La monja filósofa. Las filosofías y las ciencias

Dejemos que sea la misma Sor Juana quien nos relate cómo inició su vida en el Convento de San Jerónimo:

"Solía sucederme que, como entre otros beneficios, debo a Dios un natural tan blando y tan afable y las religiosas me aman mucho por él (sin reparar, como buenas, en mis faltas) y con esto gustan mucho de mi compañía, cono­ciendo esto y movida del grande amor que las tengo, con mayor motivo que ellas a mí, gusto más de la suya: así, me solía ir los ratos, que a unas y a otras nos sobraban, a consolarlas y a recrearme con su conversación. Reparé que este tiempo hacía falta a mi estudio y hacía voto de no entrar en celda alguna si no me obligase a ello la obedien­cia o la caridad: porque, sin este freno tan duro, al de sólo propósito le rompiera el amor; y este voto (conociendo mi fragilidad) le hacía por un mes o por quince días; y dando cuando se cumplía, un día o dos de tregua, lo volvía a renovar, sirviendo este día, no tanto a mi descanso (pues nunca lo ha sido para miel no estudiar) cuanto a que no me tuviesen por áspera, retirada e ingrata al no merecido cariño de mis carísimas hermanas."

"Bien se deja en esto conocer cuál es la fuerza de mi inclinación. Bendito sea Dios que quiso que fuese hacia las letras y no hacia otro vicio, que fuera en mí casi insu­perable; y bien se infiere también cuan contra la corrien­te han navegado (o, por mejor decir, han naufragado) mis pobres estudios. Pues aún falta por referir lo más arduo de las dificultades, que las de hasta aquí sólo han sido estorbos obligatorios y casuales que indirectamente lo son: y faltan los positivos que directamente han tirado a es­torbar y prohibir el ejercicio."

Sor Juana se había impuesto una serie de obligaciones que le robaban su tiempo de estudio y le amargaban su cotidiana existencia. Del palacio de los virreyes llegaban cons­tantemente solicitudes que debía atender. Su vida cortesa­na no se había interrumpido. El virrey y la virreina la visitaban casi a diario para pedirle que escribiera versos convencionales con motivo de onomásticos, cumpleaños, envíos de presentes, excusas y condolencias. Toda clase de pretextos hacía producir a la poetisa, contra su deseo, "que yo nunca —dice ella— he escrito cosa alguna por mi vo­luntad, sino por ruegos y preceptos ajenos".

Contraponiendo las vanidades a la sabiduría se afian­zaba en su amor a ésta, y recriminaba a aquellas, diciendo al mundo que la hostigaba:


"En perseguirme, Mundo, ¿qué interesan?
¿En qué te ofendo, cuando sólo intento
poner bellezas en mi entendimiento,
y no mi entendimiento en las bellezas?
Yo no estimo tesoros ni riquezas;
y así, siempre me causa más contento
poner riquezas en mi entendimiento,
que no mi entendimiento en las riquezas.
Yo no estimo hermosura, que, vencida,
es despojo servil de las edades,
ni riqueza me agrada, fementida,
teniendo por mejor, en mis verdades,
consumir vanidades de la vida,
que consumir la vida en vanidades"

Pero no cesaban virreyes, clérigos y cortesanos en co­mentarle y consultarle asuntos políticos y sociales, y hasta religiosos. Su extraordinaria actividad cultural y social po­día equipararse a la que vivieron, por ejemplo, algunas mujeres del Renacimiento italiano. Prueba de ello fue el aprecio y respeto que le profesaron los más connotados in­telectuales de su tiempo, mexicanos y extranjeros.

Entre los amigos intelectuales de Sor Juana, y cuya in­fluencia le fue determinante, se encontraba el sabio mexi­cano del siglo XVII: don Carlos de Sigüenza y Góngora, pariente del gran poeta español, cuya personalidad cultu­ral, de algún modo empataba con la de Sor Juana.

Carlos Sigüenza y Góngora fue poeta, filósofo, arqueólo­go, crítico, matemático y naturalista mexicano. Ingresó a la edad de 15 años en la Compañía de Jesús pero la dejó a los 22, conservando, sin embargo, buenas relaciones con los jesuítas. Fue capellán del Hospital del Amor de Dios y ca­tedrático de Filosofía y Ciencias Exactas en la Universidad. Su fama llegó hasta España donde Carlos II lo nombró Geó­grafo Mayor del Rey, asignándole una importante pensión.

Alrededor de este hombre tan notable gira la vida cul­tural del Virreinato, en donde Sor Juana sigue vigente. La vasta erudición de don Carlos debió ejercer gran influencia en la monja ya que en ambos había florecido prematura­mente el mismo espíritu filosófico, la misma curiosidad científica, influidos por Descartes, que se refleja en el pen­samiento de la monja filósofa. Los dos lucharán toda su vida por vencer el medio, librarlo de supersticiones y al­canzar la verdad.

En 1680 don Carlos saca a la luz su Manifiesto Filosófico contra los Cometas, con el fin de combatir las supersticiones. Mientras tanto, Sor Juana sigue con interés científico la aparición del meteoro, revisando los estudios del Padre Kino, célebre astrónomo tirolés, a quien se atreve a refutar Sigüenza y Góngora en su Libra Astronómica y Filosófica, y de quien deja memoria la poetisa en un soneto que dedicó al astrónomo. He aquí el soneto:

Aunque es clara del Cielo la luz pura,
clara la Luna y claras las Estrellas,
y claras las efímeras centellas
que el aire eleva y el incendio apura;
aunque es el rayo claro, cuya dura
producción cuenta al viento mil querellas
y el relámpago que hizo de sus huellas;
medrosa luz en la tiniebla oscura;
todo el conocimiento torpe humano
se estuvo oscuro sin que las mortales
plumas pudiesen ser, con vuelo ufano,
Ícaros de discursos racionales,
hasta que el tuyo, Eusebio soberano,
les dio luz a las Luces celestiales.

La ciencia era para Sor Juana uno de sus más grandes anhelos de investigación, una aspiración profunda, y sobre todo, una exigencia racional que habría debido traducirse en experimentación efectiva, según las tendencias imperiosas de los tiempos, favorecidas por la existencia misma del Nuevo Mundo; pero su posición como monja y religiosa no era ciertamente la más llana para sacar adelante aspira­ción tan esencial, ni podía disponer ella de los instrumen­tos y contactos, por limitados que fueran, que tenía a su disposición Sigüenza. De él, hay quien dice que nunca cre­yó en la divulgación científica expresada en bellas letras y hermoso estilo, aun demostrando, en muchas ocasiones, ser por entero y totalmente hombre de cultura; y por lo tanto, nunca mezcló, las dos vocaciones: la artística y la científica. Además de su amistad con Sigüenza y Góngora, Sor Juana cultivó relaciones amistosas, personalmente o por co­rrespondencia, con otros hombres de letras, pero ninguno ejerció sobre ella tan poderosa influencia y supo apreciarla mejor que don Carlos, ni a ningún otro admiró y quiso tan­to la monja. Estas relaciones la alimentaron espiritualmente, después de sus libros, con los que tuvo siempre "intimo y familiar comercio", pero a los que les faltaba el calor humano y la retroalimentación del maestro. Ella plasmaría su queja en el papel:

"Yo confieso que me hallo muy distante de los términos de la sabiduría y que la he deseado seguir, aunque a 'longe'. Pero todo ha sido acercarme más al fuego de la perse­cución, al crisol del tormento; y ha sido con tal extremo que han llegado a solicitar que se me prohíba el estudio. "Una vez lo consiguieron como una Prelada muy santa  y muy cándida que creyó que el estudio era cosa de Inquisición y me mandó que no estudiase. Yo le obedecí (unos tres meses que duró el poder ella mandar) en cuanto a no tomar libro, que en cuanto a no estudiar absolutamente, como no cae debajo de mi potestad, no lo pude hacer, por­que no estudiaba en los libros, estudiaba en todas las cosas que Dios crió, sirviéndome ellas de letras y de libro toda esta máquina universal. Nada veía sin reflexa; nada oía sin consideración; aun en las cosas más menudas y materiales; porque como no hay criatura, por baja que sea, en que no se conozca el me fecit Deus, no hay algu­na que no pasme el entendimiento, si se considera como se debe. Así yo, vuelvo a decir, las miraba y admiraba todas; de tal manera que de las mismas personas con quie­nes hablaba, y de lo que me decían, me estaban resultan­do mil consideraciones. ¿De dónde emanaría aquella variedad de genios e ingenios, siendo todos de una espe­cie? ¿Cuáles serían los temperamentos y ocultas cuali­dades que lo ocasionaban? Si veía una figura, estaba combinando la proporción de sus líneas y midiéndola con el entendimiento y reduciéndola a otras diferentes. Paseá­bame algunas veces en el testero de un dormitorio nuestro (que es una pieza muy capaz) y estaba observando que siendo las líneas de sus dos lados paralelas y su techo a ni­vel, la vista fingía que sus líneas se inclinaban una a otra y que su techo estaba más bajo en lo distante que en lo próximo: de donde infería que las líneas visuales corren rectas, pero no paralelas, sino que van a formar una figu­ra piramidal. Y discurría si sería ésta la razón que obligó a los antiguos a dudar si el mundo era esférico o no. Por­que, aunque lo parece, podía ser engaño de la vista, demostrando concavidades donde pudiera no haberlas."

Su inquietud intelectual, llevaba a la musa a buscar otra forma de adquirir conocimientos. Sor Juana escribiría al respecto:

"Este modo de reparos en todo me sucedía, y sucede siem­pre sin tener yo arbitrio en ello, que antes me suelo enfadar porque me cansa la cabeza; y yo creía que a todos sucedía lo mismo, y al hacer versos, hasta que la expe­riencia me ha demostrado lo contrario: y es de tal manera esta naturaleza o costumbre, que nada veo sin segunda consideración. Estaban en mi presencia dos niñas jugan­do con un trompo y, apenas yo vi el movimiento y la figura, cuando empecé, con toda esta mi locura, a considerar el fácil motu de la forma esférica; y cómo duraba el impulso ya impreso e independiente de su causa, pues distante la mano de la niña, que era la causa motiva, bai­laba el trompillo: y no contenta con esto, hice traer hari­na y cernerla para que, en bailando el trompo, encima, se conociese si eran círculos perfectos o no los que descri­bía con su movimiento: y hallé que no eran sino unas líneas espirales que iban perdiendo lo circular cuando se iba remitiendo el impulso. Jugaban, otras, a los alfileres (que es el más frívolo juego que usa la puerilidad); yo me llegaba a contemplar las figuras que formaban; y viendo que acaso se pusieron tres en triángulo, me ponía a enla­zar uno en otro, acordándome que aquella era la figura que dicen tenía el misterioso anillo de Salomón, en que había unas lejanas luces y representaciones de la Santísi­ma Trinidad, en virtud de lo cual obraba tantos prodi­gios y maravillas; y la misma dicen tuvo el arpa de David y que por eso sonaba Saúl a su sonido; y casi la misma conservan las arpas en nuestros tiempos".                          

En sus ansias de investigación y experimentación, en su insaciable curiosidad científica Sor Juana analiza todo y todo lo escribe. Hasta a la cocina llega su afán de investigar:

"Pues ¿qué os pudiera contar, señora, de los secretos na­turales que he descubierto estando guisando? Veo que un huevo se une y fríe en la manteca o aceite, y, por contrario, se despedaza en el almíbar; ver que para que el azúcar se conserve fluida basta echarle una muy mínima parte de agua en que haya estado membrillo y otra fruta agria; veo que la yema y clara de un mismo huevo son tan contrarias, que en los unos, que sirven para el azú­car, sirve cada una de por sí y juntos no. Por no cansaros con tales frialdades, que sólo refiero por daros entera no­ticia de mi natural y creo que os causará risa; pero, seño­ra, ¿qué podemos saber las mujeres sino filosofías de cocina? Bien dijo Lupercio Leonardo: qué bien se puede filosofar y aderezar la cena. Y yo suelo decir viendo estas cosillas: Si Aristóteles hubiera guisado, mucho más hu­biera escrito. Y prosiguiendo en mi modo de cogitaciones, digo que esto es tan continuo en mí, que no necesito de libros; y en una ocasión que, por un grave accidente de estómago, me prohibieron los médicos el estudio, pasé así algunos días, y luego les propuse que era menos dañoso el concedérmelos porque eran tan fuertes y vehementes mis cogitaciones que consumían más espíritus en un cuar­to de hora que el estudio de los en cuatro días; y así se redujeron a concederme que leyese; y más, señora mía, que ni aun el sueño se libró de este continuo movimiento de mi imaginativa; antes suele obrar en él más libre y desembarazada, confiriendo con mayor claridad y sosie­go las especies que ha conservado del día: arguyendo, haciendo versos, de que os pudiera hacer un catálogo muy grande, y de algunas razones y delgadezas que he alcan­zado dormida, mejor que despierta; y las dejo por no can­saros, pues basta lo dicho para que vuestra discreción y trascendencia penetre y se entere perfectamente en todo mi natural y del principio, medios y estado de mis estu­dios".

Dicen las crónicas de sus contemporáneos que Sor Jua­na se enfermaba con frecuencia. Quizá le afectaba su inten­sa y exaltada vida interior y esto repercutía en su salud. Pero hay quien califica su hiperactividad intelectual como un problema psicológico:

"Su vida debió de ser un tormento acrecentado por su complejidad psicológica"; e incluso, hay quien se ha atrevi­do a sugerir que era "anormal en cuanto a su sexualidad" (se negó al matrimonio). Pero sus críticos más prestigiados y más confiables la proclaman como una mujer extraordi­nariamente inteligente, adelantada a su época: la primera feminista latinoamericana.

Fuente: 
Los Grandes Mexicanos – Sor Juana Inés de la Cruz, Editorial Tomo, 3° edición, p. 65 – 73.

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