El arcón navideño: todo lo que encierra






¡Oh, Navidad, Navidad! La temporada favorita de toda la familia; la época del año en la que hacemos muñecos con la nieve – granizo – que cae gentil sobre nuestros tejados – carretera hacia el Ajusco –. Es la temporada en la que los comercios se colman de felices compradores – oficinistas –, gente dichosa que disfruta el privilegio de obsequiar a los suyos – intercambio de bufandas que organizó Rosi, “la de Finanzas” – un poco de afecto, para luego brindar con ellos en un ambiente de concordia – cena de la empresa en un salón de fiestas del Estado de México – por lo fragmentos de vida compartidos durante el año.


¿Qué sería de la Navidad sin todo lo que la reviste? Costumbres y sensaciones tan características como las posadas o el dulce olor de la sidra. Sin embargo, existen símbolos navideños que – como muñeco de granizo sobre el cofre de un Tsuru sobrecalentado – parecen diluirse en el olvido o, por lo menos, transformarse. Nos referimos, específicamente, al arcón navideño.

Nombre Revelador.
El paquete con licores, embutidos y dulces que en México conocemos como arcón navideño está presente en casi todas las culturas occidentales que celebran la navidad. Es decir, en aquellas de Europa y América. En otros países de habla hispana es conocido como “canasta navideña” o “cesta navideña”, y a pesar de que ni el DEM ni el DRAE recogen el vocablo “arcón”, el término parece ser un simple aumentativo de “arca”, es decir, un gran baúl o caja con bisagras que se cierra para asegurar algo en su interior. Como algunos se podrán haber dado cuenta, la imagen que se tiene del Arca de Noé es errada: la palabra nos devela que el encarguito que Dios hizo al buen Noé no era construir un crucero para animales, sino una caja enorme para contenerlos.

Con respecto al origen de las canastas navideñas, éstas parecen remontarse a una era de fiestas salvajes, guerras en el Oriente, peinados alocados, sexo interracial y sandalias. Y no nos referimos a los años 70, sino al período republicano de la antigua Roma.

Si usted dedujo en líneas anteriores que la representación del Arca de Noé como un barco es errónea, ¡Felicidades! Entonces ya habrá notado también lo extraño que resulta que el arcón navideño tenga su origen en los primeros años de Roma ya que, por esos entonces, los romanos aún no inventaban la Navidad. Es más, el festejado ni siquiera había nacido – pista: el festejado es Jesucristo, el de los cristianos –.

La explicación a esta aparente anomalía temporal se encuentra en las relaciones jurídicas y comerciales que sostenían los antiguo romanos, quienes establecieron normas y códigos legales muy precisos para regular la vida cotidiana desde el nacimiento hasta la muerte de los individuos. Por lo tanto, es un hecho que fue una figura del Derecho Romano la tatarabuela del actual arcón navideño: la sportula.

Una de Romanos.
Los antiguos Césares y gladiadores tenían muchas costumbres que, además de ser lo suficientemente vistosas como para que Hollywood les dedique filmes de más de tres horas, resultaban vitales para el funcionamiento de su sociedad, altamente jerarquizada y ritual. Una de ellas era la “relación clientelar”, la cual difería mucho de la correspondencia patrón – cliente que tenemos en la actualidad.

Para los antiguos romanos, un cliens o cliente era una persona perteneciente a un estrato social inferior que, a causa de distintos motivos, recurría a la protección de un patrón o patronus quien, a cambio de ciertos favores políticos y laborales, acogía al cliens como miembro de su familia. Un gran honor para cualquier hombre libre, sobre todo si su patronus era un individuo de alta cuna y antiguo linaje familiar.

Una de las obligaciones del cliens para con el patronus era la salutatio matutina o “saludo de la mañana”, el cual estipulaba que un cliente debía despertarse muy temprano para acudir a la casa de su patrón y ponerse a su entera disposición. El patrón, a su vez, entregaría al cliente dinero o regalos, entre los que se encontraba un pequeño cesto con alimentos llamado sportula. Si el cliente olvidaba el ceremonial y ofendía a su patrón, éste podía despedirlo y dar por concluida la salutatio matutina sin entregar la sportula, lo que demuestra que el cliente no siempre tiene la razón.

Alrededor del año 200 A.C, los romanos establecieron una serie de festejos consagrados al dios Saturno, que fueron bautizados – de forma muy original – como Saturnales. Durante los festejos, que ocurrían los últimos días de Diciembre, era común que los amos sirvieran la comida a sus esclavos y que los patronus entregaran sportulas más grandes y generosas a sus cliens, los cuales esperaban con ansía a que llegara la Navid… perdón, las Saturnales, para intercambiar obsequips, cenar con su familia en casa y adornar la mesa con una vistosa canasta con frutas, vino y comida.

Salto en el Tiempo.
De cómo se transformaron las sportulas romanas en las cestas navideñas que regalamos en la actualidad no hay muchas pistas: un enorme periodo de tiempo conocido como el Oscurantismo no nos permite ver. Se puede deducir que la costumbre romana de entregar cestas con alimentos durante las Saturnales se adaptó a cada país y época cuando estas festividades paganas pasaron a celebrar el nacimiento de Jesús y a ser llamadas Navidad.

A pesar del paso de los siglos, el elemento patrón – cliente de la antigua Roma perduró: la realeza y los dueños de fábricas comenzaron a obsequiar estos baúles a sus empleados y súbditos, lo cual era casi lo mismo. Así, se tiene registro de que la reina Victoria del Reino Unido disfrutaba obsequiar canastas con velas decoradas y almendras confitadas en la temporada navideña, y que a finales del siglo XIX y principios del XX, la costumbre de entregar cestos se popularizó en Europa.

Que el arcón navideño más extendido en México esté compuesto, generalmente, por productos de innegable ascendente español – jerez, sidra, turrones, mazapanes y embutidos – no es casualidad, pues de la Península Ibérica llegó esta tradición. Si hubiera pasado antes por México, seguramente se trataría de un molcajete con huauzontles, pulque y chocolate bien amargo. Tal vez, adentro, tendría un corazón humano.

En Amplitud Modulada.
“Ya llegó el Arcón Navud W, que contiene: un turrón valenciano, dos gelatinas Royal, medio kilo de colación, una botella de vino tinto, unas medias Canon Mills…”, enumeraba una voz engolada por medio del transmisor, para luego proseguir: “…Todo vale, comprobado, 950 pesos. Cómprelo, por sólo 400 en W. Ayuntamiento número 50. ¡Dotación limitada!”, añadiendo la dirección donde se podía adquirir el famoso arcón de la estación de radio XEW.

Por años, esta tonadilla anunció a los mexicanos, casi con la misma eficacia que el escurrimiento nasal, el arribo de las fechas decembrinas transformándose en una suerte de villancico en prosa de la radio nacional.

Aunque no hay certeza del año en que comenzó a anunciarse el arcón navideño en los medios de comunicación, se sabe que el primer programa radiofónico que lo colgó de las ondas herzianas fue ‘El Club Familiar’, una emisión de la XEX conducida por Pedro Ferriz Santa Cruz y Daniel Pérez Arcaráz que publicitaba productos para el hogar improvisando conversaciones humorísticas y “sin peladeces como las de hoy”, como dijera el difunto Ferriz en una entrevista.

Fue en las cabinas de radio donde el arcón pasó de resguardar ese turrón de Alicante con el que se lastimaba las encías el abuelito español, a contener pantimedias de nylon, mechudos, calcetines de rombos y champú rosa, todos de marcas que se anunciaban en la estación y que vieron en el arcón una gran oportunidad para colocar sus productos en los hogares – y en la mente – de los mexicanos.

El formato de ‘El Club Familiar’ brincó a la televisión con el nombre de ‘El Club del Hogar’, producción que se mantuvo al aire durante varias décadas con Daniel Pérez Arcaráz y Francisco Fuentes “Madaleno” al frente, por lo que el arcón migró de la XEX a la XEW, ambas del consorcio Radiópolis.

Arcones para Todos.
Sin importar si hablamos de aquel famoso Arcón de la W o de los comercializados por otras compañías y tiendas, el contenido de éste ha variado indudablemente, y lo ha hecho de acuerdo a las épocas y condiciones económicas. Aunque se siguen comercializando arcones de lujo, cuyo precio puede alcanzar varios miles de pesos, lo cierto es que el arcón navideño como concepto ha ido mutando hasta fusionarse con la llamada “canasta básica”, un conjunto de alimentos y productos que, a consideración del INEGI y del Banco de México, pueden satisfacer las necesidades básicas de una familia mexicana. Ejemplo de ello son también las canastas navideñas que gobiernos de países como Argentina o Bolivia han diseñado y regulado para que el precio se adecue a las posibilidades económicas de la población.

Con esto, el arcón navideño es una tradición que, más que desaparecer, se ha enfrentado a múltiples transformaciones a través de los milenios. Por ello, no se extrañe si junto a su botella de rompope Santa Clara, encuentra una bolsa con galletas de animalitos: después de todo, lo que construyó Noé también era un arcón y a ése le cupieron miles de bestias y de dos en dos.



Fuente: Revista Algarabía No.123.

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