Bautismo de Jesús

Juan lleva a cabo sus oraciones en voz alta mientras lo esperan pacientemente miles de personas reunidas en una ribera del río Jordán. No es difícil distinguir a fun­cionarios, soldados romanos, samaritanos, levitas, idumeos con sus rebaños (de la región de Idumea, en Palestina, al sur de Judea, cuyos habitantes nómadas creen firmemente que son descendientes de Esaú) y árabes quienes, al dete­ner sus caravanas, camellos y tiendas, dan otro color a la arena; todos ellos escuchan atentos, meditabundos y en si­lencio la "voz que retumba en el desierto", esa que les llega al alma y corazón y que les dice: Transfórmate, prepara los caminos del Señor, arregla y adorna los senderos. El hacha está próxima a la raíz de los árboles. No dejes que el canto de los fari­seos y saduceos te envuelva, ellos son razas de víboras.

En cuanto inicia la puesta del sol, las miles de personas se acercan a la ribera del río considerado desde siempre como sagrado y sin importar etnias, razas, clases sociales, profesiones, actividades ni nacionalidades, todos están mezclados; soldados, bandidos, mercenarios, nómadas y hasta los hombres más rudos se inclinan para recibir el agua de la vida que vierte lentamente Juan, para llenarlos de es­peranza con este renacer que les da el bautismo, todos reci­ben su iniciación hacia la buena nueva.

Jesús toma su lugar en la larga fila y mientras avanza lentamente, utiliza esos momentos para meditar sobre este renacimiento y de hecho, el inicio de su vida pública y abier­ta para predicar la palabra de su Padre, Dios. Al llegar ante Juan, éste siente una alegría y temor inmensos, sabe que no ha predicado en el desierto, que sus palabras sobre la llega­da del Hijo de Dios hecho Hombre están llenas de verdad, logra mirar a lo lejos el rostro de este enigmático y amoroso personaje que está a punto de llegar ante él, esperando hu­mildemente el bautizo por parte de Juan, mientras éste sen­tencia a los iniciados: Yo sólo bautizo con agua, pero él lo hará con fuego.

Jesús admira la escena fascinado, camina lentamente, quiere llegar lo más cerca posible de Juan aunque el bau­tista aparenta no reconocerlo, al estar frente a frente, Juan descubre además la formación esenia de Jesús, por su ro­paje de lino muy blanco, mismo que está mojado hasta la cintura, en tanto que el nazareno se inclina como signo de reverencia y respeto para recibir humildemente la rociadu­ra. Al vaciar Juan la jícara con agua sobre la cabeza, Jesús siente que se le refresca el cuerpo y, sobre todo, el alma, levanta la cabeza para ver a los ojos de Juan y este rudo hombre se estremece al sentir en lo más hondo de su ser, la dulzura, tranquilidad y comprensión del galileo y ante esta muestra de divinidad humana nunca vista, el bautista sólo pregunta: ¿Eres el Mesías?

La dulzura de la mirada no desaparece de los ojos de Jesús pero no responde, ya que el silencio es una ley de los esenios y Juan lo sabe, por lo que no insiste y únicamente ve como el nazareno cruza sus manos sobre el pecho y se inclina solicitando al mismo tiempo su bendición, lo curio­so es que ante la presencia de Jesús, las demás personas están asombradas, incluso los cinco hombres que están an­tes que él le ceden el paso para llegar antes a la presencia de Juan.

Esta parte de la ceremonia del bautizo de Jesús lleva más tiempo que el que dedica al resto de los mortales, pero eso a nadie le importa, todos están admirados por este en­cuentro, no saben por qué, pero no pierden detalle de nada. Después, el galileo marcha junto con sus primeros segui­dores y se pierde en el camino. Este acto solemne marca el inicio del amoroso pero doloroso camino del nazareno aun­que nadie más que él lo sabe en ese momento.

Juan ve marchar a tan extraño personaje y queda lleno de dudas, alegría y una profundar melancolía, en su interior siente y vibra que Jesús es un "ser lleno de luz que ilumina todo a su alrededor; de repente, una chispa salta en su mente y sin dudar, alza sus brazos al cielo y clama: "¡Es el Dios que he estado pregonando que vendrá al mundo!" y en su reflexión sabe que debe continuar con su labor de divulgar la verdad, que el Mesías ya está aquí, por lo que él debe empezar a desaparecer, la enseñanza es clara y precisa: "El Mesías debe crecer y yo desaparecer poco a poco. Yo ya estoy muy cansado y lo que más deseo es dormir el sueño eterno", lo mejor de todo es que Dios va a su encuentro, a recibir el bautismo como un rito de iniciación para su labor abierta, pública, reivindicatoria, de perdón, alegría, paz y desde luego, sacrificio.

Jesús es bautizado por Juan cuando Palestina está exal­tada con la esperanza que su mensaje clama: "El reino de Dios está terca", ya que el sentido judío de solidaridad ra­cial es muy profundo, ellos no sólo creen que los pecados de un padre pueden afectar a sus hijos, sino que las cul­pas de un individuo maldicen a la nación. Muchas almas piadosas son bautizadas por Juan para el bien de Israel; temen que un pecado de ignorancia retrase la llegada del Mesías.

También sienten que pertenecen a una nación culpable y maldita por el pecado, por lo que el bautismo les permite manifestar los frutos de una penitencia racial. Pero Jesús no recibe el bautismo como rito de arrepentimiento o para la remisión de los pecados sino que, al aceptar el agua ben­dita de manos de Juan, él sólo sigue el ejemplo de muchos israelitas piadosos y como primer acto público de obedien­cia a las leyes justas de los hombres y las más altas de Dios. Cuando el nazareno baja al Jordán, es para ser bautiza­do, es un mortal con un alto grado de ascensión evolutiva humana en todos los aspectos relacionados con la conquis­ta de la mente y la identificación del yo con el espíritu. Ese día, está de pie en la ribera del río como un humano per­feccionado de los mundos evolutivos del tiempo y del espacio.

Jesús conoce los secretos de todas las religiones gracias a las enseñanzas de los viejos sabios esenios, sabe que la humanidad está en una decadencia espiritual y espera que el salvador llegue hasta ella para redimirla, por eso, la pre­gunta de Juan el Bautista gira en su cabeza, "¿tú eres el Mesías?", por lo que decide llevar a cabo un ayuno de cua­renta días, necesita asimilar esa visión soberana de la verdad por la que, irremediablemente y como parte vital de su for­mación, deben pasar los verdaderos profetas e iniciadores revolucionarios antes de iniciar su obra más grande. Ese bautismo de Jesús es totalmente de consagración a la reali­zación de la voluntad del Padre celestial y universal.

Fuente:
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 73 – 77.

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