La Leyenda del Tepozteco

Cerca de Cuernavaca, Morelos, se encuentra el pueblo de Tepoztlán, de extrañas características históricas y de raro am­biente. Lo ampara un cerro abrupto y alto cortado a tajo, de una extraña conformación geológica, imponente por su altura y el aspecto de sus peñas, simulando torres de castillos ruino­sos, estalagmitas enormes, columnas fantásticas, y sobre los vértices tejen las nubes sus algodones tejidos y transparentes que vienen y van.

La fantasía de aquel paisaje creó una leyenda indígena antigua que mucho se parece, por lo fabulosa, a las leyendas de los dioses helénicos. Es el cuento indio en donde interviene la maravilla y actúan la magia y la taumaturgia, y está extraor­dinariamente urdido, como se verá.

En la antigüedad existían los adoratorios en la cima de los montes y de éstos aún se conservan restos arqueológicos, como en la vecina Xochicalco, donde hace unos mil años una doncella nativa se encargaba de atender un teocalli consagrado a uno de los dioses de los nahuatlacos. Era una doncella india distinguida y pura, ya que sólo eran admitidas allí las mujeres de cierta alcurnia, habiendo estado en el sitio la misma hija de Moctezuma, en una festividad.                                   

A aquella virgen, que se dedicaba a limpiar los altares y asear el templo, estando un día activa en sus menesteres, se le rompió un collar y de éste se le desprendió una cuenta que de inmediato recogió, metiéndosela a la boca momentáneamente, mientras terminaba sus labores y reparaba el collar. Pero por descuido se tragó la cuenta y por obra de gracia y de predesti­nación, como consecuencia, al poco tiempo se sintió encinta.

Preocupada por su honor de tal manera comprometido, y no queriendo ser víctima de la maledicencia, ya que era una mu­chacha incorruptible, se puso a pensar cómo haría para librarse de la vergüenza que la esperaba, y no atreviéndose a matar al hijo cuando nació, lo depositó en un hormiguero cercano; pero las hormigas, lejos de devorar al recién nacido, lo atendían y alimentaban solícitas, esto sorprendió a la madre cuando fue a ver al hijo afrentoso al siguiente día de haberlo depositado allí. Lo tomó en brazos y lo llevó a su casa, metiéndolo en una caja de madera y llevándolo a una barranca, esperando que al llover aquella noche, lo arrastrara la corriente. Mas no llovió, y la caja amaneció seca a la orilla del arroyo, la cual fue recogida por un matrimonio indio que subía a buscar leña y que oyó en el fondo de un barranco el llanto del pequeño, alegrándose de aquel hallazgo, ya que la pareja deseaba tener un hijo y los dioses se los había negado.

Cargaron con el niño y lo llevaron a su casucha, divirtiéndose en verlo crecer. Cuando empezó a hablar, el hijo adoptivo no quiso llamar padres a sus protectores, sino que, inexplicable­mente, les decía abuelos en la lengua nativa, esto es, coltzin al varón y cohtzin a la mujer. Le preguntaron por qué los nom­braba así y no les llamaba padres; el prodigioso chiquillo les contestó, como si adivinase, que ellos no eran sus padres; que ellos lo habían recogido en una barranca donde su madre lo abandonó y que, por lo mismo, les daba el título de abuelos, en son de gratitud.

No dejaban de sorprenderse los adoptivos padres, y obser­vaban cuidadosamente al niño inquieto, cuando se reveló el segundo prodigio de su vida, en que ya se presentaba, de hecho, lo maravilloso:

En el entonces reino de Xochicalco, cerca de lo que hoy es Cuernavaca (que antaño se llamaba Cuauhnáhuac), había un monarca iracundo que era antropófago y exigía cada año un anciano a cada pueblo de los alrededores, para comérselo. Ha­biendo tocado al abuelo del niño del cuento el turno de aquel sacrificio, cuando era precisamente la autoridad de Tepoztlán, el bravo chico se enojó y pidió al abuelo que no se preocupara, que él iría en su lugar a ver al rey, a ver si a él se lo comía... Y dicho y hecho: al siguiente día partió a conocer al rey antro­pófago de Xochicalco, pidiéndole al abuelo al despedirse que se fijara bien desde el cerro, al declinar el sol, si aparecía en el cielo una nube negra o blanca. Si era negra, indicaría que el rey lo había devorado; pero si la nube era blanca, significaría que había ganado la partida al terrible monarca, salvándose de su voracidad.

Efectivamente, lo que por la tarde observaron los abuelos fue una nube blanca, enorme y consoladora. 

El prodigioso muchacho había realizado todos estos actos increíbles. Presente ante el rey lo invitó a que lo devorara. Pero el poderoso señor se enojó ante tal audacia, diciendo que era poca cosa para él, y que necesitaba más carne, más hombre para saciar su apetito. Y tanto le irritó el desplante del chi­quillo, que mandó lo echaran vivo a una enorme olla para que lo cocieran. Pocos minutos más tarde apareció el niño mágico sentado en la tapa del gran perol, vivo y sonriente. Llenos de enojo por la burla, el rey y sus secuaces lo mataron varias veces, lo destrozaron, y viendo que se transformaba en diferen­tes animales: serpiente, tigre, etcétera, comprobaron que era imposible acabar con él. En un arrebato de ira, el rey lo tomó por debajo de los brazos y se lo comió desnudo en unas cuantas tarascadas. Pero el muchacho, una vez dentro del vientre del tirano, le causó tremendos dolores, y sacando una punta de obsidiana que llevaba oculta en la mano cerrada, le rasgó las tripas y la piel al déspota y salió riéndose al aire libre, sin que nada le sucediera, mientras que el rey moría de las heridas y sus cómplices y favoritos echaban a correr espantados.

La proeza del niño de Tepoztlán fue conocida por los indí­genas de las comarcas más cercanas, que empezaron a tenerlo por taumaturgo maravilloso y terrible, mientras él, victorioso, volvía al lado de sus abuelos.

Cuando llegó a su casa vio que en ella faltaba qué comer, pidió al abuelo un mitl, que en náhoa significa arco y flechas, y apuntando a los terrenos más cercanos, disparó y empezaron a caer venados, liebres y volátiles, con cuya caza ya hubo abundancia de provisiones en el hogar.

Los abuelos quedaron atónitos del poder mágico del niño cazador.

También cuenta la leyenda que, con sólo verter el agua de su calabazo, el jovenzuelo Tepozteco abrió la barranca de Guadalupe en Cuernavaca, cortando de esta manera el paso a sus enemigos que lo perseguían, entre éstos iban los gigantes de Oaxtepec.

Las otras dos barrancas profundas que rodean a Cuernavaca también fueron abiertas, según la tradición, por el Tepozteco, con sólo haber orinado en otra ocasión en que le perseguían, escondiéndose en una de ellas, de donde le hicieron salir los peñascos que le arrojaban, huyó hacia los cerros, e hizo desen­cadenar una tormenta que barrió a sus enemigos. Eso sucedió al salir del palacio de los caciques de Cuauhnáhuac robándose un teponaztli que había en la puerta, después de haber insultado a los asistentes de un banquete. Ocurrió que él se presentó en ese banquete disfrazado de mendigo, por lo que no fue aceptado; entonces se fue a cambiar de indumentaria y se le recibió como caballero, hecho que criticó a los comensales, diciéndoles que rendían tributo a la vestimenta y no a la persona. Invitado a comer, se echó en la ropa el octli o pulque que él había perfec­cionado y se untó la comida, que no comió. Esto molestó a los comensales, que pretendieron apalearlo. De aquí la persecución del joven invulnerable y poderoso y la tempestad que extermi­nó a sus enemigos. Bastó que el Tepozteco soplara con su boca para que la tormenta se desencadenara. Así eran de mágicos sus medios misteriosos.

El más formidable de los milagros que la tradición morelense atribuye al fabuloso Tepozteco, es éste: El alto y áspero cerro que lleva su nombre en Tepoztlán, fue trasladado por él desde el que hoy se llama estado de Guerrero, porque una ocasión que fue allá, se negaron a darle albergue en el cerro del poblado, mandándolo a otro desierto. Durante la noche, el taumaturgo amarró con una cuerda el preciado cerro en donde le habían negado hospitalidad y cargó con él a cuestas, dejándolo a donde se encuentra hoy. Para despistar a los que pudieran seguir sus rastros, invirtió sus pies, dejando al revés las huellas de sus pisadas.

En ese cerro tan particular por él traído de tan lejos, se desarrollaron las demás acciones sobrenaturales de su vida asombrosa, que le dieron fama imperecedera. Y allí quedan las ruinas de su casa, los restos de los templos en donde se le divinizó y aquellas peñas evocadoras y las imponentes columnas producto de la erosión, a una de las cuales, por delgada, se la llama el bastón del Tepozteco.

El culto antiguo al Tepoztécatl, hijo de hembra que no conoció varón, fue positivo, y los códices registran su figura simbólica.

Los vecinos de Tlalmanalco, Yautepec, Cuernavaca y la misma Tepoztlán, gustan de relatar las inolvidables leyendas del célebre personaje, que oídas al pie del cerro coronado de bruma, causan en el ánimo del viajero una impresión extraña y evocadora.

Fuente:
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 45 – 48.

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