Mahoma. Comienza la difusión de la fe

No fue sino hasta que encontró la plena seguridad dentro de su alma, que Mahoma comenzó a predicar la nueva fe. Se dice que uno de los primeros conversos fue su siervo Zaid, quien pertenecía a la tribu de Kalb y había sido capturado de niño por una banda de traficantes de esclavos que pertenecía a la misma tribu de Mahoma, y por alguna negociación, este joven había pasado a ser de su propiedad; pero con el tiempo Mahoma había llegado a apreciarlo tanto que finalmente lo adoptó como hijo. Cuando Zaid aceptó el llamado de la nueva fe, se convirtió en el más fiel servidor de Mahoma y en su principal guardián. La propuesta de la nueva fe que Mahoma predicaba representaba un peligro para él y su familia, pues de hecho constituía una herejía y una traición a su estirpe, pues él descendía precisamente de los guardianes del templo de la Kaaba, por lo que era su deber la defensa de la tradición, y de ninguna manera el repudio de las antiguas prácticas, como era la adoración de los múltiples dioses; especialmente debía cuidarse de los descendientes de Abd Xams, quienes habían cultivado el odio hacia sus primos, los descendientes de Haxim, que era la estirpe de Mahoma y que siempre había tenido preeminencia sobre aquellos parientes, tanto en el sentido financiero como en el político; por lo tanto era de esperarse que al conocer la desviación herética que ahora predicaba su primo, habrían de presionar para disputar a la familia la custodia de la Kaaba y los privilegios que a ellos reportaba. El jefe de esta rama de los Coarix era Abu Sufián, quien era bisnieto de Abd Xams, quien a su vez fuera hermano de Haxim, fundador de la familia a la que pertenecía Mahoma; él era un personaje rico, ambicioso y de gran inteligencia, por lo que era un rival muy poderoso y se debía tener mucho cuidado para evitar un enfrentamiento directo con él.

Así que el nacimiento del Islam se desarrolló prácticamente como algo clandestino y con gran lentitud, tanto que al final de los tres primeros años no contaba con más de cuarenta adeptos, siendo ellos familiares directos de Mahoma, algunos extranjeros, y los demás esclavos; entre ellos formaban una especie de cofradía hermética o sociedad secreta, pues se reunían a practicar sus nuevos ritos en casa de alguno y a puerta cerrada, o bien en una cueva cercana a la ciudad que tenían como refugio secreto, pero llegó el momento en que tal secreto comenzó a vulnerarse y llegó a suceder que una turba irrumpió en la cueva durante uno de sus ritos y se produjo un violento enfrentamiento; fue entonces cuando Saad, un armero converso golpeó a uno de los atacantes en la cabeza y le causó una herida, por lo que este personaje pasó a la historia del Islam como el primero de sus guerreros, que derramó sangre para defender la verdadera fe. 

Pero la oposición principal no provenía del pueblo bajo, sino de las esferas del poder de La Meca, cuyos principales representantes eran parientes del propio Mahoma. Uno de sus principales oponentes era tío suyo, llamado Abu Lahab, que era un hombre rico y poderoso, además de que uno de sus hijos, Utba, se había casado con la tercera hija de Mahoma, Rugaya, por lo que la situación familiar era muy delicada, y todavía más porque el tío Abu Lahab era esposo de Umm Chamil, quien era hermana de Abu Sufián, identificado como el jefe de la familia que siempre había disputado la custodia del templo; así que el tío Abu Lahab tomó el partido de los detractores de su sobrino y condenó públicamente a Mahoma por lo que decía ser una conducta herética, aduciendo que eso traería grandes males a la ciudad y en especial a la tribu de los Coraix. 

Esta violenta oposición, por parte de su propia familia, perturbó seriamente el ánimo del profeta, quien entró en un periodo de melancolía tan pronunciado que sus allegados comenzaron a temer por su salud física y mental. Pero en medio de esta nueva crisis, Mahoma tuvo una nueva visión, en la que recibió la orden expresa de que saliera de su estado pasivo y se dedicara a proclamar de manera pública y valiente la nueva fe, comenzando por enfrentarse ideológicamente a los miembros de su familia y de su tribu, para vencer el obstáculo que lo tenía paralizado. 

Este era el cuarto año desde el momento en que había recibido el primer mensaje y aceptado su misión, y para la tradición islámica marca el principio de un movimiento que no habría de detenerse ya ante ningún obstáculo. Lleno de entusiasmo y valentía, Mahoma reunió a todos sus familiares coraxíes de la rama de Haxim en la colina de Safa, cercana a La Meca, para explicarles los fundamentos de la nueva doctrina. Todos acudieron al llamado, incluyendo a su tío Abu Lahab y la esposa de éste, Umm Chamil; pero cuando Mahoma comenzó su discurso, Abu Lahab le recriminó violentamente el haberlos llamado para predicarles sus ideas heréticas, pero no solamente lo increpó con palabras, sino que tomó una piedra y amenazó con lanzársela si no renunciaba a pronunciar sus malévolas palabras. El profeta no se amilanó ante tal amenaza, más al contrario, respondió con una inusitada energía, lanzando sobre el tío una mirada llena de ira, al tiempo que lo maldijo, augurándole la muerte en la hoguera y diciendo además que sería su propia esposa, Umm Chamil, la que llevaría las ramas para aumentar el fuego. 

Ante estos hechos, se disolvió la reunión y todos se marcharon, sumidos en una gran confusión. Abu Lahab y su esposa se sintieron profundamente indignados por la maldición que el sobrino les había lanzado en público, por lo que decidieron que su hijo, Utba, debía repudiar a su esposa, Rugaya, quien, como ya sabemos, era hija de Mahoma. Lo que realmente se llevó a cabo, con gran pena para ella y para el propio Mahoma; aunque éste no permitió que lo dominara el desánimo, tanto por el incidente de la hija como por el rotundo fracaso de su primera predicación pública; así que volvió a convocar una reunión con los haximíes, pero ahora invitándolos a su propia casa y obsequiándolos con leche y cordero asado, con lo que se estableció un ambiente propicio para la conversación; así que en el momento oportuno se levantó y narró con detalle las revelaciones que había tenido y en especial el mandato de comenzar con su familia para establecer el nuevo orden religioso: 

Hijos de Abd al-Muttalib, de entre todos los hombres, Alá ha distinguido a nuestra familia para recibir sus inapreciables dones. Es en su nombre que yo os ofrezco las mayores bendiciones de este mundo y una alegría que no tendrá fin... ¿Quiénes de ustedes son capaces de recibir la bendición y la responsabilidad de lo que les ofrezco?... ¿Quién quiere ser mi hermano, mi visir? Todos permanecieron en silencio, algunos trataban de interpretar la profundidad de esas palabras y la mayoría sonreía socarronamente; pero de pronto uno de los miembros más jóvenes de la familia, Alí, se levantó y dijo que de ahí en adelante él sería servidor del profeta, y que le suplicaba que lo aceptara, a pesar de su juventud y su debilidad física; Mahoma abrazó al muchacho y dijo a los demás: 

— Les presento a mi hermano, mi visir, mi representante; que todos escuchen sus palabras y le obedezcan de ahora en adelante. 

Ante estos hechos, la audiencia salió de su estupor y reaccionó de una manera indignante para el profeta y su joven prosélito, pues todos reían abiertamente y hacían bromas, inclinándose burlonamente ante el muchacho en señal de obediencia. 

Así que esta segunda presentación de la doctrina resultó incluso más frustrante que la primera, pues ahora todo había terminado en burla, lo que representaba una completa falta de respeto. El profeta siguió predicando ante pequeños grupos de la ciudad y fuera de ella, obteniendo solamente una tímida adhesión, principalmente por parte de las mujeres y algunos grupos de judíos que se sentían marginados, pero ellos rápidamente abandonaron la nueva fe al enterarse de que el profeta permitía a sus seguidores el comer carne de camello y de algunos otros animales que para ellos eran impuros, por lo que no solamente dejaron la nueva religión, sino que muchos de ellos se convirtieron en sus detractores. 

Aquellos fracasos no apagaron el fuego de la fe que se había encendido en el corazón de Mahoma, por el contrario, él sintió que esos contratiempos eran pruebas que Dios le enviaba para vencer sus debilidades, por lo que decidió seguir adelante a pesar de todo, pero ahora predicaría a todo aquél que se acercara, a campo abierto y sin la menor prudencia, pues la palabra de Dios debía llegar a todos los oídos, y la luz penetrar en todos los corazones, Alá era un dios único y él era su profeta, no había error en aceptar la misión y divulgar la palabra de Alá. Entonces comenzó a ir frecuentemente a las colinas de Safa y Kubeis, y al monte Hira, en el desierto, donde practicaba el ayuno y la meditación, para recibir nueva energía y revelaciones para la elaboración del Corán, donde su religión iba encontrando la forma que necesitaba para convertirse en un sistema coherente y evolucionado, como el judaísmo y el cristianismo. 


Fuente:
Los Grandes – Mahoma, Editorial Tomo, p. 39 – 44.

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