El chontal enamorado de la reina

La formidable raza chontal, hoy venida a menos, se extendía antiguamente dominadora y brava por Tabasco, parte de Chiapas y el Istmo de Tehuantepec, y en todas aquellas regiones aún se recuerda la leyenda que aquí se cuenta.

Campaba por sus privilegios en las sabanas tabasqueñas, en las lomas de Ocotzingo y en las riberas del río Coatzacoalcos, en los tiempos en que en Tenochtitlán imperaba Ahuítzotl y en el reino zapoteca dominaban Cosijoeza y su hijo, un gigantesco y hercúleo indio chontal llamado Chersjalm, famoso por sus bárbaras hazañas. Aquel salvaje tenía devastadas las regiones tropicales por donde pasaba cometiendo tropelías; asaltaba a los viajeros, y los despojaba de sus objetos y mercaderías; aterra­ba a las fieras, que le huían; derrotaba a quienes trataban de perseguirle, llamando en su auxilio a otros chontales y chochos partidarios suyos y ya su fama se extendía a Tehuantepec y a Mitla, a Huacxacan y a Teozapotlán, capital de los mixtecos. También en Tenochtitlán se conocían las fechorías del terrible chontal, por haber atacado a algunos mercaderes aztecas que transitaban por la zona cálida que el bárbaro gigante domi­naba.

Era despiadado y tenía tan criminales caprichos, que se decía que le gustaba alimentarse con entrañas de niños así como sorber la sangre fresca de las venas de sus víctimas; esta costumbre aumentaba el terror y el miedo que su proximidad causaba entre los indígenas de aquellas selvas. También se decía que su fuerte voz de gigante poderoso provocaba pavor en bosques y montañas, haciendo retemblar los abismos pon su eco formidable.

No había poder humano que fuera capaz de controlar a aquel hombre desnudo e impetuoso, que andaba de aquí para allá cometiendo fechorías y abusando de su fuerza, así como burlándose de las leyes y de las buenas costumbres, decidién­dose por dejarle aislado en sus selváticas madrigueras, como a un tigre peligroso, como a una fiera temible. Sin embargo, aquel monstruo indígena tenía una debilidad: era sensible al amor...

Y sucedió que una fiera, una alimaña venenosa y estranguladora como él, fue la que llegó a reducirlo a la impotencia. Una tarde dormía el gigante en la tranquilidad de uno de sus bosques favoritos cuando sintió que una serpiente poderosa se le enroscaba en su cuerpo desnudo, tratando de estrangularlo por constricción al apretarle el cuello con sus anillos y al atarle los brazos, al mismo tiempo que lo mordía en la tetilla y en la barba, inyectándole el virus mortal. Fuerte como era, luchó por soltarse del envolvente reptil, zafando los brazos y arrancándose a trozos la serpiente enfurecida, que allí quedó muerta. Pero no podría librarse fácilmente del veneno que la bestia le había inyectado y, en busca de salvación, se echó a correr hacia algún río en donde pudiera refrescar su boca febril, orientándose al mismo tiempo hacia el sitio en que él conocía que había una planta milagrosa que era el antídoto contra la mordedura de los ofidios. Así caminó toda la tarde y toda la noche, por los sende­ros del Istmo, cayendo extenuado a las orillas de un parque de Tehuantepec en que había flores y cultivos delicados, y que eran nada menos que los jardines de la reina Coyolicaltzin, esposa de Cosijoeza, rey de los zapotecas, hija de Ahuízotl, famosa por su belleza y la dulzura de su carácter. Allí se le nubló la vista al gigante herido y calenturiento, que aún tuvo tiempo de ver la planta curativa y arrancar unas hojas para ponérselas en las heridas sanguinolentas, terminó por cerrar los ojos y dormirse aletargado por el veneno que circulaba por su sangre.

La joven y graciosa reina Coyolicaltzin salió muy de maña­na a pasear por los jardines de sus dominios tehuantepecanos, acompañada de algunas nobles indias de su palacio. Inmediata­mente dio con el gigante derribado, sangrante y quejándose de dolor, mostrando en las heridas la yerba milagrosa, que oprimía con sus manos trémulas. Comprendió en seguida, por la yerba aplicada a las mordeduras, lo que le estaba pasando a aquel hombre derribado, y acudiendo en su auxilio, ordenó que lo llevasen a palacio y fuera atendido por los curanderos mágicos que sabían cómo salvar a los atacados por las serpientes. El rey, al enterarse, ordenó que se respetara al salvaje herido y que se cumpliera la voluntad de la reina generosa.

Los curanderos zapotecas, tradicionalmente hábiles y sabios en aquellos menesteres, lograron sanar al chontal gigantesco, quedando maravillado de ello, cuando al abrir los ojos en el petate en que yacía, débil y cansado por la calentura, se per­cató del sitio en donde estaba y de quiénes le habían vuelto a la vida. Gran sorpresa se llevó al ver a su lado a la gentil Coyolicaltzin, que se había interesado por él y lo visitaba para preguntarle cómo se sentía... El bárbaro yacente se conmovió ante la hermosura y las delicadezas de la reina y empezó a sentir por ella una inefable adoración, aunque, en sus impul­sos de salvaje, no dejaba de pensar en lo agradable que sería raptarla bárbaramente y llevársela a sus bosques y montañas, para poder amarla a sus anchas en la soledad...

La reina bondadosa, con sus sonrisas suaves y encantadoras, tranquilizaba aquellos impulsos en el ánimo del feroz gigante, serenándolo con el hechizo de sus miradas dulcificadoras. El sintió que la amaba gratamente, como a un ángel salvador, y sometió sus bríos salvajes a las dulzuras de la exquisita soberana.

Cuando sanó, se hizo saber al forastero que iba a quedar libre, pero que antes tenía que luchar con tres campeones mixes, zapotecos y mixtecos, armados de macanas. Chersjalm aceptó. Se improvisó una fiesta para el acto, asistiendo Coyolicaltzin y su real esposo a presenciar la lucha, colocándose un toldo orlado de perlas y recamado de oro.

El triunfo fue instantáneo. Nadie tuvo tiempo de ver cómo el gigante chontal, con rapidez inusitada, venció a los tres gla­diadores que le habían enfrentado, cuyos cráneos deshechos rodaron por tierra.

La reina exigió entonces a Cosijoeza que cumpliera lo pro­metido: liberar al vencedor. Y así se hizo, ordenó a otro chontal que había en la corte, y que hacía las veces de intérprete, que le comunicara al gigante que podía retirarse a sus montañas, y no volver a bajar por allí, so pena de no perdonarlo si insistía.

Pero el bárbaro se negó a irse; dijo que quería ser esclavo de los monarcas; que quería llevar a sus espaldas a la reina a donde quiera que fuese, y que se quedaría para servirla, porque era más fuerte que los demás y les sería útil y fiel.

No tardó en demostrarlo, porque al poco tiempo desapareció misteriosamente Coyolicaltzin de los jardines de Cosijoeza. La habían raptado los aztecas, capitaneados por Tiloilitzin, que viniera con unos embajadores a pedir permiso al rey zapoteco para pasar con sus tropas por el istmo. (El plan era apoderarse de los secretos militares de los zapotecos).

Al gigante lo tenían preso, por miedo a su temeridad; pero en aquella ocasión se acordaron de él en la corte, porque, ¿Qué otro valiente sería capaz de perseguir a los soldados de Ahuízotl, suegro de Cosijoeza, y arrebatarle a la reina desaparecida dos días antes?

Lo comisionaron para ingente empresa, no sin recelar el rey que el salvaje fuera a querer para sí a la gentil y linda soberana, una vez recobrada.

El gigantesco chontal salió como una fiera en persecución de los fugitivos, olfateando con su instinto salvaje el perfume de la reina robada. Y abriéndose paso a estacazos entre la selva, llegó una noche al campamento en donde los raptores estaban entregados al sueño y la reina dormía vigilada por la guardia. Inmediatamente aniquiló a golpes con un tronco de árbol a los guardianes y tomando en sus fornidos brazos a la reina, huyó con ella veloz como un relámpago, llevándosela a Cosijoeza, que en brazos la recibió también, emocionado por la hazaña del gigante, a quien premió largamente: le concedió el privilegio de cargar siempre en sus hercúleos hombros a Coyolicaltzin, con lo que el bárbaro sometido era feliz, porque la amable sonrisa de aquella princesa lo había domesticado y la amaba como un esclavo ciego, gozando en llevarla a sus espaldas en el asiento con dosel recamado de perlas y de oro que brillaba gloriosa­mente...

Fuente: 
Ediciones Leyenda – México y sus leyendas. Compilación, p. 75 – 78.

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