La monja filósofa. Los últimos años

Algo muy grave de carácter verdaderamente trágico tuvo que pasar en el alma de Sor Juana que justifique el total y definitivo cambio en su vida a partir de la Respuesta a Sor Filotea. Después de ella, la mujer y la escritora se eclipsan conjuntamente. La monja sobrevivirá tan sólo cuatro años más. Sor Juana consignó en su carta al prelado los mejores datos que se tienen sobre su vida, carácter, gustos, aficiones literarias y aun mortificaciones que éstas produjeron en el claustro; y donde, además, con nobilísima entereza, se declaró en pro de la cultura de la mujer mexicana y sos­tuvo el derecho de disentir.

De manera simultánea a esta crisis intelectual se opera en su ánimo otra más intensa que es el derrumbe moral de todos sus sueños: el arzobispo Aguiar y Seijas la conmina a deshacerse de su biblioteca (4.000 volúmenes, instrumen­tos y mapas), para obtener limosnas con su venta.

Esto es lo que dijo su primer biógrafo, el padre Calleja, sobre tan lamentable pérdida:

"La amargura, que más sin estremecer el semblante pa­só la Madre Juana, fue deshacerse de sus amados libros, como el que, en amaneciendo el día claro, apaga la luz artificial por inútil. Dejó algunos para el uso de sus her­manas, y remitió copiosa cantidad al arzobispo de Méxi­co para que, vendidos, hiciese limosnas a los pobres, y aun más que estudiados, aprovechasen a su entendimiento en este uso. Esta buena fortuna corrieron también los ins­trumentos músicos y matemáticos que los tenía muchos, preciosos y exquisitos. Las preseas y bujerías y demás bienes que aun de muy lejos le presentaban ilustres per­sonajes aficionados a su famoso nombre, todo lo redujo a dinero con que, socorriendo a muchos pobres, compró paciencia para ellos y cielo para sí; no dejó en su celda más que solos tres libritos de devoción y muchos cilicios y disciplinas".

Por lo general, la vida de los habitantes de Nueva Es­paña, en la tranquilidad o en el desasosiego, en la pobreza o en la opulencia, estaba en todas sus acciones o sus pasio­nes transidas de sentimientos religiosos. Los toques de las campanas regulaban la faena diaria y, cuando variaban, era porque anunciaban la presencia de lo extraordinario, de la bendición o la catástrofe. El año de 1691 fue un año distin­to: uno de los más negros de la historia del Virreinato. La vida de los novohispanos se había hecho más severa bajo la rígida férula episcopal de Francisco de Aguiar y Seijas, el arzobispo de México, y ese año las campanas de las iglesias y los conventos sonaban más lúgubres que nunca a causa de la miseria, del desastre, de la enfermedad...

Hacía nueve años que el arzobispo Francisco de Aguiar y Seijas estaba al frente de la Iglesia novohispana. Era hom­bre singular y de extraño carácter, "mezcla de ostentosa filantropía y de intolerancia fanática", que "iba muy ufano por la calle repartiendo limosnas, pagando en las 'boticas' las medicinas que necesitaban los enfermos menesterosos, y consiguiendo dinero, joyas y cuanto podía, para dar de comer a los indios, que por haberse perdido las cosechas de maíz y de trigo en la Meseta Central (a causa de la se­quía), estaban amenazados a morir de hambre".

Contaba el arzobispo con la amistad y colaboración de Don Carlos de Sigüenza y Góngora en su caritativa orden, y se cuenta que un día cuando pasaba el prelado por el Hos­pital del Amor de Dios, don Carlos lo llamó para referirle un milagro. Le dijo que, aunque había mandado grandes cantidades de maíz a los barrios pobres y a los conventos, notaba que, lejos de disminuir, aumentaba lo que tenía en las trojes que estaban a su cuidado. Pero no duró mucho este milagro de la 'multiplicación de los granos' y el 8 de junio de ese año de 1691 tuvo lugar en la ciudad un hecho que el historiador y literato mexicano Artemio de Valle-Arizpe refiere como "el gran tumulto".

El virrey Gaspar de la Cerda Sandoval Silva y Mendo­za, conde de Galve había enviado "activos emisarios por pueblos y haciendas para investigar qué cantidades de tri­go y de maíz había, y la gente de México tomó estas medidas precautorias como prueba evidente, clarísima, de que se trataba de monopolizar esas semillas para hacer negocio con la necesidad y la desgracia públicas". Éste fue el motivo del gran desorden que presenció don Carlos.

Un grupo de inconformes fue a buscar, primero, al arzobispo, y al no encontrarlo marchó enfurecido al palacio virreinal, donde tampoco se hallaba el virrey, entonces "la plebe con grandes voces decía contra el señor virrey las más atrevidas desvergüenzas y execraciones que jamás se oyeron".

Los inconformes que eran todos indios, se amotinaron en la plaza Mayor, que "la desempedraban para hacerse de proyectiles". Destruyeron los puestos del mercado utilizando sus escombros para prender fuego al Palacio y a las Ca­sas del Cabildo, y hubo saqueos y destrozos al por mayor. El arzobispo Aguiar y Seijas llegó en su coche negro, con su gran cruz en el pescante, a tratar de sosegar a los revol­tosos pero fue en vano, la gente estaba enardecida y el pre­lado estuvo a punto de perder la vida. Todo ardía, hasta las Casas del Ayuntamiento, y las llamas amenazaban los nu­merosos archivos de las Casas del Cabildo. Entonces inter­vino don Carlos de Sigüenza y Góngora corriendo hacia "aquel lugar siniestro, acompañado de algunos amigos su­yos, y con ellos y gente a la que pagó con generosidad con­siguió llegar, por medio de escaleras, al piso superior del edificio; rompió las puertas de los balcones y pudo salvar la mayor parte de los libros capitulares, tesoro inaprecia­ble que sin él se hubiese perdido para siempre". Él mismo calculó en tres millones de pesos las pérdidas de esa noche siniestra.

En ese año de tantas dificultades sólo hubo un suceso feliz que celebrar: la victoria española sobre los franceses de la armada de Barlovento, engrosada por el virrey de México con el oportuno envío de 2,600 hombres. Este he­cho produjo en la capital intenso regocijo y dio oportunidad a la poetisa mexicana de despedirse de sus preocupaciones por lo que acontecía en el mundo. Sor Juana relató en verso ese hecho histórico en la extensa silva No cabal relación, indicio breve, y Sigüenza y Góngora lo incluyó en su Trofeo de la Justicia Española, compuesto en honor del virrey. Ésta fue la última obra literaria en que ambos amigos colaboraron, pues poco tiempo después, don Carlos, con el título de 'Geógra­fo general del Rey", marcharía a España en un viaje de ex­ploración en un barco de la armada real que recorrería la costa Este del Golfo de México hasta Pensacola. 

Sor Juana tendría que enfrentar sola el gran vacío que su ex confesor, Antonio Núñez de Miranda había formado a su alrededor, a raíz de su Crisis de un Sermón — rebauti­zada como Antagórica — tan reprobada y censurada por éste y por otros tantos contemporáneos. Por otro lado, el arzo­bispo Aguiar y Seijas se había erigido en dictador de todas las obras piadosas durante los años de su episcopado (1682-1698). Era un hombre iracundo y de mal carácter (cuentan que una vez al propinar bastonazos, le rompió los anteojos a don Carlos de Sigüenza y Góngora) La misoginia patoló­gica de este arzobispo le llevó a prohibir la entrada a las mujeres al palacio arzobispal, incluso a las cocinas y patios de servicio; (la Historia le acusa directamente de la des­trucción de la biblioteca de Sor Juana). 

Pero eso sí, cuando se generalizó el hambre en la pobla­ción, por los sucesos de 1691, el arzobispo buscaba cons­tantemente a Sor Juana para que la monja le procurara ayuda económica. No se sabe a ciencia cierta cómo eran las relaciones entre ambos, siendo el arzobispo —como ya se mencionó— un hombre de carácter extraño, misógino, que no concebía otra manera de vida que la austeramente enca­sillada dentro de la más estricta y severa disciplina religio­sa. Según uno de sus biógrafos, desde el primer momento había visto con malos ojos las aficiones mundanas de Sor Juana, reprobándola públicamente con la intención de re­ducirla a su verdadero estado. Pero otro, que estudió los recursos económicos de la monja en la última etapa de su vida, llegó a la conclusión de que Sor Juana había logrado reunir una buena cantidad de dinero propio, misma que el arzobispo mermaba para alimentar a los indios.

Según consta en una escritura fechada en 1698, que pre­sentaron las religiosas del Convento de San Jerónimo con motivo de una querella con el arzobispo, cuando Sor Juana ingresó en el Convento (1669) lo hizo sin bienes de fortu­na, pero "aunque tuvo que mendigar su dote, parece que llegó a ser, al final de su vida, una de las monjas más acau­daladas del lugar. Tanto era su caudal, que en varias ocasiones suplió de su peculio lo que faltaba para realizar obras que se hacían en San Jerónimo", Recordemos que desem­peñó por muchos años el cargo de contadora del Convento y parece que lo hacía con gran éxito — según lo declaró don Diego Francisco Velásquez, Prebendado de la Catedral Metropolitana. 

A juzgar por los recibos de los gastos del Convento que obraban en poder de don Diego, Sor Juana compraba los materiales necesarios para la obra "por la inteligencia que tenía en sus precios". Y de igual manera manejaba sus pro­pios negocios. Por el documento antes mencionado, se sabe que la Madre Juana invirtió varias sumas con don Domin­go de la Rea, comerciante de plata, a quien envió el 30 de julio de 1692 mil quinientos pesos, sobre los cuales había de recibir créditos del 1.5% cantidad que aumento por qui­nientos pesos más el 14 de marzo del año siguiente; y en mil seiscientos adicionales el 9 de noviembre de 1693. Estas operaciones las hizo a través de doña María de Cuadros, viuda que vivía en San Jerónimo, quien firmó un finiquito declarando que "el principal y los réditos los había de go­zar ella (Sor Juana) los días de su vida, y después su sobri­na Sor Isabel María de San José, y muerta ésta, el Convento, gastándose los réditos el día de la Santísima para las necesidades de las monjas". A la muerte de Sor Juana, gracias a esa escritura, las monjas de San Jerónimo pudieron reclamar al arzobispo su derecho de herencia, porque éste ya había recogido todas las pertenencias de la monja, que ade­más poseía y guardaba en el claustro otras cantidades me­nores de dinero. Finalmente, por orden de la Audiencia, el fallo fue a favor de las religiosas, entregándoseles la cantidad de cinco mil doscientos setenta y un pesos, dos tomines.

Pues bien, el arzobispo Aguiar y Seijas "acudía con harta frecuencia a la bolsa de la madre Juana y disponía libre­mente, como si fueran suyos, de los bienes de la monja y pedía dinero a cuenta suya". El testimonio del Prebendado de la Catedral se complementa que su declaración de que al haber acordado la madre Juana comprar unos materia­les con dinero que le dio, "aprehendió al señor arzobispo que le debía algún resto, y aun que lo desengañé, me pidió cien pesos para sus limosnas". En otra ocasión, según la misma referencia "habiéndose valido de su Ilustrísima cierta persona para que me obligase a que le vendiese un esclavo, lo hice por su mandato y su Ilustrísima recibió trescientos pesos por su valor, y guando ocurrí por ellos dixo los aplica­ba a las dependencias de la madre Juana y no admitiéndome réplica ni recurso me embió después su recibo".

Años difíciles, de hambre, de miseria, y de enfermedad. La gente del pueblo moría de pobreza en plena calle, mientras el desconsuelo y la desesperanza se apoderaba de aquellos que tenían aún medios para resistir. Estos aconte­cimientos trágicos tuvieron sus repercusiones dentro de los muros del Convento de San Jerónimo y la salud de Sor Jua­na, minada ya por varias enfermedades, se había agravado por la sucesión de tantos desastres y por las hostilidades que le mostraban los que antes tanto la habían adulado, entre los que se encontraba su ex confesor, el padre Núñez —que por cierto falleció tres meses antes que ella.

En 1693 apareció la segunda edición del segundo tomo de sus obras, y faltaría poco tiempo para que tomara la de­cisión final de renunciar a todas las cosas terrenas. A partir de 1694 Sor Juana dejó de publicar sus obras aunque siguió escribiendo, como prueban los Enigmas, poemas manuscri­tos que conforman un libro intitulado La Casa del Placer, recientemente publicado. Sin embargo, el 5 de marzo de 1694, a los cuarenta y dos años, firmó con su propia sangre su renuncia formal y definitiva a todo lo terrenal o munda­no, como una prueba de que estaba dispuesta a sacrificar su vida y su renuncia fue un triunfo de la Iglesia. "Se ha­bía suicidado ya cuando dio de limosna hasta su entendi­miento" —dijo el obispo Castoreña y Ursúa.

Después de esto Sor Juana hizo penitencia durante va­rios días; presentó al Tribunal Divino una Petición Causí­dica; pidió perdón a sus Hermanas de Profesión; reafirmó con su sangre la Declaración de sus Votos y reiteró su Fe en la Inmaculada Concepción. De monja mundana se convir­tió en mística.

"Desde entonces abrazó un género de vida austerísimo — dice don Juan José de Eguiara y Eguren—, mortificándo­se con penitencias y cilicios; entregándose a las meditacio­nes y contemplaciones, pidiendo la confesión y recibiendo la comunión diariamente y a otros muchos ejercicios espi­rituales, en los que tenía un gozo extraordinario, y cultivan­do de tal suerte todas las virtudes, que nada fuera de esto le interesaba, de suerte que evitaba las alabanzas de las gen­tes y aun las muestras de estimación de sus compañeras, a las que por lo mismo ocultaba sus penitencias y piadosos ejercicios. En verdad, tanto era su celo en mortificar la carne que su confesor, el padre Antonio, decía que Juana no necesitaba espuela sino freno, y que convenía que se conveniera en tales propósitos y moderara sus deseos este respecto, pues progresaba de tal manera en la vía de la per­fección cristiana, que más que correr parecía volar".

Otro de sus biógrafos dice que "tantas disciplinas tan severas no sólo castigaron su cuerpo sino su espíritu". Y con la falta de espíritu se recrudecieron los males del cuer­po y la monja "enfermó de caritativa" al entrar en el con­vento "una epidemia tan pestilencial —dice el padre Calleja— que de diez religiosas que enfermasen, apenas convalecía una."

Muy pronto la epidemia empezaría a hacer estragos en el Convento de San Jerónimo. Sor Juana desplegaría una extraordinaria actividad empeñándose en atender de día y de noche a cuantas religiosas caían enfermas, exponiéndose continuamente al contagio. Se entregaba a su tarea con ímpetu de mártir y exageraba su celo hasta el extremo de alar­mar a superiores y amigos. Cuando se le ordenó aislarse de las enfermas ya era tarde: Sor Juana se había contagiado.

La fama que alcanzó Sor Juana en vida llevó a sus con­temporáneos a pronunciar plegarias por su salud. En to­das las iglesias se rezaba por su pronto restablecimiento. Infinidad de amigos y admiradores llegaban a las puertas del Convento a informarse sobre su salud y a ofrecer su ayuda. La enferma fue sometida a un riguroso tratamiento que no tuvo los resultados deseados. Sus últimos días pro­dujeron una profunda emoción en cuantos rodeaban su le­cho, entre quienes se encontraba su leal amigo don Carlos de Sigüenza y Góngora. Llamó especialmente la atención su extraordinaria lucidez durante su agonía. Y en medio de jaculatorias a Cristo y su bendita Madre María Santí­sima, pues dice el padre Calleja "que no los apartaba ni de su mano ni de su boca", mostró, más que serena conformi­dad, "vivas señales de morir". Cuando las campanas anun­ciaron su fallecimiento el luto fue general. Murió el 17 de abril de 1695 a las cuatro de la madrugada. Había vivido cuarenta y tres años, cinco meses y cinco días, y sólo dieci­siete de esos años los pasó "en el mundo".

Las exequias se celebraron en medio de un despliegue de rito y pompa. Asistieron todas las personas notables de la ciudad: los virreyes el conde y la condesa de Galve, el arzobispo Aguiar y Seijas, las religiosas del Convento de Santa Clara, los jesuitas de San Pablo y San Pedro, los do­minicos y los franciscanos, las Agustinas, las Carmelitas Descalzas y las Hermanas de la Pobreza, ricos cortesanos y las humildes de Belén.

La escena fue más impresionante que la celebrada ha­cía 27 años en el mismo lugar, cuando Juana de Asbaje se convirtió en Sor Juana Inés de la Cruz. El sermón lo pro­nunció don Carlos de Sigüenza y Góngora, su amigo y consejero. Sus restos se sepultaron en el mismo Convento y ahí se conservan hasta la fecha, igual que un retrato, al­gunos manuscritos, su pequeña colección de tres libros de devociones y el recuerdo de su presencia.

En la celda de Sor Juana se encontraron desparrama­das viejas cuartillas borroneadas. Una de estas composi­ciones, escrita en verso no tenía título pero se le intituló: Romance en reconocimiento a las inimitables plumas de la Euro­pa, que hicieron mayores sus obras con sus elogios. Que no se halló acabado. En vida se le habían tributado muchos hono­res y ella expresaba su gratitud a través de su obra. El poe­ma está escrito en forma de romance y contiene 275 versos. El poema quedó inconcluso así como pendientes quedan, aún, muchos enigmas de la vida de esta gran poetisa y pro­sista mexicana, gloria de las letras.

Fuente: 
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 95 – 104.

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