Mahoma. Los tiempos difíciles

Durante su vida como reformador religioso, Mahoma enfrentó graves dificultades y remontó obstáculos, pero tal vez nada fue tan difícil como el principio de su apostolado, cuando tuvo que soportar algo más duro que la hostilidad o la violencia: la indiferencia, e incluso la burla de sus conciudadanos e inclusive de su propia familia. Cuando él decidió dejar de actuar en la oscuridad y el secreto y comenzar su prédica pública, la gente murmuraba y reía a su paso, o lo increpaban con bromas de mala intención, para otros él era simplemente un pobre alienado que sufría ataques y delirios en los que pretendía comunicarse con los ángeles.

Pero la paciencia del profeta era mayor que aquellas formas de agresión que iban del humorismo a la conmiseración y poco a poco se le fueron presentando otro tipo de hostilidades que le resultaron favorables, pues eran ya formas de polémica con personajes que no pertenecían al pueblo bajo e ignorante, como ocurrió con un poeta llamado Amr, quien a pesar de ser muy joven era un intelectual reconocido por su capacidad retórica, lo que era un gran valor entre los árabes; Amr llegaría a convertirse al Islam y tuvo un papel importante en el desarrollo cultural de la religión, pero en aquellos tiempos era un mordaz detractor de Mahoma y se permitía escribir composiciones poéticas en las que lo ridiculizaba, mismas que comenzaron a circular entre los pequeños círculos cultivados de la ciudad, lo que, repetimos, fue favorable para Mahoma, pues comenzó a hablarse de él en niveles más elevados, e inevitablemente sus ideas se llevaron al terreno de la discusión, por lo que su propuesta fue tomando forma en la mente de la gente; aunque al principio solamente con el afán de demostrar lo impropio de sus planteamientos. Una vez, algunos de estos detractores intelectuales le pidieron pruebas sobrenaturales que dieran fe de su condición de profeta, aduciendo que los personajes que tenían esa categoría, como Moisés, Abraham o Jesús habían probado su relación divina haciendo milagros, por lo que le pedían que él mismo obrara algún milagro para que se pudiera considerar la validez de su palabra, a lo que Mahoma contestó:

— ¿Puede haber milagro mayor que el Corán?; éste no puede ser otra cosa que el producto de la revelación, pues ha sido escrito por un analfabeta... ¿Puede un hombre ignorante dar a luz argumentos tan sólidos e incuestionables?; ni uniendo el talento de varios intelectuales podría realizarse algo semejante. ¿Qué mayor prueba se puede tener de la intervención divina? El Corán, en sí mismo, es un milagro.

Seguramente ese argumento resultaba inquietante para aquellos hombres, pero ellos pedían algo más claro y objetivo, algo espectacular.

— Son ustedes como todos los hombres que siempre piden milagros para poder creer -respondió Mahoma-, pero eso es siempre negativo y contraproducente. Dios otorgó a Moisés la capacidad de obrar milagros, ¿pero qué fue lo que sucedió con eso? En vez de quedar impresionado con sus milagros, el faraón acusó a Moisés de brujería y lo expulsó junto con todo su pueblo de su territorio. Finalmente el faraón y su ejército se ahogaron en el Mar Rojo. ¿Quieren ustedes tentar a Dios para que haga milagros y después arriesgarse a recibir un castigo como el del faraón?

Dicen los escritores musulmanes que Mahoma había tomado por norma el no hacer milagros, pues esas prácticas no eran gratas a los ojos de Dios, porque rompían el orden de la realidad por él impuesto; aunque también dicen que Mahoma hacía uno que otro milagro de vez en cuando para ganarse algunos adeptos demasiado recalcitrantes. Así, se cuenta que en una ocasión hizo que se presentara ante él un toro, le sacó un cuerno sin lastimarlo y sacó de él un rollo en el que estaba escrito un capítulo del Corán. También se dice que en otra ocasión, cuando predicaba delante de un nutrido grupo, una paloma se posó en su hombro y le susurró al oído las palabras justas que debía pronunciar en ese momento, pues aquella paloma era en realidad un ángel del Señor. Otra vez, la tierra se abrió delante de él y afloraron dos jarras, una llena de miel y la otra de leche, lo que el profeta utilizó en su discurso a manera de ejemplo de la abundancia que prometía Alá a todos aquellos que obedecieran su ley.

Tal vez en la mente de los lectores de este sitio aparezca la suspicacia que siempre ha provocado el relato de estos milagros tan histriónicos y oportunos, pues no sería difícil preparar estos actos a manera de trucos de feria para impresionar a la gente. Aunque lo más probable es como dicen los propios escritores musulmanes, que el relato de estos milagros sean solamente leyendas sin fundamento, pues es poco probable que el profeta recurriera a tales argucias, aunque se tratase de verdaderos prodigios, ya que él estaba en contra de esa manera de convencer a la gente, pues se dice que el único camino que él reconocía como válido era el de la razón y la elocuencia, lo que es digno de ser creído, pues el proceso de conversión no fue explosivo, sino extremadamente lento y penoso, además de que su posición le causaba más problemas que beneficios al principio, sobre todo sus ataques en contra de la idolatría que se practicaba en la Kaaba, que poco a poco fue influyendo en la manera de pensar de la gente común, lo que terminó por alarmar a sus parientes, quienes eran guardianes del templo y por tanto ejercían el poder político. Como ya se ha visto, al principio los coraixíes no hicieron mucho caso de las declaraciones de aquél pariente al que consideraban solamente un desequilibrado, pero cuando vieron que su influencia crecía en el pueblo bajo y que esto podía lesionar su poder, le exigieron al padre adoptivo de Mahoma, Abu Talib, que hiciera callar a su sobrino o lo alejara de la ciudad para siempre, pero Abu Talib, quien ya era un anciano y sentía gran afecto por Mahoma, no prestó atención a esa iniciativa, por lo que la familia tomó una actitud mucho más agresiva, informando al anciano que si Mahoma y sus seguidores continuaban con sus herejías, lo pagarían con sus vidas, lo que alarmó a Abu Talib y de inmediato advirtió a su sobrino del peligro que corría; pero Mahoma no se intimidó, y respondió enfáticamente:

—Tío, aunque vengan contra mí armados con el sol a la derecha y la luna a la izquierda, yo nunca abandonaré la misión si Dios no me lo ordena, o es él quien me recoge de este mundo.

El anciano quedó impresionado por la firmeza de su sobrino y se solidarizó con él, aunque no era un convencido de sus prédicas, pero guiado por el amor y el respeto que le inspiraban sus palabras le aseguró que él nunca lo abandonaría en manos de sus enemigos, por lo que, aprovechando su prestigio, se puso en contacto con los parientes más cercanos, descendientes directos de Haxim y de Abd al-Muttalib, y les pidió que lo ayudaran a proteger a su sobrino de aquellos Coraix que pretendían matarlo para acallar sus prédicas. Aquello fue una difícil decisión para esos parientes, pues por un lado se sentían obligados con el anciano patriarca y debían respetar la solidaridad familiar que era una tradición sagrada entre los árabes, pero por otro lado tendrían que defender a quien ellos mismos consideraban un hereje, y además en contra de otros de su propia sangre, a pesar de todo decidieron obedecer a Abu Talib y proteger a Mahoma, el único que se negó fue Abu Lahab, quien había sido objeto de maldición por parte del profeta en aquella memorable primera prédica.

Las amenazas de los parientes coraixíes no eran ficticias, Mahoma fue atacado físicamente en la Kaaba y quizá ese atentado le hubiera causado la muerte, de no ser por la ayuda oportuna de uno de los familiares que habían pactado protegerlo, él se llamaba Abu Bakr y quedó herido en la lucha. Comenzó entonces un proceso de divisiones y gran tensión, no solamente en el interior de la tribu Coraix, sino en diversos sectores de la ciudad, lo que en realidad fue algo positivo para el desarrollo del Islam, pues al radicalizarse la polémica muchos pleitos antiguos se canalizaron por medio de la toma de partido, lo que significó el aumento de prosélitos para la nueva fe, además de que estos adeptos de nuevo cuño estaban bien dispuestos a luchar por esta opción disidente y por su líder, a quien hicieron depositario de toda su confianza. Pero Mahoma no quería que se desatara una guerra entre sus conciudadanos y propuso a sus recién convertidos prosélitos que evitaran el enfrentamiento y se refugiaran en Abisinia mientras se calmaban los ánimos; Mahoma había tenido muy buenas experiencias con los cristianos nestorianos de Abisinia, quienes cultivaban un espíritu apacible y tenían la virtud de la hospitalidad, por lo que Mahoma confiaba en que su gente sería bien recibida en esa región. Una de las razones para propiciar este exilio era el propiciar la seguridad de su hija Rugaya y del esposo de ella, Utimán Ibn Affan, a quien encomendó la jefatura de un primer grupo de emigrados, compuesto por once hombres y cuatro mujeres; ellos constituyeron la primera comunidad musulmana en el exilio. Estos hechos ocurrieron el quinto año de la misión del profeta y en la historia sagrada del Islam se conoce como la primera Hégira, o "huida"; aunque la más conocida, y que se reconoce como un hito fundamental en la evolución del Islam es la peregrinación que realizaron el propio Mahoma y sus seguidores de La Meca a Medina.

Aquellos primeros exiliados fueron bien recibidos en Abisinia, tal como lo había previsto Mahoma, así que otros conversos, hostilizados en su ciudad, decidieron seguir su ejemplo, de manera que el número de refugiados en Abisinia ascendió a más de cien personas.

Como una aparente paradoja, mientras más se hostilizaba a los seguidores de la nueva doctrina, aumentaba el número de conversos, por lo que los coraixíes que detentaban la custodia de la Kaaba presionaron para que se aprobara un decreto que prohibía, bajo severos castigos, el ejercicio de lo que para ellos era una herejía. Ante el peligro que representaba esta nueva ley, Mahoma optó por una retirada prudente, pero que no lo apartara de la gente que lo seguía y que se encontraba principalmente en La Meca; así que aceptó la hospitalidad de uno de sus discípulos, llamado Arquam, cuya casa se encontraba cerca de la colina de Safa, lugar éste que tenía una gran importancia simbólica para los árabes, pues se decía en sus tradiciones que en esa colina se había realizado el encuentro entre Adán y Eva, después de su largo desencuentro, además de que en esa colina había predicado el profeta Ismael, a quien los árabes concebían como el progenitor de su raza.

Durante el mes que Mahoma permaneció en casa de Arquam, se multiplicaron sus revelaciones y en consecuencia engrosó el Corán, además de que aumentaron las conversiones, lo que llenó de ira a sus detractores, quienes arengaron al jefe de la tribu que controlaba la región donde se encontraba la colina de Safa, llamado Abu Chahl, con la intención de que éste hostilizara a Mahoma, ya fuera que lo asesinara o al menos que lo obligara a huir lejos de la región. Abu Chahl efectivamente agredió al profeta, llegando incluso a producirle algunas heridas. Al conocer este hecho, Hamsa que era tío de Mahoma y pertenecía al grupo de quienes habían pactado su protección, se enfrentó con Abu Chahl y lo venció en fiera lucha, dejándolo gravemente herido. El jefe tribal se recuperó de sus heridas, pero su odio hacia el profeta se acrecentó y no deseaba otra cosa sino cobrar venganza, por lo que pidió a un sobrino suyo, Urnar Ibn al-Jattab, que fuera donde se encontraba el profeta y le diera muerte. Umar era un joven de veintitrés años de edad, pero con un físico impresionante, pues era casi un gigante, además de que era reconocido por su extraordinaria fuerza y su valor; era un personaje fuera de lo común, tanto que llegó a convertirse en una leyenda en todo el mundo árabe.

Aceptando el encargo, el joven se convirtió en sicario de su tío, pero no sólo de él, pues se dice que los coraixíes del templo le ofrecieron una jugosa recompensa si lograba matar a Mahoma: así que Umar tomó su daga y se fue en busca del profeta, pero en el camino se encontró con un coraixí que secretamente había aceptado la nueva doctrina; al darse cuenta de la misión de Umar, trató de disuadirlo:

— Antes de matar a Mahoma -le dijo-, piensa que así atraerás sobre ti el odio de sus familiares, quienes han jurado defenderlo; además deberías reflexionar si todos en tu propia familia están libres de herejía.

—¿Hay alguno de los míos que se haya alejado del buen camino? -preguntó Umar, asombrado.

— Así es: tu hermana Amina y su esposo Said.

Intrigado y molesto por esta afirmación, Umar se dirigió a casa de su hermana y la sorprendió leyendo el Corán junto con su esposo, por lo que consideró confirmado lo que se le había dicho; entonces actuó con violencia en contra de ambos y amenazó con darles muerte; la hermana, Amina, reaccionó diciendo:

— ¡Enemigo de Alá! Ahora tú nos golpeas y quieres matarnos por creer en el único Dios verdadero; pero debes saber que nada hará que nosotros nos apartemos de la verdadera fe... ¡No hay más Dios que Alá, y Mahoma es su profeta!... Ahora, Umar, ¡termina tu obra!

Conmovido por las palabras de su hermana, Umar pareció arrepentirse de su conducta y le pidió a su hermana que le mostrara el texto; consultándolo al azar, él encontró un pasaje que se encuentra en el capítulo vigésimo:

En nombre del Dios misericordioso, no hemos enviado el Corán al mundo para hacer daño a la humanidad, sino como una advertencia necesaria para enseñar a la gente a creer en el verdadero Dios, creador del cielo y de la tierra.

El Todomisericordioso está en su trono en lo más alto; a él pertenece todo lo que hay arriba, en los cielos, abajo en la tierra, y en las regiones existentes por debajo de la tierra.

No es necesario que pronuncies tus oraciones en voz muy alta. Dios conoce los secretos de tu corazón y escucha las voces más profundas de ti.

En verdad, yo soy Dios; no hay otro como yo. Sírveme a mí y no sirvas a ningún otro. No ofrezcas tus oraciones a otro más que a mí.

Umar siguió leyendo largo tiempo y mientras más se adentraba en las palabras se producía una transformación en su corazón; cuando levantó la mirada del texto era ya un converso, y un iniciado en la nueva religión.

Después reinició su camino y llegó hasta la casa de Arquam, donde se hospedaba el profeta, pero en vez de actuar con violencia manifestó humildemente su deseo de ser incluido entre los que creen en Alá y en su profeta; además, pidió que se le permitiera comunicar públicamente su conversión, lo que causó un gran efecto entre la gente, pues ese joven era considerado por algunos como un héroe y por otros como un energúmeno. La conversión de Umar fue un hecho importante para el Islam, tanto por el impacto psicológico que causó, como porque él, y el tío Hamza, quien, como ya hemos visto, tenía madera de guerrero, se constituyeron en la primera "guardia" de protección del profeta, lo que en sus condiciones era necesario. Contando con estos dos adalides, y otros hombres fuertes que se integraron a su guardia personal, Mahoma se atrevió a ir a La Meca, acercarse a la Kaaba, dar siete vueltas alrededor, tocar la piedra sagrada y realizar los demás ritos que marcaba la tradición, para después, públicamente, predicar las enseñanzas de la nueva religión. Evidentemente aquello era una provocación, pero nadie se atrevió a enfrentar a esos hombres que ya tenían una cierta organización militar y qué parecían estar dispuestos a todo por defender a su líder.

Apenas al día siguiente de aquella manifestación de religión y fuerza, Umar tuvo la osadía de presentarse completamente solo en el templo de la Kaaba y se puso a orar de la nueva manera, como musulmán, arriesgando la vida con ello, pero nadie se atrevió a molestarlo, lo que fue un gran triunfo para él, y desde luego para el Islam, pues a partir de entonces los seguidores de Mahoma aprendieron a no inclinar la cabeza ante nadie y hacer valer su libertad de culto incluso por medio de la violencia, si fuese necesario.

Aquellos triunfos de Mahoma crearon un ambiente muy tenso en la ciudad, tanto que se temía que pudiera desatarse una guerra civil, promovida por la rama de los coraixíes que detentaban el poder y que de ninguna manera estaban dispuestos a perderlo ante la posible destrucción de los fundamentos ideológicos que lo sustentaban. Ante esta situación, el tío de Mahoma y padre adoptivo, Abu Talib, le pidió que se refugiara en un castillo que tenía características de fortaleza, que era propiedad de los haximíes y que se encontraba cerca de la ciudad. Mahoma aceptó y se instaló en el castillo, en compañía de algunos de sus seguidores. La abierta protección del tío Abu Talib y de una rama de su familia, produjo la animadversión de la otra, como era de esperarse, pues aquella era una contradicción que había permanecido latente desde dos generaciones atrás, cuando los coraixíes del linaje de Haxim habían ganado la custodia del templo; así que ahora la pugna había dejado de ser diplomática y amenazaba con desencadenar una guerra, por lo menos al interior de la tribu, que de hecho ya se encontraba escindida por motivos económicos y políticos, por lo que la polémica religiosa era solamente un pretexto por parte de la rama de la familia que se había convertido en detractara de Mahoma, y ahora censuraba con acritud al patriarca Abu Talib, por defender al sobrino y proteger a sus heréticos seguidores, incluso en contra de la ley que los condenaba. El líder de la facción contraria era el propio Abu Sufián, y fue por su iniciativa que los miembros disidentes de la familia hicieron un pacto y lo formalizaron a modo de decreto tribal, prohibiendo a los miembros de la tribu Coraix que tuvieran cualquier tipo de relaciones con los haximíes, mientras éstos persistieran en su negativa de entregar a su pariente herético, Mahoma, para que fuera castigado de acuerdo a la ley. Este decreto se emitió el séptimo año de la llamada "misión del Profeta", y para darle validez, se escribió en un pergamino y se colocó en la Kaaba, a la vista de todos. Por un tiempo, esta medida resultó exitosa para los enemigos de Mahoma, pues ante el carácter sacramental del decreto, colocado en el templo, nadie se atrevió a oponerse al asedio que los seguidores de Abu Sufián hicieron sobre el castillo en el que se encontraban Mahoma y sus discípulos, quienes no tenían la suficiente fuerza para oponerse a los atacantes y tuvieron que parapetarse en su fortaleza, sufriendo las penurias de un estado de sitio, lo que hubiera sido en verdad desastroso si no se hubiera atravesado el mes de la "tregua religiosa", que era parte de la tradición ancestral de los árabes y era dada en virtud de la peregrinación anual a La Meca, que en las condiciones de constantes luchas entre las tribus no hubiera sido posible. Para no romper sus sagradas tradiciones, los atacantes se tuvieron que retirar, con lo que Mahoma y los suyos pudieron salir de su fortaleza-prisión. Ya libre, y confundido con la multitud de peregrinos, Mahoma se dedicó a reorganizar sus fuerzas y redoblar sus esfuerzos en la predicación, aprovechando la gran afluencia de gente que venía de todas las regiones árabes y que no estaban involucrados en los conflictos que hasta esos momentos eran internos de La Meca. Así fue que una circunstancia muy desafortunada se convirtió en breve tiempo en otra extraordinariamente afortunada, pues los peregrinos de La Meca no tenían los antecedentes y prejuicios del conflicto político interno y escucharon con atención la palabra de Mahoma, interesándose por el Corán, pues hasta ese momento los árabes carecían de una cultura escrita, y sobre todo de algo que les diera coherencia e identidad: el libro de los árabes.

La cosecha de conversos fue muy buena ese año y eso fue positivo en sí mismo, pero el efecto fue mucho mayor del que pudiera deducirse del número de personas a las que llego el mensaje, pues los depositarios de la doctrina llevarían la noticia a todas las regiones y a todas las tribus, y aunque esta diseminación primaria del Islam fuese el producto de una interpretación simple y rudimentaria, el efecto sería determinante para el desarrollo de la nueva fe; se dice que muchos jefes de tribus se convirtieron al islamismo en esa ocasión, así que la influencia de ellos en sus pueblos aceleraría la difusión en gran medida.


Fuente: 
Los Grandes – Mahoma, Editorial Tomo, p. 53 – 64.

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