Jesús. Agonía, muerte y resurrección

En su recorrido por las pedregosas calles rumbo al Gólgota, Jesús rehúsa beber el tónico adormecedor que las amorosas mujeres de Jerusalén le ofrecen, su sufrimiento debe ser plenamente consciente, ya ha soportado latigazos, insultos, desprecios, pero también se ha reconfortado por el amor de muchas personas que saben que él es inocente, que lo único que han recibido es amor, comprensión, palabras de aliento y la esperanza de compartir el reino de Dios después de dejar el mundo terrestre.

De entre las damas que asisten a esta injusta ejecución, varias de ellas, en cada ocasión que pueden, limpian el rostro de Jesús y él las mira, con infinita ternura, ya que incluso algunas de ellas reciben varios latigazos destinados al condenado, así es el recorrido hasta que llegan a la cima del monte, ahí Jesús es despojado de su ropa y colocado en la cruz para ser crucificado en verdad. Con martillazos que retumban en muchos metros a la redonda, él es clavado de las muñecas de las manos y en el empeine de los pies y Jesús sigue sin soltar un grito de dolor, ninguna lamentación y mucho menos una maldición hacia quienes lo condenan y castigan tan injusta y cruelmente. 

La gente que asiste a esta ejecución casi no habla, los soldados romanos, por una extraña razón, tampoco hacen comentarios sarcásticos e irónicos de los condenados (Jesús, Dimas y Gestas), cuando Jesús es alzado en la cruz, el grito de las mujeres galileas es sobrecogedor, ellas también sufren junto con él este tormento injusto; sin embargo, Jesús los ve a todos desde lo alto de su suplicio y con infinita comprensión lanza un lamento hacia su Padre, Dios, para que no los condene a la oscuridad eterna, por lo que todos lo escuchan decir: ¡Padre mío, perdónalos... ellos no saben lo que hacen! 

Ya izada la cruz, entonces sí, los sacerdotes del sanedrín continúan sus insultos e ironías contra el Rey de los Judíos y con gritos y risas le gritan: "¡Dicen que ha salvado a otros y ahora véanlo, no puede salvarse a sí mismo!" Esos improperios permiten ver a Jesús, dentro de su gran dolor y sufrimiento físico, que esos sacerdotes heredarán a sus sucesores toda esa perversidad y ceguera, creen que son más dioses que el verdadero Dios, asesinarán en su nombre, que la cruz se convertirá en un símbolo más de maldad que de amor y lamenta que la luz a la que él habrá de llegar en unas cuantas horas, contraste con la oscuridad en la que caerá el mundo cuando él muera, entonces y en un sentimiento más de angustia que de reproche, clama al cielo: ¡Padre Mío!, ¿por qué me has abandonado? 

Ese instante de angustia se debe a que la muerte amiga ya está ante su presencia, lista para, en un abrazo, darle descanso a su lacerado y sufrido cuerpo y abrir la luz eterna de dicha, paz, amor y felicidad que le aguarda al llegar hasta donde su Padre, Dios y a partir de ese momento, estar sentado a la derecha de su progenitor espiritual. 

No es la primera vez que la muerte amiga está del lado de Jesús, la misma parca tiene memoria de cuando el Mesías solicita permiso a su Padre, Dios, para acudir hasta la tumba de su amigo Lázaro. El principio de este capítulo importante en la vida humana de Jesús, ocurre cuando él está cerca de Betania. Lázaro tiene cuatro días de muerto y ese domingo es colocado en el sepulcro familiar y cubren la entrada a la tumba con una enorme piedra de varias toneladas de peso. 

Muchos amigos de las aldeas vecinas y otros de Jerusalén consuelan a las afligidas hermanas del difunto. Cuando Marta ve por fin a Jesús, lo abraza y sin tono de reproche lamenta.

—Maestro, ¡si hubieras estado aquí, mi hermano no hubiera muerto! 

Jesús la mira extrañado por la poca fe de la mujer y dice.

— Marta, si tienes fe, tu hermano resucitará. La mujer contesta.

— Sé que resucitará en la resurrección del último día. Entonces, Jesús mira a Marta fijamente a los ojos y le explica.

— Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque muera, vivirá. En verdad te digo que cualquiera que vive y cree en mí no morirá nunca realmente. Tú Marta, ¿crees en esto? 

Y Marta responde.

— Sí, creo desde hace mucho tiempo que tú eres el Libertador, el Hijo del Dios vivo, aquel que debía venir a este mundo. 

Después, Jesús pregunta: "¿Dónde lo han puesto?" Entonces Marta lo guía hasta el sepulcro, una pequeña cueva natural de diez metros de altura, al situarse frente la entrada, Jesús ordena.

— ¡Quiten la piedra! 

A lo que Marta dice con temor y duda.

— ¿Tenemos que hacerlo? Mi hermano ya lleva muerto cuatro días y la descomposición del cuerpo ya empezó. 

Como dudan en quitar la piedra, Jesús repite la orden.

— ¿No he dicho desde el principio que esta enfermedad no le llevará a la muerte? ¿No he venido para cumplir mi promesa? Y después de estar frente a ustedes, ¿no he dicho que si tan sólo creen verán la gloría de Dios? ¿Por qué dudan ahora? ¿Cuánto tiempo necesitarán para creer y obedecer? ¡Quiten la piedra! 

Al retirar la pesada piedra, un grupo de personas pueden ver vagamente la figura de Lázaro envuelta en vendajes de lino. Jesús levanta los ojos y clama al cielo: "Padre Mío, te doy las gracias por haber escuchado y concedido mi petición. Sé que me escuchas siempre, pero te hablo así a causa de aquellos que están aquí conmigo, para que al fin crean que me has enviado al mundo y para que sepan que actúas conmigo en esto que estamos a punto de realizar". 

Cuando termina de orar, exige en voz alta: "¡Lázaro, levántate y camina hacia mí!" Todos los presentes permanecen inmóviles y en silencio, pasan algunos segundos y la figura de Lázaro empieza a moverse, se levanta y camina lentamente hacía la salida del sepulcro. Su cuerpo aún está envuelto en las mortajas y su rostro cubierto con un paño. Varios apóstoles corren hacia el resucitado y retiran las mortajas que cubren su rostro. 

Cuando Lázaro sale de su letargo se acerca a Jesús y junto con sus hermanas, se arrodillan a los pies del Maestro para dar gracias y alabar a Dios. Jesús los toma de las manos y los levanta diciendo al revivido: "Hijo mío, lo que te ha sucedido será experimentado también por todos los que creen en este evangelio y lo más hermoso es que serán resucitados en forma más gloriosa. Serás un testigo viviente de la verdad que he proclamado: ¡Yo soy la resurrección y la vida!" 

Así, con estos recuerdos de los poderes de Dios, de la amistad y amor de la muerte, antes de fallecer se sublima dentro de su enorme sufrimiento y exclama, ya no para el mundo sino para el cielo: ¡Padre Mío, está consumado, en tus manos encomiendo mi espíritu!, en ese momento, se abre el cielo y un brillantísimo y hermoso rayo de luz ilumina la cruz de Jesús. Al mismo tiempo, todo lo que está alrededor oscurece, la duda se apodera de sus acusadores y ejecutores de su muerte, esa luz los ha iluminado tan sólo en la parte más humana que tienen, pero su maldad se impone por sobre todo lo demás y tan sólo les queda una duda: "¿Realmente era Dios?" 

Ese viernes funesto y el sábado siguiente es de incertidumbre, el rey ha muerto, el Mesías ha desaparecido físicamente y ninguno de sus discípulos sabe a bien qué hacer, cómo iniciar la predicación de la palabra de Dios, si todos saben que él ha muerto, solamente tienen la esperanza de que, como el Maestro les dijo en varias ocasiones, resucitará al tercer día, por lo que hacen guardias cerca del sepulcro de Jesús, con la creencia de que él saldrá resplandeciente y nuevamente les indicará el camino, ellos ignoran que el sendero ya ha sido marcado y es necesario emprender el peregrinaje para dar la buena nueva. 

En la mañana del domingo, en cuanto la luz del sol empieza a asomar en el horizonte, María Magdalena inicia el recorrido del refugio al sepulcro y cuál es su sorpresa al encontrarlo vacío, no hay Mesías, ni cuerpo ni signo de violencia que indique que ha sido secuestrado, pero su sorpresa es aún más grande cuando ve una luz resplandeciente, casi cegadora se aproxima hacia ella, al acostumbrarse sus ojos a la intensa luz descubre la figura amada y querida de Jesús, sus dudas terminan cuando escucha su nombre de labios del Hijo de Dios: "¡María!" 

Ella, entusiasmada y alegre en grado máximo, se postra a los pies de Jesús y trata de tocarlo, pero él le dice que no lo haga, que está en estado de purificación entre la muerte y la vida eterna y debe pasar por esa etapa, por lo tanto, no debe ser tocado por ningún mortal y como María Magdalena está eufórica de alegría, no sólo no entiende sino que ni siquiera escucha las palabras del Maestro, por lo que opta por desaparecer de los ojos de la atónita mujer, a quien lo único que le queda es sumirse en un extraño y hermoso aroma que queda en el lugar donde estaba la figura del Mesías. 

Y como justicia hacia las mujeres que estuvieron con el Maestro antes, durante y después de la muerte de Jesús, también lo ven ir hacia ellas y advirtiendo que no podrán evitar tocarlo, las detiene y les solicita que vayan con sus hermanos hasta Galilea y allá se encontrarán todos. Esa noche, como lo prometiera el Maestro, llega cuando están reunidos los restantes once apóstoles, se sienta en medio de ellos y les reclama amorosamente la incredulidad en sus palabras de que resucitaría; después les recuerda su misión a partir de ese momento: "Vayan por todo el mundo y prediquen el evangelio a toda criatura que encuentren". 

Poco a poco, la figura etérea de Jesús desaparece y cuando los apóstoles quieren hablar con el Maestro, ya no está, sienten como si hubieran despertado de un letargo de unos minutos, afortunadamente para ellos, todavía siguen escuchando en sus oídos el eco de las últimas palabras del Mesías y jamás las olvidarán en lo que resta de sus vidas. 

Se tiene conocimiento de que Jesús tiene otras dos apariciones, una, cuando se presenta ante medio millar de personas en una montaña, en una de sus acciones predilectas, ya que puede dirigirse a una multitud con lo que sus palabras y mensajes tendrán mayor difusión, ya que el mejor medio de comunicación de esa época, es la divulgación de boca en boca. Dos, cuando están reunidos los once apóstoles antes de iniciar su labor de evangelización llevando como escudo la palabra del Hijo de Dios hecho Hombre. 

Para muchos, la muerte física de Jesús es como el fin del mundo y de todo cuanto hay en él, pero esto no es así, ya que significa el fin de la evolución cósmica terrenal de la humanidad y su entrada definitiva a un estado espiritual del cual no hay regreso, es decir, el triunfo del Espíritu sobre la materia. Entonces, el signo (el Cordero y la Cruz que son Amor y Vida) del Hijo del Hombre (la humanidad representada por sus seres más perfectos) aparecerá en el cielo. El vendrá sobre la nube (los misterios develados), enviará sus ángeles (espíritus glorificados salidos de la misma humanidad) con un gran sonido de trompeta (el verbo vidente del Espíritu, quien enseña las almas tal como son, eliminando las apariencias engañosas de lo físico) y reunirá a sus elegidos de los cuatro vientos. Todo esto se resume a unas cuantas palabras llenas de porvenir y eternidad: El cielo y la Tierra pasarán, pero mis palabras, no. 


Fuente: 
Los Grandes – Jesús, Editorial Tomo, p. 185 – 194.

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