Yanalté. Leyenda del Libro Sagrado

El poeta Mediz Bolio reveló esta leyenda maya fundamental, sin duda la más bella y honda de todas las leyendas indias, y también la más literaria, habiéndola desentrañado de los códices y de los rumores tradicionales del Mayab.

Se trata de una concepción amplísima en que intervienen los seres humanos – divinos que plasmaron la raza maya, con intervención de la diosa de la fauna y de todos los animalitos de Dios, en presencia de agentes simbólicos y con el concurso de todos los elementos de la Creación.

El teatro de los acontecimientos es un bosque primitivo y amplio, al fondo del cual existe un palacio de tipo maya que ha de albergar al primer ser que brote de la naturaleza combinada con la divinidad.

Concurren al acto trascendental las Voces de los dioses; los cuatro Gigantes que, según la creencia maya, sostenían la bóveda del cielo, y que se llamaban Bacabe; los cuatro puntos cardinales: Poniente, Sur, Oriente y Norte; la diosa de los animales, que se llamaba Sazilakab, con todos sus súbditos, que en maya llevan estos nombres: balam (jaguar), kambul (faisán), xkilib (perico), tunculuchhú (tecolote), cot (águila), moo (guacamaya), etc. Los papeles principales están asignados al quetzal y al cenzontle, por su belleza representativa y la potencia de su canto, respectivamente, que los hace descollar entre todos los pájaros de la asamblea.

El cenzontle, el clarín, el tecolote, el mono, el venado, el faisán, el águila, la rana, el armadillo, el murciélago, están por un lado.

Por el otro: perico, guacamaya, mono, cuervo, gato montés, guajolote, jaguar, coyota y dos pumas o leones de la región.

En principio era la noche, el caos selvático, a juzgar por la reunión faunesca que precedió a la aparición del ser humano en la selva, que puede interpretarse como el germen inicial.

En esta reunión, que es nocturna, se hace oír las voces de los dioses, que dice lúgubremente:

“Este Bacab es malo y amarillo y gobierna al viento afilado del Poniente, que trae la noche y la enfermedad. Su signo es el tecolote”…

Estando los pájaros sobrecogidos en el sombrío bosque con el lejano palacio aparece un príncipe maya armado de arco y flechas, en actitud de cazar.

El quetzal, con dulce voz, le dice:

¿Por qué quieres herirme, hermano hombre?

El príncipe semidesnudo y bello se desconcierta; cree estar soñando…; invoca a Itzá y suelta el arco cazador y las flechas. Bajan entonces los animales de los árboles y empiezan a acercársele el mono, maax; el cuervo, chom; el venado, ceh… y el clarín y el cenzontle entonan sus cantares agudos y ágiles.

En seguida, ante la estupefacción del príncipe cazador, el cenzontle, como el pájaro que mejor canta, dice en nombre de la naturaleza una especie de discurso apologético y revelador que, por su belleza, vale la pena de ser reproducido íntegramente.

Habla cantando el cenzontle:

“Era la luna nueva. Reunidos como ahora, inquietos porque era la noche de la gran profecía. Lo desconocido debía cumplirse. Silenciosos, meditabundos, esperábamos la llegada de los libros sagrados. El sol nos abrasaba con delirio, sofocando nuestras vidas y, desesperados de su amor, corríamos a refugiarnos debajo de estos hermanos nuestros que ahora te cobijan; cada árbol, cada rama, cada hoja es para nosotros un canto de amor, (Chiflan los pájaros).  Aquí, en esta maravillosa tierra, sentimos la llegada triunfal de la brisa. El sol se fue yendo con grandes abrazos dorados y rojizos y se hundió en el techo majestuoso de los montes. (El joven príncipe escucha; los pájaros chiflan; el cenzontle prosigue): ¡Oh luna, luna nuestra que a tu llegada nos diste la frescura de la vida! El sol ya no mordió a la luna porque ella venía roja y después blanca como el maíz de campo de nosotros… Después de ser blanca, proyectó formas raras que nos hacían estremecer dulcemente. Cuando el jugo del cielo nos acarició soñamos y sentimos la presencia de una cosa rara. ¿Los libros sagrados serían? No. Una claridad única, más blanca que la flor blanca, nos deslumbró. Aquella luz divina iba creciendo poco a poco en claridad y extensión… hasta que el bosque se convirtió en un mar fosforescente… Casi cegados de luz y terror huíamos, pero una fuerza extraña y misteriosa nos detuvo. Itzá, el rocío de la noche, serenó nuestra mente. Nos acercamos a la luz misteriosa… Al llegar más cerca de los rayos luminosos. Veíamos con claridad (Cantan). Ahí, con una tela tejida con estrellas y rayos de luna, estaba algo que tenía vida, que se movía y a cada movimiento los rayos se hacían más intensos… Al fin el faisán delicadamente cogió la tela, que en sus dedos perdía la forma y se volvía vapor, y descubrió un ser como tú; era una niña. (El príncipe se interesa; los pájaros chiflan). ¡Oh, qué sorpresa divina!, prosigue el cenzontle, ¡Qué maravilla de estrella! ¿Qué era aquello que estaba con nosotros, pobres seres sin luz? Qué haríamos, como la tocaríamos, tan delicada, tan llena de aromas que a nuestro contacto podría desaparecer. Ella nos miraba tan hondo, tan hondo… Le hicimos una cuna con nuestras propias plumas; la coyota le dio sus ubres apretadas de leche. ¿Hija del Sol, o de la Luna? Pregunta que aún no podemos descifrar. Todos trabajamos para construir ese templo; la niña es nuestra Diosa… Hace doscientas lunas de eso… Ahora es el día en que florecen las flores blancas, y tú aquí, joven, ¿Qué dirá ella cuando te vea?

El joven príncipe cazador, que se llama Nazul, va hacia el palacio de la niña que le revelan los pájaros, encontrándola ya núbil y extremadamente seductora. Rendidamente enamorado se postra ante ella y logra hacerse oír y hacerla pasear por el bosque, con beneplácito de la fauna que los contempla.

Los diálogos de amor son sublimes. Cuando él se extraña del poderoso hechizo de la diosa, ella le dice:

“Porque he nacido de la luna, y toda yo irradio Deseo”.

Príncipe y maga se esfuman acariciándose en la última escena del bello cuento. Se sobreentiende que aman y procrean…

Síntesis: La raza maya nació del Sol y de la Luna.

Fuente: 
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 23 – 25.

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