Calle de la Calavera

El año de 1649 corría sin sobresaltos violentos, en serena monotonía. La ciudad no movía su constante postración; y en­tre toques de oración, jamás su paz patriarcal ni su imagen conventual dejaba la población.

Donde quiera reinaba la quietud: al sonar el toque de que­da, sepultaba en el hogar su energía la juventud; el encierro era una virtud a quien nadie daba ultrajes, y en los lugares públicos no atronaban el ambiente ni el bullicio de la gente ni el rodar de los carruajes.

Jamás se escuchó, que en amante serenata alguien cantara su fortuna. No distraía voz alguna el silencio funerario; sólo se escuchaba diariamente, en el anochecer las pisadas de la ronda, fiel guardián del vecindario.

La vida era tranquila en esa época virreinal lo mismo en la capital que en lejana residencia. La experiencia enseñaba que era muy raro ver que el orden se alterara, por algún aconteci­miento provocado por un escándalo.

Sin embargo, el tirano amor, que cobra caro sus dichas, preparaba injusta obra de destrucción y dolor. Con infernal y engañador sigilo algo se tramaba para matar la alegría de un hogar que era todo bondad, y esparcir por la ciudad desolación y muerte.

El marqués de Alba Flor era un modelo de hombre de ho­nor, por honrado, caballero y católico sincero. Su riqueza era la mayor; su casa, la más suntuosa; su esposa, la más virtuosa y bella y su hija la doncella más amable y más sencilla.

El marqués don Juan de Ibarra, de gran fortuna era un anciano de grata y rebosante historia. Tenía ochenta y tres años de edad, y aún conservaba su mano la firmeza y energía, que cual mancebo esgrimía fuerte acero toledano.

Nacido en Extremadura, se fue a la Nueva España donde encontró dicha segura. De varonil figura, bravo y jovial, en la cima social fue intachable solterón, hasta que ya sesentón contrajo nupcias.

De esa unión con doña Inés Torroella nació la encantadora Estrella, un ángel de bendición. Por su noble condición, por su virtud ejemplar y por la hermosura sin par a sus veintitrés abriles, miles de admiradores la rondaban sin cesar.

En su juventud no anheló otra cosa que el rosario o la no­vena. Jamás respondió a tenaz adorador, hasta que un día su hado traidor la hizo conocer a don Alberto Rubín, flor y nata de galanes.

Fue un memorable día de grandes festejos que la ciudad lucía engalanada; la gente se vestía con el mejor traje, con bullicioso rumor y en correcta compostura, más con marcada premura, acudía hacia la Plaza Mayor.

La Catedral, que aún goza de fama bien cimentada, quedaría consagrada por Palafox y Mendoza. El pueblo, que se alegraba al ver pompa y brillantez, buscaba lo esplendoroso de las cere­monias graves, y las anchurosas naves llenas de pasión.

Desde muy temprano comenzó la regia solemnidad con la majestuosidad del culto romano. En torno del diocesano, se encontraban el Teniente de Capitán, regidores, frailes, clérigos, señores, y una gran multitud de creyentes.

De hinojos ante el altar del Perdón, Estrella, la noble y gentil doncella, alzaba tierna oración.

Su humilde devoción, su modestia celestial, le daban un aspecto igual al de esas madonas puras que ostentaba en sus pinturas la flamante Catedral.

Alberto se dirigió a ese lugar, más que devoto, curioso, que­dando ciego y dudoso ante ese rostro sin par. Ella lo miró, con una mezcla de asombro y candor que quedó en su faz retratada, siendo esa mutua mirada germen de infinito amor.

Desde entonces, con afán, lleno de gran pasión, en pos iba diariamente de la doncella el galán. Ella creyó que Satán le ponía tentaciones al ver que en su alma surgía una desconocida afección y auxilio a la religión demandaba noche y día.

Más de un caprichoso amorío cobró fama sin que la candente llama le robara el albedrío, temía que con desvío pagara Estrella su anhelo, le pintó su amante duelo en ardoroso mensaje, red en que cayó cautiva la hermosura de ojos de cielo.

¡Con qué inefable ternura la niña hermosa pensó finalmente que su pasión amorosa no era una pasión impura! Soñando dicha segura se lanzaba en pos, pues la pasión que a los dos causaba un divino encanto era el amor puro y santo que inspira y bendice Dios.

Temiendo los enojos del marqués, a nadie reveló esa pasión; pues, sus ojos llenos de llanto, decir solía don Juan: "¡Ah! Si algún día amaras a alguien que se atreviera a arrancarte de mi lado, lo juro, me moriría".

Rodrigo, fiel criado de la casa de Alba Flor, al sorprender aquel amor, le dio a su amo golpe cruel. Súpolo don Juan por él y lo supo en mala hora; sintió una angustia devoradora, porque herida tal fue, por intensa, mortal; por imprevista, traidora.

Le rogó con doliente voz más al no Conseguir nada la ame­nazó ferozmente. En vano, suplicio atroz le robaba la quietud, y minaba su salud el pensar que perdería a quien pudo ser dicha de su mustia senectud.

El alma de Estrella, espejo del amor, no podía mirar con calma, siempre sañudo de su padre el entrecejo. Fue a las plan­tas del buen viejo demandando perdón, mas no pudo encontrar razón que convenciera a su padre, ni logró extinguir la hoguera de su gran pasión.

Atormentada por el dolor profundo, estaba en cruenta lucha conjurando la tormenta, con acento gemebundo, entre su molesto esposo y su Estrella, doña Inés. Mes tras mes iban, de mal en peor, los jóvenes con su amor, y el marqués con su cólera.

La hermosa, entre llanto y hiel, intentaba inútilmente que el deber de hija obediente matara al de amante fiel.

Sin tino se conduce aquel que a amor mueve violenta lucha: en vez de que, cual lo intenta, cortar pueda el manantial, mas la oposición paternal, de fijo, lo alimenta.

Es de libertad egoísta la pasión, y, harta de yugo, llegó un día en que Estrella mirara en don Juan a un verdugo. Ésta, ansiando ir al ara a santificar su amor abandonó su querido hogar. ¡Cuánto a Alberto no amaría, que a su padre, a su ale­gría, decidió abandonarlo!

Rubín, lleno de amor, mas cristiano y caballero, primero salvar quiso de su futura el honor. Sin que el de Ibarra le infundiera temor, guardada dejó en una casa honrada a la que iba a ser su esposa, mientras en mansión fastuosa preparábale morada.

Del centro de la ciudad en un sitio no lejano, mas ya casi en despoblado; todo humildad por fuera, mas dentro era suntuo­sidad, galas, holgura, esplendor, se encontraba el nido de amor, el coqueto camarín donde pensaba Rubín vivir con la de Alba-Flor.

Estaban ansiosos de tocar el supremo instante en que al fin su unión amante fuera bendecida por Dios; de sus anhelos en pos llegó en plazo perentorio, y en el privado oratorio de Alberto, en nombre del cielo, fray Benito del Carmelo santificó el matrimonio.

Fue de Estrella la partida tan abrumadora, que en el lecho del dolor a don Juan lo dejó casi sin vida. La pena homicida lo acercó al ataúd, pues en su vejez herido por dura garra, perdía el marqués de Ibarra la razón con la salud.

Presa de una voraz fiebre que su cuerpo consumía, se agita­ba noche y día en un delirio tenaz. Ni un solo instante de paz disminuía sus afanes: con furiosos ademanes se echaba del lecho afuera, y una lucha verdadera trababa con sus guardianes.

Con la cara bañada en llanto al mirar así al marqués, le dolía a la virtuosa Inés abrigando hondo quebranto. En su des­ventura ¡estuvo llorando amargamente! La palidez de su frente denunciaba su pesar, y sin cesar rogaba a la Virgen con voz doliente.

Un día don Juan consiguió evadir la vigilancia que con asi­dua constancia por cuidarlo se ejercía. Con presteza y energía saltó fuera de la cama; en sus ojos vibraba la llama del odio; con mano brusca se vistió, y se salió en busca de don Alberto y su dama.

Su agitación interior se revelaba en el semblante, corrió ciego, jadeante, a impulso de su furor. A la gente le daba pavor ver su faz enjuta y sombría; y por fin con alegría llegó a la triste calleja donde la joven pareja su hermosa mansión tenía.

Corriendo siempre, con nerviosismo llegó al umbral; de su garganta brotaron rugidos de odio infernal. Llamó. Le abrieron. ¡Con satisfacción miró que la puerta era abierta por su hija!, a quien su figura dejó helada de miedo, descolorida como una muerta.

Miró a Alberto, e impresa quedó en su faz la expresión feroz del león cuando se embelesa frente a frente de su presa. Hasta él, con lentas pisadas, denunciando claro sello en sus miradas de locura, llegó, erizado el cabello, y con las manos crispadas.

Levantó la voz bravía y, duro e incoherente, le insultó brus­camente con indómita energía. Al estar maldiciendo parecía la viva imagen de Satán; y finalmente, cumplido su afán de increparle en voz sañuda, descargó su mano ruda sobre la cara del galán.

Este ardió en indignación ante esa mortal ofensa, y sin­tió que una nube densa le turbaba la razón. Mas comprendió la anormal situación del marqués, y, fiel a su nobleza, quiso olvidar el cruel golpe, quiso huir de ese lugar, mas don Juan corrió tras él.

El febril anciano deseaba en su delirio inclemente, de Alberto en la sangre hirviente anegar su encono insano. Buscando el joven en vano ante aquella saña impía, en qué lugar se pondría bien a cubierto y seguro, bajó al subterráneo oscuro que en una sala se abría.

No se detuvo el marqués; estaba hecho una fiera, descendió por la escalera que miró abierta a sus pies. Vio Rubín el interés de su ruina en la acechanza del anciano; sin tardanza decidió defenderse, y cada uno se aprestó a desplegar su pujanza.

Don Juan formó un estrecho collar con sus brazos, pudo en indisoluble nudo a su contrario enlazar. Buscó un arma qué empuñar en el oscuro campo; de su cinto desenvainó con la diestra el puñal fino, y sus ojos de felino brillaron con luz siniestra.

En su ofuscamiento no había nada para calmar su odio. Por la tierra húmeda y fría rodó, a su contrario unido, y en lo más escondido del lóbrego subterráneo, le hundió su puñal en el cráneo dejándole sin sentido.

Ese esfuerzo aniquiló su postrera energía, y vacilante subió a tientas por la escalera. Ya fuera del subterráneo, Estrella viole y dio un grito; miró a su hija con estúpida expresión, sin saber su situación y sin comprender su delito.              

Lanzó su mirada vagamente en la estancia anchurosa, y prorrumpió en escandalosa carcajada dolorosa. Aquella risa nerviosa se convirtió en un lamento. Después se extinguió ese acento, se apagó su mirada, y su masa inanimada cayó sobre el pavimento.

En la casa del marqués, al notar presto su huida, corrió doña Inés a buscarle afligida con dos criados. Iban los tres por la calle inquiriendo con tesón, y, por oculta intuición, la marquesa, tras la huella que iban buscando, de Estrella les condujo a la mansión.

Llegaron. ¡Qué horrible escena!: el marqués estaba inmóvil, yerto; y de hinojos, junto al muerto, su hija, que llena de espanto miraba, muda de pena, con aspecto pavoroso, hacia el umbroso subterráneo, no se atrevía a bajar, por el temor de encontrar algo allí más horroroso.

De pronto en su faz quedó impresa otra expresión distinta, cual si ya -estuviera muerta su anterior pena voraz. Retrató paz en su mirada hechicera; una risa placentera plegó su labio menudo, mas no pudo articular ni siquiera una sílaba.

El golpe que de tan de repente y de ruda manera la es­tremeció, dejó muda a la víctima inocente; dentro su pálida frente lanzó la sombra que más espanta; y en tanta desdicha el hado reinar hizo impío en su cerebro el vacío, el silencio en su garganta.

Ya no se escucharía más el dulce acento de su boca angelical. Ya no más el pensamiento animaría su mirada: desde aquel infausto día sería la hermosa Estrella un ser inútil, sin huella de luz en su mente fría.

Estrella fue a la paternal mansión conducida por los tres: cuerpo sin vida, espíritu en inacción. Adormida su razón, sin volver a la salud, vivía en dulce tranquilidad sin dichas ni desengaños, y así pasaban los años de su inerte juventud.

De cierto nada se supo, y supuso doña Inés que el pobre marqués de Rubín había muerto; que por salvarse huía Alberto a otra lejana ciudad; y en su negra oscuridad guardó el hondo subterráneo la terrífica verdad de aquel drama momentáneo.

La marquesa en su vejez, muerta su única adoración, ves­tida con negra túnica, pálida y mustia la tez; hundida en el tenebroso abismo de la viudez, sufría con heroísmo, y mientras ella lloraba, idiota reía Estrella sumergida en su mutismo.

Una tarde, ¡cosa rara!, brilló en su mente un fulgor; sintió cual si de un sopor profundo se despertara. Su memoria se aclaró tras largo desconcierto: recordó al marqués y a Alberto presas de homicido afán, el cadáver de don Juan y un nido de amor desierto.

Escuchó nuevamente el ruido que del sótano salía: los ecos de aquella incrédula lucha; después el gemido de Alberto al sentirse herido. Miró llegar a una dama: doña Inés. Oculta llama fue su cerebro a alumbrar, y se dirigió a su antiguo hogar para reconstruir el drama.

Nadie la veía. Salió sin vacilación; se dirigió a la mansión que habitó en lejano día. Llegó. ¡Qué sola y sombría estaba la casa antes bullidora! Una vieja servidora la cuidaba, que al abrir, sintió el asombro acudir a ella al ver a su señora.

Estrella, sin vacilar, llevando una luz por guía, bajó al oscuro sótano. A ese lugar no habían vuelto a bajar desde la muerte de Alberto. Avanzó, y al rayo incierto, vio descarnado un cuerpo y con un puñal clavado en el cráneo descubierto.

Gritó. Corrió demente llevando consigo el cráneo, y que­riendo encontrar abrigo a su dolor inclemente. Más sin fuerzas, impotente, fijó la vista en el cielo, sintió de la muerte el hielo, cayó inerte en el umbral, y unidos cráneo y puñal rebotaron en el suelo.

La verdadera leyenda narra que allí quedó el cuerpo divino de doña Estrella de Ibarra. La muerte dejó en su rostro la garra impresa, pero no fue tan cruel, pues quedó aquella hermosura como clásica escultura debida a insigne cincel.

En la mañana siguiente una muchedumbre numerosa acompaño a la víctima inocente hasta la fosa. Según costumbre piadosa hija de santo fervor, la insignia del Redentor se erigió sobre Ia puerta en cuyo umbral cayó muerta la heredera de Alba-Flor.

La gente desde aquel día horrorizada decía que en esa triste calleja en la noche se escuchaba una larga queja que rasgaba el dormido ambiente, y que, inmóvil e imponente, la calavera de Alberto lanzaba al espacio abierto su fulgor fosforescente.

La calle, en su soledad triste, la señal sombría de aquel cuadro de agonía dejó a la posteridad. Hasta hace poco, en verdad, sufrió severa maldición, pues la habitó gente de pésima fama, y hasta la fecha se llama Calle de la Calavera.


Fuente:
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 57 – 63.

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