acomplejado porque es esméril, imponente; creo que tiene alopecia y además se le está cayendo el pelo. Pero aún así, siempre se ha creído la mama de las gallinas.


Me dijo que quería hablar conmigo de algo muy importante, de algo que no podíamos tratar por teléfono por el riesgo de que hubiera pájaros en la azotea; porque éste tipo es de ésos que siempre ven moros con trinquete.

Quedamos de vernos y me presenté a la cita esta mañana con mis mejores garras, limpio, implacable, porque ya sabes que como te ven te saludan. Es cierto que árbol que crece torcido jamás será vencido, y por eso me daba un poco de pena añeja que me vieran con él, por aquello de “dime con quién andas y te diré quiénes son”; pero me hice de la vista sorda y entendí que no había que ponerle tantos peros al olmo.

Bien dicen que siempre al que madruga dos le ayudan, así que llegué temprano y hasta alcancé a desayunar antes de que él llegara, por lo que logré matar un pájaro de dos tiros.

Cuando llegó este cuate, de improviso me dijo que le dijeron, o que alguien más le había dicho, que me habían visto en situación comprometida  con una exesposa de él con la que él había estado casado; y que yo al despedirme hasta un regalo le había entregado.

Completamente aireado, me amenazó y me dijo que tendría que abstenerme a las consecuencias por haber ido en contra de aquel principio fundamental que dice que el respeto al del lecho ajeno es la paz, Y ya se sabe que los niños borrachos siempre dicen la verdad, pero él ni estaba tomado ni es tan niño que digamos.

Mi primera reacción fue reírme a horcajadas, porque debo aclarar – para que no vaya a haber ninguna falta de confusión –, que yo en ese asunto ni siquiera tengo vela que me entierren, y nadie en su santo juicio sería capaz de pensar eso de mí. Ni que yo fuera tan pendejo como para no saber que eso podía prestarse a que alguien lo malinterpretara mal y sacara conclusiones erróneas que estuvieran equivocadas de cabo a nabo.

Por equis o por mangas, cuando le aclaré las cosas y le dije que mejor se anduviera con pies de aplomo porque debía saber que más pronto cae un hablador que un cojo, se hizo el desatendido, como si estuviera hablando con la Virgen, y luego, luego me salió con la tangente.

Pero yo sabía que ahí había gato escondido; y como siempre he dicho al poco entendedor buenas palabras, y que tanto peca el que mata a la vaca como el que mata a la pata, me puse muy energético, a empeñones traté de hacerlo reaccionar, y decidido le dije con algo de tibieza: ¡Boston, Boston, tenemos un problema!.

Como era algo que no podía hacerse sin son ni ton, yo insistía en que no hay que buscarle dos pies al gato, que de seguro me habían confundido con algún otro que no era yo, y que tampoco se trataba de anonadarse en un vaso de agua por un regalito que probablemente no valía ni una vil coca.

Ya que se le pasó el susto, se puso hecho un obelisco y hasta se me avalanchó, no sé si porque pensó que me iba a pescar tapando moscas. Pero yo me puse firme y le dije que tampoco exagerara, que no había por qué rascarse las vestiduras por el empeñoncito.

Sé que es un cuate de armas tronar, porque mucho tiempo anduvo en el trasriego de la droga, pero yo estaba dispuesto a dar mi abrazo a torcer, y si él pretendía involucrarme en ese asunto, primero tendría que pasar bajo mi cadáver.

Finalmente fueron más las nueces que el ruido, y cuando la marea volvió a su cauce, estando más tranquilos, me platicó que se sentía muy estrechado y por eso acababa de tomarse su año sabatino, pero que en esos momentos seguía muy impresionado con el caso de un amigo suyo que tras un accidente había quedado en estado vegetariano porque se le murieron muchos cromosomas.

Luego se puso a disgregar y me salió con que había visto una película de un cuate que estuvo a punto de sufrir una muerte súbdita y quedó mal de la columna vertical porque le dieron un balazo en los Dardanelos - ¡Imagínate lo que ha de doler! –, tras haberlo encontrado besando a una muchacha bajo la cornisa – por lo visto tal película era un tanto pornográfica –; según mi amigo por eso había batallado en consolar el sueño, porque después se había quedado pensando en un primo al que acababan de detectarle el virus VHS.

Yo, con todo y el riesgo de que el tiro me saliera por la cubeta, me atreví a decirle que iba a darle un tic, una pequeña subgerencia: que se tomara las cosas con más calma tras la tempestad, como yo siempre lo hacía muy seguido; y que además no olvidará que al camarón que se duerme se lo llevan por corriente. Le pedí que no volviera a tener conmigo esa falta de desconfianza, porque para nada creo en la famosa Ley de la Tracción, pero lo que sí siento es que mientras son flautas o son manzanas, a mí muchas veces me toca pegar los platos rotos, y en esta ocasión no estaba dispuesto a dejar de hacerlo.

Después me platicó que estaba saliendo con una chava. Y me quedé mudo y sin habla, extático cuando me dijo el nombre de ella, porque es alguien con quien hace varios años atrás yo había tenido un episodio un tanto erótico – yo diría que casi, casi orgánico.

Sé que son gases del oficio, pero el ambiente se puso tan denso que se podía cortar como cuchara entrando en mantequilla, y por eso como pude le fui cambiando el tema, dándole a la conversación un giro de 360 grados, y aunque el pobre no tiene ni jota de idea de quiénes fueron Sócrates, Aristóteles y Platini, yo me puse a su nivel y nos quedamos un rato filosofeando.

Y ya me voy, porque se me hizo tarde y en realidad vine de prisa y corre. Sólo pasé por aquí porque mi oficina me queda muy cerca, en la siguiente calle, que corre occipital a ésta. Disculpen que ni siquiera le haya dado un trago al café, pero es que estaba ardiendo y no pensaba yo escalarme las pupilas gustativas.

Perdónenme por haberles contado todo con lujuria de detalles, pero menos mal que lo hice ahora que no vino tanta gente y hay poco fórum. Por favor les pido que quede aquí entre voz todo lo que les dije; si así lo hice es porque ya saben que con ustedes me siento como en su casa, y porque además yo no tengo pulgas en la lengua, o será porque esto de decir siempre lo que pienso ya lo traigo en los génesis. Porque ya se sabe que de tal palo tal palillo, y que hijo de tigre, tigrito”.

Y así se despidió y así nos dejó… con el habla en un hilo.  


Fuente:
Revista Algarabía No. 88 Enero 2012, p. 59 – 63.







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