Las solteronas

Me acuerdo perfectamente de ella, porque la vi muchas veces cuando yo era niña, en casa de mi abuela. Era una señora flaquita, de lentes, apocada, que hablaba lento y en voz baja y que se presentaba a sí misma con el nombre de Teresita Trujillo. Ella, como muchas otras amigas de mi abuela y algunas de mi mamá, era lo que el mundo que me rodeaba reconocía como una solterona, de hecho, era el estereotipo viviente.

Habría nacido en la segunda del siglo xx, era hija única de un matrimonio de clase media alta—que por entonces solían vivir aún en el centro de la ciudad de México—y había sido compañera del colegio de mi abuela. A Teresita, como a todas las solteronas, se le veía y se le trataba con lástima, mi abuela misma, cuando le preguntaban por ella, decía: «¡ay teresita, pobrecita!» y contaba la historia de su soltería—que no era muy distinta de la de la mayoría de las solteronas—, una historia sexista y lacerante que obviamente se veía como una gran desgracia.

Teresita había sido huérfana de padre a temprana edad, había estudiado lo básico —quizás primaria o secundaria— y después se había dedicado a prepararse para ser un ama de casa y madre perfecta. Sabía bordar, tejer, coser y era refinada. También aprendió cocina, repostería y demás y entró al coro de la iglesia cercana a su casa. Ahí conoció a un joven de provecho, quizá no rico, pero de buena cuna y con muchas ganas, del cual se hizo novia a temprana edad —cuando tenía 14 o 15 años—. Novio de mano sudada, siempre bajo la mirada inquisitiva y recia de su madre, con la cual no sólo vivía sino que convivía en el sentido más amplio del término, que le hacía de chaperona. Y en ese noviazgo, que se prolongó más que lo necesario ya que el susodicho quiso estudiar medicina para ser un hombre de mejor porvenir, Teresita maduró y trató de consolidar su relación, sin descuidar sus deberes como hija y como buena feligresa. Ayudó a Enrique —como se llamaba— en todo lo que pudo, fue solidaria, empática y paciente hasta el punto de teclear una por una y varias veces cada una de las cuartillas de la tesis de titulación del muchacho.

Por fin el día esperado llegó, y él logró recibirse gracias a su esfuerzo y al apoyo de Teresita. Ese día ella esperaba con ansia el anillo que pactaría el compromiso, así como la confirmación de la fecha de la boda, por la cual había esperado ocho largos años. Con toga y birrete en mano, el recién médico se presentó en la pequeña casa de Teresita en la Plaza de Loreto un sábado por la mañana, tocó la puerta, la madre le abrió y él pidió hablar con la hija. Ella se asomó por la escalera con una sonrisa de oreja a oreja y cuando estaba a punto de bajar, él le dijo, enfático y con tono solemne:

—No, Teresa, ni bajes, sólo te vengo a decir que no me voy a casar contigo, que estoy enamorado de alguien más y que te voy a dejar.

Sobra decir lo que pasó después, ese suceso fue el empezose del acabose: Teresita lloró, lloró y lloró y dejó ir la vida en manos del desconsuelo, junto a su madre, cuidándola y acompañándola a todas partes. Cuando su madre murió, su soledad fue absoluta y, por tanto, literalmente «se quedó para vestir santos». Acudía religiosamente a la iglesia de la Adoración y atendía al padre y a todas las monjitas, es más, les llevaba tamales diario. Le decía a mi abuela:

— ¡Ay Maraca, me tengo que levantar a las cinco y media todas las mañanas para ir por los tamales y llevárselos al padre!

—Pero Teresita, ¿cómo crees? Cómpralos en el súper y congélalos...

—No, es que al padre le gustan frescos, del día.

Sí, y esta es sólo una variante más de muchos casos de solteronas que hemos conocido, que hemos tenido en nuestra familia, o de las que hemos oído hablar. La tía Alini de Malusa: «Era la típica señora de antes que nunca se casó. Al morir la abuela Mercedes —madre de mi mamá— ella tomó las riendas de la casa y ayudó al abuelo Pepe a terminar de crecer a mis tíos, no sabemos por qué nunca se casó». Las tías Ali y Cristi de Claudia: «Hermanas de mi abuela, familia de seis hermanos donde ellas dos fueron las únicas que no se casaron, siempre estuvieron juntas; vivían juntas, comían juntas, desayunaban juntas, caminaban juntas en la calle, nunca las vi separadas, nunca trabajaron —mi abuela siempre lo hizo—, tocaban el piano, tejían y cosían a la perfección. Cuando Cristina murió, Ali le decía a mi abuela: "¡Qué voy a hacer sin Cristina!" Y mi abuela, que era muy claridosa le decía: "Ay tú, pues lo mismo que hacías con ella, pero sin ella"».

Amigas de mi madre, conocidas, tías abuelas, casos sobran: historias también, las que no se casaron porque no les interesó, como la tía Nenita —hermana de mi padre—, que nunca se fijó en un hombre; otras por poco agraciadas —generalmente los patitos feos de la familia—, como la madrina Josefina; otras más por tímidas y apocadas, por ser las benjaminas o primogénitas; que se quedaban a cuidar a la hermana o a la mamá y que acabaron viviendo en matrimonios bostonianos; y las más por los valores morales que les inculcaron, telarañas religiosas, prejuicios y tabúes como el de haber cometido el «pecado» de tener relaciones sexuales con un hombre que mal les pagó y cuando se lo confesaron al siguiente, las rechazó —como la tía María—. También casos como el de la tía Maricarmen, que dejó a su novio gringo y buen partido en Torreón ante la perspectiva de irse a vivir al extranjero lejos de sus padres —de los cuales no se podía separar—, o el de la prima Encarna, que vivió un noviazgo a escondidas con el vecino antes de darse cuenta de que él ya estaba comprometido con otra. O la madrina Thalía, en cuyo caso muy parecido, resultó que él estaba esperando un hijo con alguien más, o muchas otras como Atalita Garibaldi y mi tía Tarsila, que se quedaron solteras simplemente por ser estudiadas o letradas, porque recordemos lo que dice el refrán: «Mujer que sabe latín, ni encuentra marido, ni tiene buen fin».

Es interesante darnos cuenta de que no hay ninguna lengua en donde el término referido a una mujer mayor que no casó, no sea peyorativo. En inglés es se le llama spinster—que hila, hilandera—, como Penélope, que esperando a su amor ido se la pasaba tejiendo en espera de un Ulises que la deja sola e inerme. En francés es vieille filie, es decir «hija, señorita o muchacha vieja», mientras que en turco el término es kiz kurusu, que significa «chica instalada»: que ahí se quedó, que no avanzó. En alemán se refieren a las solteronas como ungfer, que significa «doncella que sirve», «sirvienta». En sueco es ugift, «que no tiene atributos» y también kvinne, «mujer mayor». En totonaco se dice xyitsu tsumajat, que quiere decir más o menos «mujer que no se casó por vieja», por poner sólo algunos ejemplos en los que el estereotipo no falla ni se salva.


Fuente:
Por María del Pilar Montes de Oca Sicilia en Revista Algarabía, No. 125, Febrero 2015, p. 92 – 97.

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