Transformación de Jesús. Epiléptico

Jesús y sus tres compañeros llegan al campamento y se encuentran con una multitud reunida alrededor de los apóstoles, quienes discuten la situación médica de un niño de catorce años, proveniente de Tiberiades, hijo de San­tiago de Safed, afectado gravemente de epilepsia.

Al acercarse Jesús, varias personas que lo esperan se aproximan a él por lo que pregunta.

¿Por qué discuten?

Pero es el desesperado padre del joven quien se ade­lanta y dice.

—Maestro, tengo un hijo que está poseído por un espíritu maligno, cuando tiene un ataque, grita de terror, echa espuma por la boca y cae como muerto y este espíritu maligno constante­mente lo destroza con convulsiones y a veces lo arroja al agua o al fuego. Se está consumiendo y su vida es peor que la muerte; su madre y yo tenemos el corazón atormentado y el espíritu despeda­zado. Maestro, ¿sanarás a mi hijo?

Cuando Jesús escucha este relato, le pide al padre que lleve a su hijo ante su presencia y pregunta.

¿Cuánto tiempo tiene el niño enfermo? A lo que el padre responde.

Desde que era muy pequeño.

Y mientras hablan, el joven sufre un ataque violento y cae, rechinando los dientes y echando espuma por la boca, después de una serie de convulsiones violentas, se queda tendido en el suelo como si estuviera muerto.

Todos están sorprendidos y asustados, pero más el pa­dre, quien se arrodilla a los pies de Jesús implorando al Maestro.

Si puedes curarlo, hazlo, te suplico te compadezcas y nos liberes de esta aflicción.

Jesús ayuda al afligido padre a levantarse y le dice.

— No dudes del poder del amor de mi Padre, sino solamente de la sinceridad y el alcance de tu fe. Todo es posible para aquel que cree realmente.

Entonces, Santiago de Safed pronuncia aquellas pala­bras mezcladas de fe y duda.

Señor, ¡yo creo! Te pido que me ayudes a desterrar mi in­credulidad.

Cuando Jesús escucha estas palabras llenas de sinceri­dad, toma al niño entre sus brazos, lo levanta al cielo y ora pidiendo permiso para sanar a este desdichado infante, lo acuesta en un improvisado colchón de ropa y clama.

— De acuerdo con la voluntad de mi Padre y en honor de la fe viviente. Hijo mío, ¡levántate! Espíritu desobediente, sal de él y no vuelvas.

Jesús coloca la mano del joven en la de su padre y dice.

Sigue tu camino. Mi Padre, el Padre de la humanidad, ha concedido el deseo de tu alma.

Así, padre, hijo y comitiva que los acompañan parten felices hacia el hogar, su fe los ha salvado de la enfermedad del cuerpo y lo ha confirmado en la del espíritu. Por su parte, las demás personas están maravilladas por el mila­gro que acaban de ver, incluidos los enemigos de Jesús, quienes están sorprendidos por lo que han visto y de lo que, a querer o no, son testigos.

Estando solos los doce apóstoles y el Maestro, le piden que les comente lo que pasó en la Montaña, pero Jesús se limita a decirles: "El Hijo del Hombre empieza ahora la última fase de su vida terrenal. Estamos por comenzar los trabajos que conducirán a la gran prueba final de su fe y devoción, ya que seré entregado a las manos de los hom­bres que buscan mi destrucción. Recuerden muy bien lo que les digo, aunque ahora no lo entiendan hasta que esté dado ese tiempo: Al Hijo del Hombre le darán muerte los humanos, pero resucitará por gracia de su Padre, Dios".




Fuente: 
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 138 – 139.

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