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Mostrando las entradas con la etiqueta Literatura

UAEMEX. Semblantes entre autores y letras

Se comparte en esta publicación una exposición donde se pueden contemplar varios autores y personas inmersas en las letras, que participaron recientemente en la FILEM (Festival Internacional del Libro del Estado de México) . Estas imágenes han sido afectadas por los recientes conflictos de la huelga de UAEM , de la cual no se darán comentarios al respecto.

‘El Estrangulador de Tacuba’ y otros depredadores mexicanos

Y para que vean que en México no nos quedamos atrás, hablemos del famoso caso de Gregorio “Goyo” Cárdenas, mejor conocido como “el Estrangulador de Tacuba”, quien a pesar de haber tenido una carrera homicida de sólo quince días, asesinó a cuatro mujeres. “El Goyo” es un homicida único: fue becado por una compañía petrolera, pasó 34 años en prisión, donde estudió química, psiquiatría y derecho, y fue absuelto por el presidente Luis Echeverría; al salir de la cárcel hizo carrera de abogado, protagonizó docenas de libros escritos por especialistas, se dedicó a la literatura y a la pintura, tuvo su propia radionovela, una película, y colaboró en una obra teatral que trataba sobre sus crímenes; registró su caso para cobrar los derechos sobre su explotación, y por si fuera poco, recibió hasta un homenaje en la Cámara de Diputados. Citando aquella canción de Alberto Cortez: “¡Qué maravilla, Goyo, qué maravilla!...”. Al parecer, en ningún país del mundo puede ocurrir algo similar.

Julio Cortázar – El diario a diario

Un señor toma el tranvía después de comprar el diario y ponérselo bajo el brazo. Media hora más tarde desciende con el mismo diario bajo el mismo brazo.   Pero ya no es el mismo diario, ahora es un montón de hojas impresas que el señor abandona en un banco de plaza.

El Pájaro Cú

El Pájaro Cu en el monte sólito se lamentaba, se quejaba a su fortuna; de verse sin una pluma ya ni cantaba.

Rafael Alberti-Balada del silencio temeroso

Aquí, cuando muere el viento, desfallecen las palabras.   El molino ya no habla. Los árboles ya no hablan. Los caballos ya no hablan. Las ovejas ya no hablan.

Carlos Pellicer – Segador

El segador, con pausas de música, segaba la tarde. Su hoz es tan fina, que siega las dulces espigas y siega la tarde.

Juan Rulfo – Luvina

De los cerros altos del sur, el de Luvina es el más alto y el más pedregoso. Está plagado de esa piedra gris con la que hacen la cal, pero en Luvina no hacen cal con ella ni le sacan ningún provecho. Allí la llaman piedra cruda, y la loma que sube hacia Luvina la nombran cuesta de la Piedra Cruda. El aire y el sol se han encargado de desmenuzarla, de modo que la tierra de por allí es blanca y brillante como si estuviera rociada siempre por el rocío del amanecer; aunque esto es un puro decir, porque en Luvina los días son tan fríos como las noches y el rocío se cuaja en el cielo antes que llegue a caer sobre la tierra.

José Gorostiza – La luz sumisa

La luz, la luz sumisa (si no fuera la luz, la llamaran sonrisa), al trepar en los muros, por ligera, dibuja la imprecisa ilusión de una blanda enredadera. ¡Ondula, danza, y trémula se irisa!

Armida de la Vara – Estampa de otoño

Por toda la casa se esparce un olor agridulce a membrillo, a orejones de calabacita y pera, a pasta de higo y a ejotes pasados por agua que, ensartados, forman largos collares verdes que cuelgan de los alambres puestos al sol para que se oreen. El día ha sido ajetreado; hay que aprovechar fruta y verdura para conservarla, por eso a casa desde muy temprano han estado llegando algunas mujeres invitadas con ese propósito.

Juan José Arreola – El recuerdo más hondo

Si camino paso a paso hasta el recuerdo más hondo, caigo en la húmeda barranca de Toistona, bordeada de helechos y de musgo entrañable. Allí hay una flor blanca. La perfumada estrellita de San Juan que prendió con su alfiler de aroma el primer recuerdo de mi vida terrestre: una tarde de infancia en que salí por primera vez a conocer el campo. Campo de Zapotlán, mojado por la lluvia de junio, llanura lineal de surcos innumerables. Tierra de pan humilde y de trabajo sencillo, tierra de hombres que giran en la ronda anual de las estaciones, que repasan su vida como un libro de horas y que orientan sus designios en las fases cambiantes de la luna. Zapotlán, tierra extendida y redonda, limitada por el suave declive de los montes, que sube por laderas y barrancas a perderse donde empieza el apogeo de los pinos. Tierra donde hay una laguna soñada que se disipa en la aurora. Una laguna infantil como un recuerdo que aparece y se pierde, llevándose sus juncos y sus verdes riberas…

Carlos H. Magis – La lagartija

Al principio es sólo una ilusión de óptica: nos parece que la arista rugosa de una piedra rajada hubiera empezado a echar un brote. Poco después, la ilusión toma cuerpo. Es una lagartija que va sacando su carita de vieja por la grieta en sombra. El animalito vacila; los dos puntitos rojizos y brillantes de los ojos acechan, mirando atentos los alrededores. Al fin se decide; pero sale despacio, desconfiada y palpitante. Se detiene unos minutos, gozando la tibieza del sol, y la luz hace brillar su piel de seda. En la claridad se dibuja el fino perfil caprichoso de animal casi fantástico: graciosa mezcla de rana y de serpiente.

Antonio Médiz Bolio – La ceiba

El árbol bonito y alegre de la ceiba tiene el tronco liso y ancho y ramas largas y rectas, como un techo. De ahí cuelgan sus nidos los yuyumes de color de oro, que cantan al sol de la mañana, y allí se paran a acariciarse las palomas.

Herman Melville – Moby Dick

Lo que la distinguía de otras ballenas no era tanto su volumen, sino más bien su frente peculiar, blanca como la nieve y arrugada, y una alta joroba piramidal y blanca. Esas eran sus características más salientes, las señales por las cuales, aun en los mares sin límites y sin cartografiar, revelaba a gran distancia y a quienes la conocían, su identidad. El resto del cuerpo estaba tan rayado y manchado y lleno de lunares de tonalidad de mortaja, que, en último término, había ganado el apelativo que la distinguía: "ballena blanca", un nombre, en verdad, justificado literalmente por su vivido aspecto cuando se le veía deslizándose en pleno mediodía a través de un mar azul profundo, dejando una estela lechosa de espuma como crema, toda rayada de brillos dorados.

Juan José Arreola – El elefante

Viene desde el fondo de las edades y es el último modelo terrestre de maquinaria pesada, envuelto en su funda de lona. Parece colosal porque está construido con puras células vivientes y dotado de inteligencia y memoria. Dentro de la acumulación material de su cuerpo, los cinco sentidos funcionan como aparatos de precisión y nada se le escapa. Aunque de pura vejez hereditaria son ahora calvos de nacimiento, la congelación siberiana nos ha devuelto algunos ejemplares lanudos. ¿Cuántos años hace que los elefantes perdieron el pelo? En vez de calcular, vámonos todos al circo y juguemos a ser los nietos del elefante, ese abuelo pueril que ahora se bambolea al compás de una polka…

Juan José Arreola – El sapo

Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.

Juan León Mariscal – Estrella de mar

La estrella polar cambió sus vestidos y los tiró al mar.

Manuel Machado – La campana

No el sol, sino la campana, cuando te despierta, es lo mejor de la mañana.

José Juan Tablada – Las abejas

Sin cesar gotea miel del colmenar; cada gota es una abeja . . .

Art Buchwald – Golpe al progreso de los platillos voladores

Había gran agitación en Venus la semana pasada: los hombres de ciencia habían conseguido hacer aterrizar en la Tierra un satélite que estaba enviando señales y fotografías. El vehículo se posó en un lugar llamado Manhattan (nombrado así en honor del astrónomo venusino que lo descubrió hace 200,000 años luz). Gracias a las buenas condiciones climáticas, los científicos pudieron obtener valiosas informaciones sobre la posibilidad de hacer llegar a la Tierra platillos voladores tripulados. En el Instituto Tecnológico Venusino se celebró una asamblea.

Julio Cortázar – Aplastamiento de las gotas

Yo no sé, mira, es terrible cómo llueve. Llueve todo el tiempo, afuera tupido y gris, aquí contra el balcón con goterones cuajados y duros, que hacen plaf y se aplastan como bofetadas uno detrás de otro, qué hastío. Ahora aparece una gotita en lo alto del marco de la ventana, se queda temblequeando contra el cielo que la triza en mil brillos apagados, va creciendo y se tambalea, ya va a caer, todavía no se cae. Está prendida con todas las uñas, no quiere caerse y se la ve que se agarra con los dientes mientras le crece la barriga, ya es una gotaza que cuelga majestuosa y de pronto zup ahí va, plaf, deshecha, nada, una viscosidad en el mármol.