Adolescencia de Jesús

Es sencillo imaginarse al joven Jesús jugando con sus amigos y compañeros quienes lo ven como un líder de su grupo por su gran inteligencia, sentido de igualdad y justicia. También recorriendo la sinagoga donde discuten fariseos y escribas y que Jesús no puede menos que sonreír y entristecerse al mismo tiempo por todo lo que escucha de ellos, incluso, de no aguantarse las ganas de platicar con estos supuestos doctos en la ley, quienes exprimen y manipulan las letras hasta dejarlas sin sentido alguno. Caminando y viendo la opulencia de Sephoris, capital de Galilea, tratando de adivinar que hay dentro de la enorme y profusa mansión de Herodes Antipas, resguardada por mercenarios galos, tracios y bárbaros, contratados exclusivamente para impedir el paso a cualquier esclavo y plebeyo que intente traspasarla sin autorización.


En esos constantes paseos, la mayoría de las veces probablemente en la soledad los hace para pensar en todo lo que mira y escucha, es probable que llegue a las grandes ciudades fenicias, llenas de personas a las orillas del mar tan cerca y distantes de ellas mismas y de quienes les rodean, ve con cierto encanto las columnas altas y redondas de los templos, que a su vez están rodeados de bosques que permiten el sonido provocado por instrumentos de viento que enmarcan los cantos dedicados a Astarté, diosa de la fecundidad y reproducción de los pueblos semíticos, la misma que la Artemisa griega y a la Istar de los asirios y babilonios.

Después, Jesús regresa a su casa y para tranquilizarse, sube a las montañas que tanto quiere para llegar hasta la cima y con la cabeza hacia arriba y los brazos extendidos a sus costados, sentir el aire y sentimiento de libertad que tanto ama y disfruta, desde lo alto contempla su mundo y admira los otros montes, antiguos testigos de la vida de patriarcas y profetas, que parecen que con el sonido del viento le murmuran que esperan a alguien muy especial y Jesús sabe quién es esa persona.

Dentro de ese mundo exterior que Jesús disfruta sobre manera, también destaca el interior, ahí donde toda la verdad sobre su futuro y del mundo está germinando y florece en el fondo de él, estos sentimientos se arremolinan cuando el joven Jesús está solo y en paz, esto lo atrae irremediablemente y lo hace sentir tiernamente reconciliado con todos los seres del mundo y con el mismo Universo.

Este original sentimiento nacido de lo más profundo del alma y corazón, es creado por la unión con Dios en la luz del amor, esta es la primera y gran revelación del primigenio origen de Jesús, la debe mantener en lo más hondo de su ser para que lo ilumine en ese futuro incierto y tortuoso que tiene por recorrer, ese susurro que se desprende de la luz la da certidumbre invencible, la que lo forma dulce e indomable.

A los doce años, Jesús tiene plena conciencia de la vida real y se presenta como un adolescente que crece en la fuerza, gracia y sabiduría. Desde luego, la conciencia religiosa es en él algo natural pero totalmente independiente de los cánones de esa época, a la vez, su conciencia profética y mesiánica tiene un brusco despertar cuando se topa de frente con el exterior, por lo que debe seguir una iniciación especial para cumplir cabalmente con su destino y una larga preparación interna.

Lucas hace referencia a la primera gran conmoción sufrida por el joven Jesús cuando viaja junto con sus padres a Jerusalén, esa orgullosa ciudad de Israel y sus habitantes, centro de las aspiraciones libertarias de los judíos, quienes acumulan tumbas con su gente por las desgracias que, lejos de intimidarlos, los han hecho exaltar sus espíritus, ya que han sufrido invasiones de seleúcidas, macabeos, de Pompeyo y Herodes a nombre de los romanos, muchas han sido las terribles batallas y sitios sufridos, el ver correr ríos de sangra por la letal acción del ejército romano, las temibles crucifixiones que se dan todos los días, manchando no sólo los montes sino el orgullo de los judíos.

La última invasión, por parte del ejército más poderoso del mundo de esa época, los romanos, reduce en cantidad a los miembros del sanedrín, Consejo Supremo en los sacerdotes judíos en el que se tratan y deciden los asuntos de Estado y religión, su sumo pontífice está en la categoría de esclavo, pero que, irónicamente, Herodes reconstruye el magnífico templo de Salomón permitiendo que Jerusalén continúe siendo la ciudad santa.

Este es el panorama que contempla Jesús, sabe que está en un sitio histórica y religiosamente sagrado para los judíos y contemplar la ciudad y el templo de Jehovah es un sueño y rito que todo judío debe cumplir, acudiendo a Jerusalén, ciudad desde la que llegan de Perea, Galilea, Alejandría y Babilonia y donde los peregrinos cantan salmos, suspiran en el portal del Eterno y buscan con la mirada inquieta y excitante, la colina de Sión.

Seguramente, un sentimiento de opresión invade el alma de Jesús cuando ve la ciudad formidablemente amurallada, la escalinata del templo donde los fariseos pasean sus ricas y suntuosas vestimentas y a los sacerdotes que ofician ante el santuario en trajes de culto, violáceos o púrpuras, reluciendo oro y piedras preciosas; estos sacerdotes dan muerte a machos cabríos y toros, rociando de sangre a la gente que está cerca de ellos y clamando una bendición, esto no se parece en nada al templo de sus sueños ni al cielo de su corazón.

En esa idea de observar y conocer todos los rincones de la ciudad, llega hasta los barrios bajos y ahí, con el corazón encogido, ve a mendigos pálidos de hambre, rostros angustiados por el sufrimiento de las guerras, crucifixiones y suplicios. Su aprendizaje del mundo real continúa en los límites de la ciudad, en cavernas, ve con sufrimiento extremo a dementes que blasfeman y maldicen a vivos y muertos, a leprosos que arrastran su miseria y desprecio, paralíticos y desgraciados que tienen el cuerpo completamente lleno de úlceras y llagas.

Cada vez le cuesta más trabajo mirar, ya que desea con vehemencia desaparecer su dolor aunque sea él quien lo sufra todo, ya que no puede comprender totalmente cómo unos piden auxilio, otros sólo esperan su muerte y unos más, idiotas, que ya no sufren nada a pesar de sus dolencias; no puede más que preguntarse ¿Cuánto tiempo ha pasado para que lleguen a estos estados y condiciones?, ¿Para qué sirve ese majestuoso templo, los sacerdotes, himnos, sacrificios, si no remedian estos dolores?

Como respuesta a sus preguntas, Jesús siente un torrente de lágrimas sin fin y los dolores de aquellas personas cuyas almas desean el término de la materia para ser libres de cuerpo y de toda la humanidad. Comprende y siente que la felicidad que ha experimentado durante doce años ha terminado y las miradas de dolor y sufrimiento lo acompañarán durante toda su vida terrenal y se unirán a las que él mismo padecerá en unos cuantos años más.


Fuente:
Los Grandes. Jesús, Editorial Tomo, p. 39 – 42.








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