La comunidad de los creyentes

En el año 610, un mercader camellero anunció las revelaciones que había recibido del arcángel Gabriel. Mahoma encendía así la chispa de una carismática y controvertida religión que se extendió con rapidez y hoy casi un cuarto de la Humanidad profesa. 

Cuenta el erudito Al-Bujari (Tradiciones, III, 247) que, cuando murió en 632, el profeta Mahoma tenía empeñada su cota de malla a un judío como garantía de treinta medidas de cebada. Esta noticia es un buen indicio de la precariedad y el relativo poder de la nueva estructura política que el Enviado había conseguido establecer en Arabia mediante la persuasión de la fe, la confederación de tribus o la mera imposición violenta. A su fallecimiento, la frágil unidad estuvo a punto de quebrarse debido a la disidencia de algunos grupos tribales, que habían asumido la nueva creencia de modo muy superficial y oportunista y que, una vez desaparecida la cabeza de la alianza, consideraban roto el juramento de fidelidad. Estos intentos fueron pronto reprimidos por quienes, en las campañas venideras, se revelarían como excelentes generales: Jaled ibn Yazid, Amr ibn al-As y Abu Ubayd.

El islam, proclamado religión verdadera e indiscutible de Arabia, actuaría como bandera de los árabes en las prodigiosas conquistas que de inmediato vendrían: en sólo doce años, del 633 al 645, Mesopotamia, Palestina, Siria y Egipto cayeron en manos de los invasores. Entre las causas de un éxito tan sorprendente como inesperado, los musulmanes destacan la fuerza imbatible de enarbolar la única religión digna de fe, aunque visiones menos partidarias consideran la imperiosa necesidad que tenía Arabia de proyectar fuera sus excedentes de población (como ya había sucedido en oleadas de siglos anteriores), por la imposibilidad económica de mantenerla. Sobre todo, cabe señalar la extrema debilidad de los imperios bizantino y sasánida, a quienes se enfrentaron y derrotaron en batallas decisivas como Yarmuk y Qadisiyya respectivamente. La búsqueda -y fácil obtención- de botín (ganima) sirvió de acicate para cohesionar a las tribus y convencerlas de la bondad de una causa que tanta prosperidad traía.

Pero ¿de dónde había surgido el islam? Un oscuro camellero de La Meca, Mahoma (Muhammad ibn Abd Allah), había iniciado, tras unas visiones sobrenaturales hacia 610, el áspero camino de proclamarse Enviado de Dios (Allah), negando el carácter sagrado y divino a los ídolos que en su misma ciudad contenía el santuario de la Kaaba, estableciendo un reducido número de seguidores entre sus allegados y recibiendo -aseguraba- revelaciones del Altísimo a través del arcángel Gabriel.

Libro sagrado.

La tensión con sus paisanos, sobre todo por las implicaciones económicas que la negación de los dioses del santuario arrastraba, acabó forzando al grupo de creyentes (unos doscientos) a emigrar (la Hiyra o Hégira) a Yathrib (Medina) en 622, fecha que se toma corno punto de partida para el comienzo del calendario musulmán, en realidad un calendario lunar ya en uso en la Arabia preislámica.

Los fundamentos dogmáticos y doctrinales difieren poco entre las ramas del islam, siendo los chiíes (un siete por ciento del total) quienes presentan una diferencia mayor, en algunos aspectos rituales y en especial en los derechos que tuvo su yerno Alí a suceder al Enviado al frente de la comunidad. La base de la creencia es muy elemental y por ello efectiva. En primer término está la sumisión (islam) al mandato de Alá —en realidad, acatamiento al poder islámico constituido- y expresada en las dos profesiones de fe o xahadatani ("no hay más dios que Alá y Mahoma es Su Enviado") y en la estricta observancia de algunos preceptos (oración, ayuno, limosna y peregrinación). Todos ellos constituyen los "pilares del islam" (arkan al-islam), aunque pronto se les hayan ido añadiendo otros, no indispensables pero sí convenientes, como la circuncisión (la vía jurídica hanafí admite la posibilidad de ser musulmán sin estar circuncidado), la llamada guerra santa (yihad) o, en líneas generales, la práctica del bien y la corrección del mal, principio genérico que, como puede comprenderse, se rige por criterios subjetivos.

Desde el momento en que la comunidad musulmana se refugia en Medina, su jefe comprende la necesidad de diseñar y promulgar un conjunto de normas políticas y de comportamiento que sean el núcleo de un Estado, al tiempo que se expulsa de la ciudad a los reticentes y se termina exterminando a los judíos Banu Qurayza, por su renuencia al vasallaje. Todo el corpus legal y doctrinal que el Corán contiene, con sus oportunas revelaciones según las circunstancias, ha sido clasificado por los estudiosos en tres periodos mequíes y uno mediní. Este último es el más extenso y el que presenta un desarrollo prosístico más claro. Junto con el Corán, los fundamentos jurídicos del islam, invocados en nuestros días y en su conjunto como sharia, se hallan en la Sunnat an-nabi (relatos de la vida del Profeta recogidos en los llamados hadices), que vendría así a completar, o complementar, determinados puntos de las normas legales. Y no siempre para bien: el adulterio, castigado en el Corán (IV-24; XXIV-4) con cien latigazos, es contemplado de modo relativamente más benigno que en otros códigos anteriores, que lo sancionaban con la muerte (Antiguo Egipto; Código de Hammurabi, art. 129; Levítico, 20-10; Deuteronomío, 22-22). Aunque la sharia, basándose en las tradiciones orales de Mahoma, lo castiga con la muerte por lapidación, pena aplicable a cualquier relación sexual extramatrimonial.

Coincide el islam con el cristianismo en algunos aspectos cruciales, como la adoración a un solo dios (si bien abominan de la Encarnación y la Trinidad) o la vocación de ser religión universal y, por consiguiente, expansiva. Nunca sabremos si Mahoma —ya guía religioso y jefe político y militar—, de haber vivido más tiempo, habría lanzado las incursiones bélicas que resultaron tan rentables, o si se habría conformado con lo ya conseguido. No obstante, lo que sí está a nuestro alcance es comprender que el islam como sociedad, conducta y fenómeno cultural de primer orden -basándose en ese embrión inicial- se desarrolló en los siglos siguientes, generando sus propias pautas y eliminando heterodoxias, hasta llegar a la esclerotización y fosilización del pensamiento (la bida, innovación, está expresamente condenada), que desde la defenestración y persecución de los racionalistas mutazilíes por el califa Al-Mutawakkil (mediados del siglo IX) no hizo sino endurecerse, persiguiendo a filósofos como Averroes y Maimónides (ya en Al-Ándalus) y aplicando con todo rigor las leyes, empezando por el castigo de la apostasía.

De hecho, el islam es un sincretismo que no sólo adoptó y adaptó elementos sueltos, aunque importantes, de otras religiones, sino que debió convivir con ellas, en sus inicios en situación precaria y más tarde en posición de fuerza, en la medida en que la evolución de los acontecimientos militares y políticos iba permitiéndole incrementar sus medios de presión sobre los demás. Obligados a prestarles atención por competir con ellas en el ejercicio del dominio y el poder, desde muy pronto los musulmanes, ya en vida de Mahoma, asimilaron rituales y creencias ajenas, al tiempo que distinguían con una aversión profunda a las otras comunidades religiosas cuya fe simplemente traslucía "ignorancia" (yahiliyya).

Sin embargo, esta actitud hubo de conjugarse con la contradicción de hacer suyas figuras anteriores pertenecientes a otros credos (Adán, Noé, Abraham, Moisés, Jesús) por añadidura a Mahoma, autoproclamado en el Corán "sello de los profetas". El islam no sólo es la mejor religión, sino la única e inmutable (Corán, XXX, 30), por lo cual las otras podrán ser más o menos toleradas en función de circunstancias cambiantes pero nunca aceptadas como una vía para la salvación del ser humano.

En la Arabia de Mahoma había tribus judías y cristianas (sobre todo en el norte), pero especialmente existían cultos a ídolos tribales, a fenómenos de la naturaleza (árboles, aguas, rocas...) o a creencias importadas de Persia. Contra todos ellos reacciona Mahoma, si bien asume parcialmente sus formas de culto: de los "asociadores" (idólatras) se queda con el culto al templo de la Kaaba y a la Piedra Negra, así como con la peregrinación, la sacralización de tiempos y espacios o el calendario lunar; de judíos y cristianos hereda el ayuno, la veneración por Jerusalén (que perderá su primacía al producirse el choque con los judíos Banu Qurayza) y la afirmación de los profetas (incluido Jesús como "profeta"), a los cuales unos y otros habrían traicionado falsificando sus escrituras y mensaje, por ejemplo, mediante la omisión de la misión profética del mismo Mahoma.

Fuente:
Por Serafín Fanjul en Muy Interesante Historia, ‘El Islam. Los misterios de una religión’, Ed. Televisa, p. 4 – 6.

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