El comercio desempeñó un papel importante en la vida económica del islam. Para activarlo se utilizaron numerosas rutas terrestres, a través de grandes caravanas de camellos, y vías marítimas que enlazaban los puertos del Imperio y los del mundo cristiano. Una de las rutas importantes era la que transcurría por Siria, Irak, Irán, el Golfo Pérsico, India y China. Los árabes también penetraron en África y mantuvieron contactos comerciales con núcleos no musulmanes, como Constantinopla, Venecia, Génova y las poblaciones veragas (vikingos de Suecia) que habitaban las estepas rusas. Las rutas comerciales constituyeron durante siglos su riqueza y verdadera razón de ser. Por ellas circularon el oro de Sudán, los esclavos negros, la seda, la pimienta y las perlas de Oriente.