Champions League 1993 - 1994. Lo mató la soberbia

Con Arrigo Sacchi al mando y la tripleta holandesa Rijkaard – Gullit – Van Basten, el Milán vivió una época gloriosa marcada por un bicampeonato europeo entre el final de los años 80 y el inicio de los 90.


No obstante, aun la era más brillante tiene su fin; el de Sacchi son los Rossoneri fue por varias causas. Para empezar, cedieron la liga al modesto Bari en 1991, en medio de rumores que señalaban una ruptura entre el técnico y su estrella, Van Basten. Encima, Arrigo quería dirigir a Italia y al final eso sucedió.

Su relevo fue el joven Fabio Capello, quien en su primer año ganó el Scudetto de forma invicta, algo nunca antes visto.

El mérito de Fabio fue crear un nuevo equipos rescatando lo mejor de la era de Sacchi, como la poderosa defensa Tassotti – Costacurta – Baresi – Maldini, e integrando a los talentosos balcánicos Zvonimir Boban y Dejan Savicevic.

Con un trabuco así, Milán llegó a la final de la recién nacida Champions League, donde cayó ante el Olympique de Marsella. Sin embargo, ganó la liga y, como campeón italiano, regresaría al año siguiente a buscar la supremacía continental.

Para esa temporada, la 1993 – 1994, la etapa holandesa terminó. Rijkaard se marchó al Ajax y Gullit a la Sampdoria. La nota más triste fue la de Van Basten, quien en la final contra Marsella sufrió una dura entrada que terminó retirándolo del futbol.

Para que el Milán no perdiera tono, su dueño, Silvio Berlusconi, los eforzó con Marcel Desailly, a quien habían echado el ojo cuando enfrentaron al OM.

Según Capello, un equipo necesita “un medio con mucha personalidad que sepa leer el juego y dónde posicionarse”; para Milán, ese fue Desailly.

Él, más la defensa y el nuevo goleador Massaro fueron clave para que el Milán ligara su tercer Scudetto.

Encima, en la Champions, Il Diavolo fue líder del grupo B, sobre el Anderlecht, Werder Bremen y Porto; y sin perder, pasó a semifinales.

Esa era una innovación en el formato del torneo. De cada uno de los grupos, calificaron los dos primeros lugares, pero ya no directo a la final, sino que debieron disputar semifinales a un juego.

Los Rossoneri irían contra el Mónaco, segundo del Grupo A, y el duelo se jugaría en San Siro. Un día antes del choque, Don Fabio dejó claro: “Hay que ganar y basta”. Mientras Sacchi creía que ganar no valía igual sin un futbol agradable, el General era más práctico: “Lo más importante son los resultados. Eso no es filosofía, es un hecho”.

El entrenador inculcó esa mentalidad a sus hombres, quienes salieron decididos a terminar con el Mónaco. Aunque Milán sufrió la expulsión de Costacurta antes del medio tiempo, el equipo estaba, según las propias palabras del General, “vacunado contra la presión”, y venció 3 – 0.

Hubo bajas sensibles. Además de Costacurta, Baresi también se perdería la final por haber acumulado amonestaciones; Il Diavolo tendría que jugar sin sus centrales titulares. El golpe era duro. Más porque los esperaba el Barcelona de Johan Cruyff.

Un rival de ensueño.
Mientras tanto, en España dominaba el Barca. Cruyff había formado un cuadro fantástico, con hombres como el experimentado arquero Zubizarreta, Ronald Koeman, tan bueno para defender como para disparar de media distancia, Pep Guardiola, el cerebro del equipo, y un impresionante ataque integrado por Hristo Stoichkov y Romario.

Aquel cuadro desplegaba un futbol ofensivo y preciosista que ganaba títulos; para 1994 sumaba cuatro ligas en fila y había conquistado su primera Copa de Europa en 1992.

En la Champions de 1994 el Dream Team lideró su grupo de forma invicta y así calificó a la semifinal, contra el Porto, al cual sometió y eliminó con un 3 – 0. Tras el juego, Cruyff destacó el rato que su equipo daba al balón: “Cuando lo movemos así el rival no lo toca”. Y aseguró que lo hecho por el Barca era “para sentirse orgulloso”.

El problema fue que pasó del orgullo a la soberbia. Sabiendo ya quién sería su rival en la final, se atrevió a decir: “Si jugamos como hoy, el Milán tiene pocas posibilidades”.

Un Diavolo de pesadilla.
Los invitados a la gran final europea se medirían en Atenas, en un duelo que Cruyff definía como un choque de opuestos; según él, la vocación ofensiva de su equipo y la defensiva del rival se ejemplificaban con el fichaje estelar de cada uno: el atacante brasileño Romario de los Culés, contra el centrocampista defensivo Desailly. “Eso dice mucho”, sentenció.

Incluso desestimó las suspensiones de Baresi y Costacurta argumentando: “Sus bajas son salvables, lo suyo no es crear, y defender es más fácil”.

Capello por su parte, lamentaba su suerte: “Si tuviera al equipo completo, jugaríamos sin complejos… Crucemos los dedos a ver cómo llegamos”.

Y despuntó el gran día. El estadio Spiros Louis recibió el 18 de Mayo a los contendientes. La confianza de Cruyff llegó a tal grado que se fotografió cargando la Orejona antes del juego, violando así una regla no escrita: antes del partido, la copa se mira, pero no se toca.

Cuando el duelo arrancó, todas las declaraciones previas se volvieron inútiles.

Para suplir a sus suspendidos, Capello inventó una nueva defensa: movió a Maldini a la central, como compañero de Galli, y dejó por los costados a Tassotti y al joven Panucci.

Además, para sorpresa de Cruyff, no salió a defenderse. Los hombres del Diavolo presionaron; cortaron los circuitos de Guardiola y Bakero impidiendo que el balón llegara a los atacantes. Si el técnico blaugrana aseguraba que cuando el Barca movía la bola el rival no la tocaba, ese día su equipo casi ni olió el cuero.

Costacurta, quien vio el juego desde la grada, recordaría años más tarde, cuál fue parte de la motivación rossonera: “Las palabras de Cruyff golpearon a nuestro equipo… si no la hubiera dicho, las cosas quizás habrían sido diferentes”.

Antes de media hora, el Milán abrió el marcador. Savicevic llegó al área por derecha, le bombeó el balón a Zubizarreta y Massaro cerró la pinza.Él mismo hizo el segundo tanto poco antes del descanso.

Barcelona estaba en el shock y, apenas iniciado el segundo tiempo, llegó un golpe mortal. Nadal quiso controlar un balón en la izquierda, pero Savicevic se lo robó y, cuando todos esperaban que entrara al área, lanzó un globo que tomó al portero mal colocado. Ya retirado, Zubizarreta comentó: “Cuando cayó el tercero, supimos que se había acabado”.

En realidad, faltaba algo. Al minuto 58, Desailly, a quien Cruyff había utilizado como cliché del juego defensivo del Milán, robó un balón en el centro del campo, tiró una pared con Donadoni y entro al área para poner el cuarto gol.

Mientras Cruyff observaba incrédulo, Capello arengaba a sus hombres a terminar la celebración y concentrarse hasta que el partido terminara. “Somos favoritos”, había dicho Johan antes del encuentro. Cierto, lo eran. Su Dream Team parecía imposible de vencer, pero el cuadro de Don Fabio decidió en el campo.

Cuando el árbitro pitó el final, los italianos festejaron y los catalanes se retiraron abatidos. “No es que jugáramos mal… es que no jugamos nada”, admitió Cruyff ante esa derrota que marcó el fin del Equipo de Ensueño. Por su parte, el General Capello resumió sonriente lo realizado por sus hombres: “Esto es perfección”.


Fuente:
Publicado por Eduardo Venegas en Futbol Total. Historia de la UEFA Champions League. 1992 - 2013, Editorial Grupo Medios, p. 12 - 15.








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