El monje de la Merced

En el año de 1613 fue inaugurado el primer templo dentro de la amurallada Villa Rica de la Vera-Cruz, con el nombre de Nuestra Señora de las Mercedes, y en el año de 1683 se utilizó como cárcel por los piratas capitaneados por Lorenzo Graham (a) "Lorencillo", manteniendo bajo amenaza de muerte a los habitantes de la ciudad, en calidad de rehenes.

La iglesia estaba compuesta de tres naves: en la principal descansaba la torre, cuyas puertas abrían hacia el frente de las calles de La Merced, y como era costumbre en esos tiempos, tenía subterráneos que estaban comunicados con los edificios del gobierno y otros de índole monástica.

El templo de Nuestra Señora de las Mercedes fue cerrado al culto muchos años después, y las imágenes que allí se venera­ban, entre ellas la de la Virgen de las Mercedes y del Jesús de las Tres Caídas, fueron colocadas en la nueva Parroquia de la Asunción, en donde unos frailes se refugiaron y la convirtieron en convento.

Cuando se proclamaron las leyes de Reforma, el convento fue rematado y vendido a los señores Rafael Zayas Enríquez y al coronel don Manuel Gutiérrez Zamora.

En 1880 el convento fue comprado por distinguido médico cubano Manuel Cabrera. Tiempo después se presentó un extraño individuo que insistía en hablar con el dueño de la casa. Tanta fue su insistencia que el médico lo escuchó y el extra­ño individuo le platicó el motivo de su visita: solicitarle permiso para buscar un tesoro que se encontraba en el convento, que consistía en joyas y dinero.

Se supone que este tesoro había sido ocultado por los frailes, que temían les fuera robado por los constantes saqueos que existían en los tiempos en que ellos ahí vivían.

Aquel personaje buscaba el tesoro escondido por fray Be­nigno Cabeza de Vaca, quien al morir reveló el lugar donde él ocultó dicho tesoro. Cuando el doctor Cabrera le autorizó hacer la búsqueda, fácilmente halló el lugar señalado. Al estar frente al altar mayor de Nuestra Señora de las Mercedes, exclamó: "¡Aquí es!" Pero al señalar el lugar no había nada, sólo observó que la pared estaba ennegrecida y sucia.

Insistía en que se excavara en ese sitio, porque tenía la seguridad de que ahí se encontraba una losa en donde se ha­llaban los cálices, coronas y todo lo del templo.

La fe y la seguridad que aquel desconocido ponía en sus palabras, convencieron a sus acompañantes, y empezaron a tra­bajar en el lugar indicado. Al primer golpe que dieron, la pared cedió, pero éste fue tan fuerte que también rompió otra losa que estaba bajo la primera, la cual, al partirse en dos pedazos, se precipitó hacia una oquedad profunda y vacía. Los presentes se sorprendieron tanto que no reaccionaron de inmediato, pero ya repuestos de la sorpresa empezaron a explorar aquella abertura, sin embargo el tesoro ya no estaba, pues seguramente ya lo habían extraído otros que conocían en donde se encontraba.

La ciudad fue la única que obtuvo un tesoro de ese lugar: una placa labrada en un español antiquísimo, que tenía la siguiente inscripción: "La primera piedra de esta capilla fue colocada por el señor Gerardo Gómez, gran señor de armas y de la flota de España el... de 1628".

La fecha había quedado incompleta porque allí fue donde la barreta rompió la losa. Esa fecha ha generado dudas acerca de la construcción del templo, pero algunos creen que se trata de la fecha cuando fue construido el altar mayor.

El convento fue abandonado por muchos años, sirviendo como bodega y refugio de murciélagos y palomas; sus paredes se deterioraron tanto que parecía que se caían. A principios del siglo pasado la casa comercial Zaldo Hermanos adquirió aquella propiedad, y levantó un edificio de cuatro pisos, enorme construcción para aquellos tiempos.

Poco tiempo después de la búsqueda del tesoro de La Mer­ced, una de las hijas del doctor Cabrera, Meche, se encontraba en su recámara cuando de pronto se vio iluminada por una luz muy tenue, dudosa, de un gran cirio pascual, y junto a él estaba un fraile que le sonreía amablemente, inspirándole confianza. Después, el fraile se volvió hacia una imagen de Nuestra Se­ñora de las Mercedes que estaba colgada en la pared, juntando sus manos a la altura del pecho, como si se dispusiera a oficiar misa.

Esa recámara había sido el oratorio de los frailes que se habían apropiado de la capilla de La Merced para convertirla en convento. Era fray Benigno Cabeza de Vaca, como dijo llamarse, ese monje que desde entonces constantemente empezó a visitar el hogar de los Cabrera, tanto, que todos los miembros de la familia lo trataban como si viviera y fuera uno de ellos. Estaban encariñados con él al verlo frecuentemente, siempre se tropezaban con su figura y le decían: "Hazte a un lado, que tengo prisa." Y sucedía que algunas veces, aquel querido amigo de la familia, pues así lo consideraban, cómodamente se sentaba en el sillón que había en la sala de la casa, y pasaba largo tiempo entretenido en suave balanceo. Algunas ocasiones se iba a sen­tar a orillas de la cama de Meche, a quien le tenía más cariño. Cuando Meche ganaba algún dinero decía: "Para mi amigo el fraile". Y en seguida le mandaba celebrar una misa.

Una ocasión la familia Cabrera lo extrañó porque se había ausentado; extrañaban sus amables y diarias visitas. Meche se había ido a Cuba a donar al Museo de La Habana los cubiertos y platos que José Martí había utilizado durante su estancia en casa de sus padres. Pensaron que la ausencia del fraile se debía a que Meche no estaba en casa. Cuando regresó, surgió de nuevo la figura del monje, y como siempre, a su derecha se encontraba el gran cirio pascual que no se apartaba de su lado.

Después, la familia se sorprendió por una nueva visitante: una angelical criatura que lucía un vestido de gasa con mangas tan largas que le cubrían las muñecas, y llevaba amarrado un moño bajo el mentón. En su rostro se notaba algo misterioso, pero su semblante era encantador y alegre. Era un querubín de ocho años aproximadamente, que de pronto apareció dentro de la casa, y que era feliz danzando como juguetón torbellino. Todos llegaron a quererla y jugaban con ella. Entraba y salía, abriendo y cerrando puertas a su paso y se asomaba al balcón.

Y cuando no era la chiquilla, era fray Benigno Cabeza de Vaca quien visitaba la casa; pero no le agradaban las visitas nocturnas, ya que la puerta de la casa debía cerrarse y no dar paso a nadie que no fuera de la familia, pues si alguien extraño llegaba se aparecía demostrando su enojo.

Pero llegó el día en que el fraile no se apareció más, ya no se veía el gran cirio pascual que lo acompañaba en sus apariciones, ya no se veía su figura en el sillón o sentada en la cama. La familia Cabrera lo extrañaba muchísimo, seis años "vivió" con ellos, pero las dos figuras de frailes que de vez en cuando se aparecían con él, al no venir más fray Benigno, hacían de las suyas. La familia empezó a ser visitada por aquellas siniestras figuras. Una noche, Meche recibió un fuerte empujón cayendo de la cama en que dormía sufriendo la fractura de un brazo, por este incidente bajó su colchón al piso y los dos fantasmas la molestaban tratando de arrojarla fuera del colchón: estaban molestos porque ella no les temía.

Estos sucesos molestos en extremo, decidieron que la familia Cabrera se entrevistara con el jefe de la grey católica veracruzana, guiada por el obispo Rafael Guízar y Valencia, a quien le platicaron lo sucedido. Su Ilustrísima hizo el viaje hospedán­dose en la legendaria casa, pero apenas entró a la recámara de Meche, se escuchó un estrepitoso ruido, como si algo de cristal hubiera caído al suelo haciéndose mil pedazos. Su señoría, con la serenidad que lo caracterizaba, se santiguó y adelantando el crucifijo que colgaba sobre su pecho, extendió su mano derecha haciendo la señal de la cruz, bendiciendo la pieza.

La leyenda de la iglesia de Nuestra Señora de las Mercedes es una tradición comprobada, ya que varias personas fidedignas dan testimonio de esto. En la actualidad la niña y fray Benigno Cabeza de Vaca se siguen apareciendo por los lugares que ocupó el convento de La Merced, pues para sus almas muy apegadas a la tierra, ahí es su casa. Y si una noche oscura usted cami­na por ese sitio, prepare su espíritu a penetrar en el mundo de misterio y de aventura que acompaña a la aparición de El monje de La Merced.

Fuente:
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 81 – 84.

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