Pros y contras del matrimonio, según Darwin

“¡Es el día de los días!”, escribió Charles Darwin a los 29 años en su diario el 11 de Noviembre de 1838, después de que su prima, Emma Wedgwood, aceptó su propuesta de matrimonio. Pero el legendario naturalista no siempre estuvo así de entusiasmado en la unión matrimonial. Apenas unos meses antes había garabateado al reverso de una carta de un amigo, una muy analizada listas de pros (“constante compañía”, “los encantos de la música y pláticas femeninas”) y contras (“medios limitados”, “sin libros”, “terrible pérdida de tiempo”) del matrimonio, y el potencial impacto que tendrían en su trabajo.

La lista, encontrada en la correspondencia de Charles Darwin, Volumen 2: 1837 – 1843 y también disponible en línea en el Darwin Correspondence Project, con fecha del 7 de Abril de 1835, revela la ancestral, y podría decirse que artificial, tensión cultural entre familia y carrera, amor y trabajo, corazón y mente.

Darwin inicia sus cavilaciones con el siguiente apunte, con el que no pretendía crear un texto en sí, sino esbozar algunas de sus ideas con respecto al matrimonio:

Si no me caso, puedo viajar. ¿Europa, tal vez? ¿América?

Si viajo debe ser exclusivamente a los Estados Unidos, geológicos, México depende de la salud, el vigor y en qué tanto me vuelva zoólogo.

Si no viajo:

A) Trabajar en la transmisión de especies. Analizar por microscopios las formas más simples de vida: geología. ¿Las formaciones más viejas? Algunos experimentos. Observación física de animales inferiores.

B) Vivir en Londres, si no en dónde, en una pequeña casa cerca de Regents Park. Recoger las muestras en alguna línea de la zoología. Especulaciones de geografía. Rango y trabajos geológicos generales. Sistematizar. Estudiar afinidades.

Si me caso, se limitan los medios, sentiría la obligación de trabajar por dinero. Vida londinense, nada más que sociedad, nada de campo, nada de viajes, nada de zoología mayor. Coleccionar. Sin libros. Ser catedrático en Cambridge, ya sea en geología o zoología. No podría sistematizar zoológicamente tan bien. Pero mejor que hibernar en el campo y ¿dónde? Mejor incluso cerca de una casa de campo cerca de Londres. No podría vivir en una casa de campo y no hacer nada perezosamente. ¿Podría vivir en Londres como un prisionero? Si fuera moderadamente rico podría vivir en Londres, en una bella y enorme casa y hacer como en mi plan B, ¿Pero podría ser así pobre y con hijos? No. Qué mejor obstáculo para la pobreza y la ciencia que vivir en una casa de campo cerca de Londres. Entonces mejor Cambridge, pero me sentiría como pez fuera del agua, siendo profesor y pobre. Entonces catedrático de Cambridge y hacer lo mejor posible, cumplir mis tareas y trabajar en mi tiempo libre. Mi destino: catedrático de Cambridge u hombre pobre. En las afueras de Londres, un espacio pequeño y trabajar tan bien como pueda.

Tengo tanto placer para la observación directa que podría hacer como Lyell (Charles Lyell, geólogo y abogado británico, es considerado uno de los fundadores de la geología moderna), corregir y añadir nueva información a la vieja, y no puedo ver cómo un hombre puede seguir mientras está atado a Londres.

En el campo, observar y experimentar en animales inferiores. Más espacio.

Varias semanas después, en Julio de 1838, volvió a repasar el tema, agregando puntos a la vida en pareja:

Ésta es La Pregunta.

Casarse.

Hijos – si Dios quiere –. Compañía constante – y amistad en la vejez – que se sienta interesada en uno, tener un objeto con el cual jugar y amar – mejor que un perro de todos modos –. Hogar y alguien quien cuide de la casa. Los encantos de la música y las pláticas femeninas. Estas cosas son buenas para la salud – pero una terrible pérdida de tiempo.

Imagina vivir todo el día en solitario en una casa vieja y humeante en el viejo Londres. Sólo imagínate a una hermosa y suave esposa en un sofá, un buen fuego con libros y tal vez música. Compara esta visión con la percudida realidad de la calle de Great Marlborough.

No casarse.

Libertad para ir a donde uno quiera. Elegir la sociedad y poco de ella. Conversaciones con hombres inteligentes en clubes. No ser forzado a visitar parientes ni doblegarse en cada riña. Ansiedad y gastos de niños. Quizá peleas. Perder tiempo. No poder leer por las noches. Gordura y ociosidad, ansiedad y responsabilidad. Si se tienen muchos hijos ser forzado a ganarse la vida – aunque también es malo para la salud el exceso de trabajo.

Tal vez a mi esposa no le guste Londres; entonces la sentencia será el destierro y la degradación de volverse un tonto complaciente.

Darwin garabatea después esta conclusión:

Casarse – Mary – Casarse Q.E.D.

Y pasa a lo siguiente:

Ha sido probada la necesidad de casarse.

¿Cuándo? Tarde o temprano.

El gobernador dice antes, pues después es peor si ya se tienen hijos: la personalidad de uno es más flexible, los sentimientos de uno más vivos y si uno no se casa pronto se pierde de mucha felicidad pura.

Pero si entonces me caso mañana: habría una infinidad de trabajo y gastos para amueblar y comprar una casa; peleas por no estar en sociedad, llamadas por la mañana, torpezas, perder tiempo todos los días. Si la esposa fuera un ángel y se mantuviera trabajadora… Pero entonces cómo podría mantener un negocio si tuviera que estar obligado a caminar todos los días con mi esposa. ¡Ehu! Nunca aprendería francés, o vería todo el continente, o iría a América, o viajaría en globo o tomaría un solitario viaje a Gales. No importa, mi amigo, alégrate, uno no puede vivir esta vida solitaria, con atontada vejez, frío y sin amigos. La falta de hijos viéndole a la cara, que ya empieza a arrugarse. Eso no importa, confía en la suerte, mantén la mirada atenta: hay muchos esclavos felices.

Seis meses después, los dos estaban casados. Tuvieron diez hijos y permanecieron juntos 50 años hasta la muerte de Darwin en 1882: un hermoso antídoto al mito cultural de que el amor y el trabajo trascendental no pueden coexistir. Como dice sabiamente Maira Kalman sobre el matrimonio: “Al final, está bien, es amor y es trabajo. ¿Qué otra cosa podría existir?”.  

 

Fuente: 
Por María Popova en Revista Algarabía No. 125 Febrero 2015, p. 74 – 78.

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